@abrilpenaabreu
Siete mujeres fueron asesinadas la semana pasada en República Dominicana por sus parejas o exparejas. Siete vidas truncadas. Tres de sus victimarios se suicidaron después de cometer el crimen. Posiblemente estemos ante la semana más sangrienta que ha vivido nuestro país en materia de feminicidios. Y lo más alarmante no es solo el número: es que el fenómeno no cede, sino que se agrava.
Desde finales del siglo pasado, se han hecho ingentes esfuerzos por empoderar a la mujer, otorgarle derechos, garantizarle acceso a educación y empleo, sacarla del ciclo de dependencia. Campañas contra la violencia han llovido. Organizaciones, ministerios, leyes, spots, charlas, hashtags… cientos de iniciativas en los últimos 30 años. Y sin embargo, aquí estamos. Contando cadáveres. ¿Qué estamos haciendo mal?
La mujer dominicana de hoy estudia, trabaja, mantiene su hogar, lidera, opina. Pero también muere. Muere por ejercer su libertad. Muere por dejar. Por decir no. Por tener voz. Y aunque no lo digamos en voz alta, la sociedad sigue premiando al macho dominante y castigando a la mujer autónoma.
Y aquí una verdad incómoda: las mujeres también son parte del problema cuando educan hijos con discursos y modelos machistas, cuando enseñan que el hombre “manda”, que los celos son amor, que una mujer buena “aguanta”. Estamos criando varones con el mismo molde que nos mata. Reproduciendo una violencia que ya se volvió estructural. Cultural. Patológica.
¿Y si los feminicidios son solo el síntoma visible de una enfermedad más profunda?
¿Una sociedad violenta, frustrada, enferma emocionalmente, donde todo estalla por lo más frágil: el cuerpo femenino?
¿Una cultura donde el control se disfraza de amor, el sexo de poder, y el desacuerdo de amenaza?
Nos faltan datos. Pero más aún, nos falta entender lo que no estamos viendo. ¿Alguien ha estudiado en serio a los feminicidas sobrevivientes? ¿Qué los une? ¿Qué historia tienen en común? ¿Cómo fueron criados? ¿Qué pensaban de sus parejas? ¿Qué detonó el crimen?
La data que tenemos no basta. No hay política pública sin diagnóstico. Y al paso que vamos, estar en pareja será la principal causa de muerte de las dominicanas.
Tal vez ha llegado el momento de que el Estado asuma el rol que la familia está fallando en cumplir. Que la educación emocional y en relaciones de pareja sea parte del currículo. Que se exijan talleres obligatorios antes de convivir. Que se legisle, sí, pero también se moldee desde la base una nueva cultura.
Porque de lo contrario, vamos a seguir llorando, enterrando, y contando muertas.
Y con cada una, muere también un pedazo de país.



