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Se pierde el poder por desgaste en el tiempo o mala administración

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Por Luis Ruiz

“La política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano.” —Dwight D. Eisenhower

El poder no es una posesión estática, sino una relación dinámica entre gobernantes y gobernados. Michel Foucault lo definió como “un modo de acción de unos sobre otros”, donde gobernar implica conducir conductas, y esa conducción constituye la forma más acabada del poder. Pero ¿qué ocurre cuando esa conducción se desvía, se desgasta o se corrompe?

La curva inevitable del desgaste

Gedeón Santos Listín Diario, 16/01/2016, lo expresó con precisión: todo gobierno atraviesa una curva emocional con su población. Comienza con el enamoramiento, la aceptación y la confianza; pero pronto llega la rutina, el cansancio, la desesperanza y, en muchos casos, la decepción. Este descenso no es casual: es el reflejo de una administración que no logra sostener la legitimidad ni renovar el vínculo con sus ciudadanos.

El desgaste del poder suele manifestarse a mitad de mandato, cuando las promesas se enfrentan a la realidad, y los errores administrativos se acumulan. La ciudadanía, cada vez más vigilante, no perdona el exceso ni la improvisación. Y cuando el poder se ejerce mal, el desgaste se acelera, volviéndose irreversible.

Poder, egoísmo y límites

John Locke advertía que los conflictos y el egoísmo de los individuos llevan a la necesidad de una instancia superior: el Estado, regulado por leyes. Pero también reconocía que un sistema político basado únicamente en la fuerza o el interés puede sostenerse solo por un tiempo. El poder, cuando se divorcia de la ética y del servicio, se convierte en un instrumento de desgaste.

Alfonso Barquín lo complementa: el poder se construye en la relación entre actores sociales que buscan resolver problemas y alcanzar metas. Pero esa delegación está atravesada por diferencias, urgencias y tráfico de recursos. Cuando el poder no logra coordinar esas tensiones, se convierte en parte del problema.

El poder prolongado y la tentación de la corrupción

El poder, cuando se extiende demasiado en el tiempo sin contrapesos ni renovación, tiende a corromper. No por naturaleza, sino por desgaste moral. La permanencia prolongada en el mando puede generar una lógica de impunidad, donde el gobernante deja de rendir cuentas y comienza a confundir el interés público con el interés personal. Como advertía Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” La historia está llena de ejemplos donde el poder que no se alterna termina devorando su legitimidad.

El voto como rescate

El poder no resiste en el tiempo la idea de un sometimiento absoluto. Tarde o temprano, la rebeldía social emerge, y con ella, el voto como sustancia significativa de la democracia. El voto no solo elige: también castiga, corrige y redefine el rumbo. Es el mecanismo por el cual la sociedad recuerda que el poder no es propiedad, sino préstamo.

Conclusión: El poder no se hereda, se merece

La sociedad no puede seguir delegando el poder como si fuera una herencia, ni tolerando su ejercicio como si fuera un privilegio. El poder desgasta, sí, pero más aún cuando se administra sin ética, sin escucha, sin renovación. Cuando el poder se prolonga sin contrapesos, se convierte en costumbre, y la costumbre en impunidad.

Por eso, la ciudadanía debe asumir su rol no solo como votante, sino como vigilante. Porque el poder que no se cuestiona, se corrompe. Y el poder que no se renueva, se pudre. La democracia no se sostiene por la obediencia, sino por la exigencia. Y el voto no es solo un derecho: es el grito civil que recuerda que nadie gobierna para siempre, y que todo poder debe servir, no someter.