Por Joysi Melenciano
Nos hemos acostumbrado a consumir soluciones inmediatas, aplaudir decisiones que satisfacen el enojo colectivo y confundir las respuestas rápidas con las soluciones definitivas.
República Dominicana parece haberse convertido en un país de comida rápida. Nos estamos acostumbrando a resolver problemas complejos con medidas instantáneas que calman la indignación del momento, pero no atacan las causas.
Lo vimos esta semana, cuando una multitud protagonizó disturbios en los accesos del Estadio Olímpico Félix Sánchez, previo al partido entre República Dominicana y Haití, destrozando una de sus puertas. La respuesta del ministro de Deportes, Kelvin Cruz, fue anunciar que la selección haitiana no volvería a jugar en instalaciones deportivas dominicanas.
La indignación es comprensible. Los bienes públicos se respetan y los actos vandálicos deben tener consecuencias. Pero cabe preguntarse: ¿prohibir que una selección juegue en nuestros estadios resuelve las fallas de seguridad que permitieron estos disturbios? ¿Qué impedirá que mañana ocurra lo mismo durante un concierto, un torneo de baloncesto o cualquier otro evento multitudinario?
El problema no es solamente quién entra a un estadio, sino cómo se controlan los accesos, qué protocolos se aplican y qué capacidad tienen las autoridades para prevenir y manejar situaciones de riesgo. Es más fácil anunciar una prohibición que revisar los procedimientos, identificar responsabilidades y establecer controles que funcionen de manera permanente.
Y este comportamiento no se limita al deporte.
En materia de seguridad ciudadana, hemos normalizado expresiones como «poner en 29» para referirnos a delincuentes que terminan muertos durante intervenciones policiales. Es comprensible que una sociedad cansada de la delincuencia exija respuestas contundentes. Pero una cosa es reclamar seguridad y otra muy distinta es convertir la muerte en sustituto de la justicia.
¿Qué estamos haciendo para evitar que una persona acumule un prontuario delictivo, vuelva a las calles y continúe representando una amenaza? ¿Qué ocurre cuando fallan la investigación criminal, el sistema judicial y los mecanismos de supervisión policial? ¿Y qué pasa cuando existen denuncias de complicidad o corrupción dentro de las propias instituciones llamadas a combatir el crimen?
Gobernar exige mucho más que reaccionar ante la indignación colectiva. Exige planificar, anticiparse, corregir errores y tomar decisiones cuyos resultados quizás no se traduzcan en titulares inmediatos, pero que transformen la realidad a largo plazo.
La comida rápida satisface el hambre del momento, pero no necesariamente alimenta bien. De igual manera, las decisiones públicas diseñadas únicamente para producir resultados inmediatos pueden generar aplausos hoy y dejar intactos los problemas de mañana.



