Capítulo 5
Por Abril Peña
La porcicultura dominicana ha pasado, en menos de tres años, de un sector en expansión a una industria golpeada, marcada por la pérdida masiva de animales y la incertidumbre económica. La fiebre porcina africana (FPA), detectada oficialmente en el país en 2021, obligó al sacrificio de cientos de miles de cerdos, principalmente en granjas familiares y pequeñas fincas.
A pesar de los esfuerzos por contenerla, la enfermedad —altamente contagiosa y sin vacuna— dejó cicatrices profundas: fincas vacías, productores endeudados y un mercado dependiente de las importaciones para suplir parte de la demanda nacional.
Antes de la peste: un sector en crecimiento
Previo a la FPA, la porcicultura nacional era uno de los motores de la agroindustria cárnica:
Más de 400,000 cerdos en producción anual.
Fuerte presencia en provincias como Santiago Rodríguez, Espaillat, La Vega y Monte Plata.
Mayor integración de productores con la industria procesadora (embutidos, cortes frescos, charcutería).
Una tendencia creciente hacia razas mejoradas y producción tecnificada, con expectativas de expandir el consumo interno y la exportación.
El cerdo representaba una fuente estable de proteína asequible y generaba miles de empleos directos e indirectos en zonas rurales.
El golpe de la fiebre porcina africana
En julio de 2021, la confirmación de la FPA cambió el panorama de forma abrupta:
Sacrificio sanitario masivo para frenar el contagio.
Pérdidas estimadas en más de RD$2,500 millones.
Desaparición de pequeños productores que no pudieron resistir sin ingresos ni animales para reiniciar.
Aumento de las importaciones de carne de cerdo y derivados para suplir el mercado interno.
Desconfianza de inversionistas y bancos hacia el sector.
Después de la peste: la lenta recuperación
El proceso de recuperación ha sido más complejo de lo esperado. Entre las medidas implementadas están:
Plan de repoblación porcina del Ministerio de Agricultura y la Dirección General de Ganadería, con entrega de cerdos reproductores libres de FPA a productores certificados.
Protocolos sanitarios más estrictos en granjas, incluyendo control de visitantes, desinfección de vehículos y cercas perimetrales.
Incentivos a la producción local, con facilidades de crédito a través del Banco Agrícola.
Capacitación técnica a porcicultores para mejorar la bioseguridad.
Monitoreo constante para evitar rebrotes, con muestreos periódicos en granjas.
Los retos que persisten
Muchos productores pequeños no han podido reiniciar por falta de capital.
Persisten costos altos en alimentación y medicamentos.
El consumo de cerdo nacional compite con importaciones más baratas.
La concentración de la producción en manos de grandes empresas reduce la diversidad de actores en el sector.
Qué se necesita para consolidar la recuperación
Fondo de garantía para pequeños porcicultores que incentive su regreso a la producción.
Plan nacional de autosuficiencia porcina que priorice la compra del cerdo local frente a las importaciones.
Continuidad en la bioseguridad y capacitación, evitando la relajación de protocolos.
Apoyo a la industrialización rural, para que los pequeños productores participen en el valor agregado.
La peste borró años de avances, pero no la vocación porcina del país. El reto ahora no es solo repoblar las granjas, sino reconstruir la confianza y la estructura de un sector que es vital para la economía rural y la mesa dominicana. Si algo nos enseñó la FPA es que la bioseguridad no es opcional, y que sin una estrategia integral, cualquier brote futuro puede volver a dejarnos sin cerdo… y sin productores.



