Por Alfredo de la Cruz
Hay momentos en que la diplomacia deja de ser un asunto de cancillerías y se convierte en una cuestión de supervivencia nacional. La reunión celebrada en Dajabón entre el canciller dominicano Víctor “Ito” Bisonó y su homóloga haitiana, Raina Forbin, pertenece a esa categoría.
República Dominicana y Haití han decidido volver a sentarse frente a frente. Pero sería un error interpretar este acercamiento como una simple señal de cordialidad diplomática. Detrás de la voluntad de restablecer las relaciones existe una realidad mucho más compleja: la crisis haitiana ya no puede ser administrada únicamente desde la frontera; necesita también una estrategia política y diplomática.
El encuentro del 3 de septiembre puso sobre la mesa seguridad fronteriza, migración, combate a las economías ilícitas, cooperación jurídica, comercio, inversión y conectividad aérea. Ambos gobiernos también manifestaron su disposición a restablecer las operaciones consulares dominicanas en Haití cuando las condiciones de seguridad permitan su funcionamiento normal.
La pregunta política dominicana es inevitable: ¿qué busca realmente Santo Domingo con este nuevo acercamiento?
La respuesta no debería interpretarse como una modificación de la política migratoria ni como una flexibilización de la defensa fronteriza. Más bien parece responder a una lógica estratégica: República Dominicana necesita interlocución con Haití precisamente porque tiene intereses que proteger.
Una frontera segura no depende exclusivamente de muros, vigilancia o controles migratorios. También depende de que al otro lado exista un Estado mínimamente funcional capaz de combatir las bandas, perseguir el tráfico de armas, enfrentar las economías ilícitas y ejercer autoridad sobre su territorio. Ahí aparece la dimensión geopolítica.
Santo Domingo está intentando que la crisis haitiana sea entendida internacionalmente no como un problema exclusivamente dominicano, sino como una amenaza regional que requiere una respuesta internacional. Por eso ambos gobiernos respaldaron la continuidad y el despliegue completo de la Fuerza de Supresión de Bandas y reclamaron apoyo de la comunidad internacional a través del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para el Gobierno dominicano, esto resulta fundamental: la República Dominicana no puede convertirse en el sustituto institucional de Haití ni asumir unilateralmente los costos de una crisis que tiene dimensiones internacionales.
Pero existe otra dimensión igualmente importante: la económica. La reunión se celebró en CODEVI, uno de los principales espacios productivos de la zona fronteriza, y posteriormente los cancilleres conversaron con empresarios sobre producción, empleos e intercambio económico. El mensaje es claro: la frontera también puede ser un espacio de producción y comercio formal, siempre que exista seguridad.
Y aquí se encuentra una de las mayores oportunidades para la política exterior dominicana. Formalizar el comercio, fortalecer la cooperación jurídica y ampliar la conectividad puede resultar más beneficioso para Santo Domingo que mantener una frontera dominada por la informalidad y las economías ilícitas.
Sin embargo, la diplomacia tendrá que caminar sobre terreno político delicado. En República Dominicana existe una sensibilidad extraordinaria alrededor de Haití. Cualquier acercamiento será observado bajo la sospecha de posibles concesiones en materia migratoria, territorial o de soberanía. Por eso el Gobierno deberá demostrar que dialogar no significa ceder.
De hecho, puede ocurrir exactamente lo contrario. Una República Dominicana que dialoga con Haití desde una posición firme puede defender mejor sus intereses que una República Dominicana que simplemente reacciona ante cada crisis fronteriza.
El desafío consiste ahora en convertir el diálogo de Dajabón en una política de Estado coherente: seguridad primero, soberanía como línea roja, migración ordenada, comercio formal y cooperación internacional.
Porque Haití seguirá siendo el principal desafío geopolítico de República Dominicana y precisamente por eso, Santo Domingo necesita algo más que una frontera fuerte, necesita una diplomacia fuerte al otro lado de la frontera.



