Opinión

¿Se trató la vieja Victoria al nuevo modelo penitenciario?

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Por Danylsa Vargas

Las Parras nació para dejar atrás una de las páginas más cuestionadas del sistema penitenciario dominicano.

¡La Victoria! Que era sinónimo de hacinamiento, precariedad, privilegios, drogas, corrupción, circulación irregular de dinero y un sistema donde, durante años, las reglas de un Estado parecían no llegar hasta allí.

Por eso Las Parras no podía ser simplemente una cárcel nueva.

Debía ser, en su planteamiento, una nueva manera de entender la prisión.

Pero todo indica que, solo trasladamos a los privados de libertad y con ese traslado, también se llevaron las mismas debilidades institucionales y las mismas prácticas que reinaban en La Victoria.

¡Lo único nuevo allí era la estructura!

Porque una cárcel moderna puede tener cámaras, torres de vigilancia, controles electrónicos, aulas y mejores instalaciones, aunque tampoco están estas condiciones, pero es peor cuando es persistente la falta de controles humanos, la tecnología termina siendo decoración o por el contrario, a disposición de los delincuentes allí.

Lo preocupante no es solamente que aparezca un celular en nuestras cárceles, lo verdaderamente importante es saber:

¿Quién lo dejó entrar?
¿Cómo pasó los controles?
Quién debía impedirlo?
¿Y cuál es el control o respuesta del Estado a esto?

Pero ante lo que ocurre en el sistema penitenciario dominicano, algo sí es notable, la falta de respuesta de las autoridades ¡Nadie asume la responsabilidad! ¡Nadie da la cara!

No sería justo decir que Las Parras es La Victoria. De hecho, testimonios publicados a comienzos de año describían diferencias importantes en higiene, orden, seguridad y convivencia respecto al viejo penal.

Pareciera que el mismo Estado le tiene miedo a enfrentar el sistema carcelario, o peor aún, las estructuras son tan fuertes que nadie se atreve a enfrentarlas.

Un país donde sus cárceles permita a criminales y delincuentes operar desde allí, donde ya cuentan con protección, es un país donde la lucha por la seguridad está perdida.

Las Parras no debía convertirse en una nueva Victoria con mejores paredes; tenía la misión de demostrar que podía producir algo mucho más difícil: una nueva cultura penitenciaria.