@abrilpenaabreu
En la resaca del Día Nacional de la Juventud, vale la pena detenernos y hablar sin adornos, porque hablar de juventud no es repetir consignas bonitas, es mirar de frente una realidad que muchos prefieren suavizar.
Ser joven hoy en la República Dominicana no es sinónimo de oportunidad automática, para muchos, es una carrera de resistencia. Se estudia, se trabaja, se insiste… pero el avance no llega al ritmo prometido y cuando el esfuerzo no se traduce en progreso, aparece el cansancio, la frustración y la duda.
Duda sobre el país…Duda sobre el futuro…Duda sobre si vale la pena quedarse.
Vivimos en un país que presume crecimiento, pero donde ese crecimiento no siempre se siente en la vida de los jóvenes: Empleos inestables, ingresos que no alcanzan, imposibilidad de independizarse y una presión social constante por “lograrlo todo” temprano, esa combinación pasa factura.
Y cuando la juventud se siente atrapada, busca salidas, algunos se desconectan, otros emigran, otros simplemente sobreviven, esperando que algo cambie.
La política tampoco escapa a esta crisis, muchos jóvenes no creen porque no se sienten parte, porque han visto demasiadas promesas incumplidas y muy pocos espacios reales de poder. Se les convoca para aplaudir, pero rara vez para decidir.
El resultado es peligroso: una juventud que no se siente incluida en el proyecto país.
Conmemorar el Día Nacional de la Juventud debería servir para algo más que discursos. Debería obligarnos a preguntarnos si estamos construyendo un país donde los jóvenes puedan vivir con dignidad, proyectarse y quedarse por convicción, no por falta de opciones.
La juventud dominicana no está perdida. Está cansada. Y un país que ignora ese cansancio, termina pagando el precio. Hablar de juventud es hablar de futuro. Y el futuro no se improvisa.



