Editorial

Juventud en crisis: Salud mental y el silencio institucional

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@abrilpenaabreu

La semana pasada, la violencia irrumpió en un edificio del Ensanche Naco, en el corazón de la capital. Jean Andrés Pumarol, un joven de 30 años con antecedentes de trastorno mental, mató a una vecina de 70 años e hirió a varias personas, entre ellas a sus propios padres. Un hecho desgarrador que conmocionó al país y que, una vez más, dejó al descubierto las grietas profundas del sistema de salud mental dominicano y colocó nueva vez la salud mental en la palestra así sea por unos días.

En medio del caos, emergió para colmo una verdad incómoda: la Dirección de Salud Mental del Servicio Nacional de Salud está acéfala. Nadie dirige formalmente esa dependencia clave, y eso no es una anécdota burocrática: es una confesión de abandono.

El caso Pumarol no es un fenómeno aislado ni un “acto de locura” como muchos prefieren simplificar. Es un espejo de una crisis silenciosa y extendida que afecta cada vez más a los jóvenes dominicanos. Jóvenes que enfrentan una presión social constante, atrapados entre la precariedad económica, la incertidumbre del futuro y la distorsión permanente que producen las redes sociales. La depresión, la ansiedad, las adicciones digitales y el sentimiento de vacío emocional se han convertido en el pan de cada día para miles.

Pero en vez de ver la salud mental como un problema estructural, seguimos individualizando la culpa. Señalamos al enfermo, al raro, al que “se descompensó”, mientras dejamos intacto el sistema que no previene, no acompaña, no cuida.

¿Cómo puede un país aspirar a la paz social si no cuida la salud emocional de sus jóvenes? ¿Cómo puede una sociedad exigir equilibrio cuando ofrece tanto desarraigo, tanto ruido y tan pocas redes de apoyo?

Factores que agravan la crisis:

Desigualdad en el acceso: La atención psicológica es un lujo para muchos. El sistema público tiene pocos centros, largas listas de espera y casi nula continuidad terapéutica.

Redes sociales como catalizador: El culto a la imagen, la presión por likes, la comparación constante y la validación externa están destruyendo la autoestima de miles de jóvenes, especialmente adolescentes.

Estigmas y prejuicios: La salud mental sigue siendo un tabú. Muchos no piden ayuda por miedo al rechazo o al juicio, incluso dentro de sus propias familias.

Ausencia de educación emocional: Las escuelas y universidades no enseñan a gestionar emociones, a identificar señales de alerta ni a pedir ayuda.

Inacción institucional: Sin liderazgo en salud mental y sin un plan nacional coherente, seguimos improvisando cada vez que estalla una tragedia.

¿Qué se puede hacer?

Designar de inmediato a una persona competente al frente de la Dirección Nacional de Salud Mental, con recursos, autonomía y responsabilidad ejecutiva.

Crear un sistema nacional de atención psicológica comunitaria, con centros abiertos, móviles, y personal capacitado para intervenir a tiempo.

Incluir la educación emocional y la alfabetización digital crítica en las escuelas, desde los niveles más tempranos.

Aprobar una nueva Ley de Salud Mental, moderna, garantista, con mecanismos de protección, protocolos de emergencia y rutas claras para la atención de pacientes y familias.

Financiar campañas nacionales de sensibilización, que rompan estigmas y promuevan la búsqueda temprana de ayuda.

Regular y monitorear el impacto digital en menores, estableciendo alianzas entre el sector público y las plataformas tecnológicas para mitigar los efectos nocivos del consumo excesivo.

Fomentar el estudio de Psiquiatría ya que tenemos muy pocos

Garantizar que los especialistas y las medicinas asociadas a enfermedades mentales entren dentro del catálogo de las aseguradoras

Crear centros así sean regionales donde puedan ser internados a largo plazo aquellos que definitivamente no puedan vivir en sociedad o donde puedan ser atendidos por periodos largo de tiempo así como tener unidades psiquiátricas en TODOS los hospitales ñ

El caso Pumarol no puede convertirse en otro archivo cerrado cuando pase la indignación pública. No se trata solo de castigo o diagnóstico, sino de reconstruir una red de contención emocional en una sociedad que se está vaciando por dentro. Necesitamos un pacto social por la salud mental. Por la juventud. Por el futuro.