Editorial

República Dominicana exporta población e importa estabilidad

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@abrilpenaabreu

Las remesas suelen presentarse como una de las grandes fortalezas de la economía dominicana. Y ciertamente lo son. Sostienen hogares, financian alimentos, educación, medicamentos y viviendas; dinamizan el comercio y aportan las divisas necesarias para mantener la estabilidad cambiaria.

Pero detrás de cada dólar enviado existe una historia humana que las estadísticas económicas no siempre cuentan: alguien tuvo que marcharse para producirlo.

Los datos más recientes deberían provocar una reflexión nacional. República Dominicana registra la tasa de inmigración hacia Estados Unidos per cápita más alta de la región y es el segundo país del mundo con mayor volumen de procesamiento de visas de inmigrante, únicamente superado por México.

En 2024, unos 69,630 dominicanos obtuvieron residencia permanente en Estados Unidos. La cifra representó aproximadamente el 5.1 % de todas las residencias concedidas por ese país durante aquel año, una proporción extraordinariamente alta para una nación de poco más de 11 millones de habitantes.

De esas residencias, 69,170 —el 99.3 %— fueron concedidas mediante categorías familiares. Apenas 320 estuvieron vinculadas al empleo. El dato revela la fortaleza de las cadenas migratorias: quien consigue establecerse procura llevarse posteriormente a sus padres, hijos, hermanos o cónyuge.

La familia dominicana no está emigrando de manera aislada, está trasladándose progresivamente. Más de 2.5 millones de dominicanos viven actualmente en Estados Unidos, cerca del 83 % de nuestra población residente en el exterior. Nueva York, Nueva Jersey, Florida, Pensilvania y Massachusetts concentran las comunidades más numerosas.

Desde fuera, esa diáspora continúa sosteniendo buena parte de la vida económica nacional. República Dominicana recibió US$11,866 millones en remesas durante 2025, un récord histórico. Durante el primer semestre de 2026 ingresaron otros US$6,219.3 millones, un crecimiento interanual de 6.7 %. Más del 80 % de esos recursos procede habitualmente de Estados Unidos.

Las remesas fortalecen el consumo, las reservas internacionales y la estabilidad del peso. Sin ellas, miles de hogares sufrirían una reducción inmediata de sus ingresos y la economía nacional enfrentaría mayores presiones.

Nada de esto debe conducir a menospreciarlas. Mucho menos a desconocer el sacrificio de quienes realizan dos trabajos, soportan inviernos, pagan alquileres elevados y posponen sus propias necesidades para enviar dinero a sus familiares.

Lo que debemos cuestionar es que celebremos el aumento de las remesas sin preguntarnos por qué sigue creciendo la cantidad de personas que necesitan marcharse. Crecer no siempre significa retener

Durante años hemos destacado el crecimiento económico dominicano, la inversión extranjera, el desarrollo turístico y la expansión de las ciudades. Sin embargo, el crecimiento macroeconómico no siempre se traduce en movilidad social, salarios suficientes o servicios públicos capaces de generar confianza.

Una economía puede crecer mientras una parte importante de su población siente que no avanza. Los dominicanos no emigran solamente por falta de empleo. También se marchan porque los salarios no alcanzan para cubrir vivienda, educación, salud y transporte; porque acceder a una casa parece imposible; porque muchas familias perciben que sus hijos tendrán más oportunidades en el extranjero y porque el esfuerzo personal no siempre encuentra instituciones que lo acompañen.

Estados Unidos tampoco es un paraíso. Los inmigrantes enfrentan discriminación, precariedad, altos costos de vida y políticas migratorias cada vez más restrictivas. Aun así, decenas de miles continúan considerando que el riesgo, el sacrificio y la separación familiar valen la pena.

Esa comparación debería preocuparnos, el país pierde más que habitantes Cuando una persona emigra, República Dominicana no pierde solamente un número en el padrón. Puede perder años de educación pública invertidos en formar a un profesional, experiencia laboral, capacidad emprendedora, productividad y contribuciones futuras a la seguridad social.

También pierde población joven en un momento en que el país tendrá que prepararse para el envejecimiento demográfico, la migración puede producir beneficios mediante el envío de remesas, la transferencia de conocimientos y las inversiones de la diáspora. Sin embargo, un modelo que descansa excesivamente sobre la salida sostenida de su población corre el riesgo de normalizar una contradicción: el país necesita que sus ciudadanos se marchen para que puedan ayudar a quienes se quedan.

Exportamos trabajadores, profesionales, cuidadores y familias, a cambio, importamos estabilidad económica mediante los recursos que ellos envían, no se trata de impedir que la gente se marche

La libertad de emigrar debe ser respetada. El objetivo de una política pública seria no puede ser retener a los ciudadanos mediante obstáculos, sino lograr que permanecer también sea una opción razonable.

Para ello se necesitan empleos formales con mejores salarios, acceso real a vivienda, educación pública de calidad, transporte digno, seguridad ciudadana, atención sanitaria confiable y reglas que permitan progresar sin depender de conexiones políticas o familiares.

También necesitamos una política integral hacia la diáspora. Los dominicanos en el exterior no pueden ser vistos únicamente como remitentes de dólares, compradores de apartamentos o visitantes que llegan en Navidad.

Son ciudadanos con derechos, conocimientos, capital y capacidad de participar en el desarrollo nacional. El país debe facilitar sus inversiones, reconocer sus aportes, protegerlos frente a abusos y crear canales para aprovechar su experiencia profesional.

El éxito económico de las remesas no debe ocultar la dimensión social de la emigración. Cada récord de dinero recibido también puede representar más hogares separados, más abuelos criando nietos y más jóvenes convencidos de que su futuro comienza en un aeropuerto.

Una nación verdaderamente próspera no es aquella que recibe más dinero de quienes se fueron. Es aquella en la que marcharse deja de parecer la única ruta hacia una vida mejor.