Opinión

Ratzinger, el último gran teólogo

Denny Agramonte


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Hay épocas que producen intelectuales y hay épocas que producen comentaristas. Hay siglos capaces de engendrar hombres que piensan desde los fundamentos y otros que apenas administran las opiniones de su tiempo.

Joseph Ratzinger perteneció a la primera categoría.

Por eso su figura merece ser rescatada de las simplificaciones con que suele ser presentada. Fue mucho más que el cardenal conservador, el prefecto doctrinal o el papa tímido que cierta prensa convirtió en caricatura. Antes de ser Benedicto XVI, fue un profesor. Antes de ser un hombre de gobierno, fue un buscador de la verdad. Y antes de ocupar una de las posiciones de mayor autoridad espiritual de Occidente, había dedicado décadas a una pregunta que nuestra época ha preferido eludir:

¿Qué queda del hombre cuando la verdad deja de obligarlo?

Esa pregunta atraviesa prácticamente toda su obra.

Ratzinger nació en 1927, estudió filosofía y teología después de la Segunda Guerra Mundial, se doctoró con una investigación sobre san Agustín y desarrolló una extensa carrera universitaria en Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. Participó además en el Concilio Vaticano II como asesor teológico del cardenal Joseph Frings.

No fue, por tanto, un teólogo encerrado en una biblioteca medieval.

Fue un intelectual europeo que conoció la guerra, el totalitarismo, la revolución cultural, el marxismo, la secularización y la crisis de la metafísica. Su pensamiento nació precisamente en el punto donde la tradición cristiana comenzó a enfrentarse con la modernidad en toda su complejidad.

Y allí Ratzinger encontró su adversario fundamental: no la modernidad, sino la renuncia a la verdad.

 

 

La última batalla de la razón

La grandeza de Ratzinger comienza allí donde muchos intelectuales contemporáneos retroceden.

Él se negó a aceptar que la razón tuviera que escoger entre dos alternativas igualmente pobres: convertirse en una máquina científica incapaz de hablar sobre el bien y el sentido, o refugiarse en una fe sentimental que renuncia a justificar sus afirmaciones.

Ratzinger quiso otra cosa.

Quiso una razón abierta.

Abierta a la metafísica.
Abierta a la moral.
Abierta a la trascendencia.
Abierta, incluso, al misterio.

Esta convicción no fue accidental. En su propia autobiografía intelectual explicó que su formación estuvo profundamente marcada por la relación entre razón y revelación, así como entre tradición y revelación. También observó en su estudio de san Agustín la continuidad entre cristianismo y filosofía, entendiendo el cristianismo primitivo como una victoria de la razón sobre la superstición.

He aquí uno de los grandes malentendidos acerca de Ratzinger.

No fue enemigo de la razón.

Fue enemigo de una razón que se declara soberana precisamente después de haberse amputado aquello que no puede medir.

Una razón que puede calcular la velocidad de una partícula pero no puede preguntar qué es la justicia.

Una ciencia capaz de modificar la naturaleza pero incapaz, por sí misma, de establecer qué debe hacerse con ese poder.

Una técnica que responde brillantemente al «cómo» y permanece muda ante el «para qué».

Ratzinger comprendió que allí comenzaba la tragedia espiritual de Occidente.

 

 

El relativismo como nueva ortodoxia

Pocas batallas intelectuales libró con tanta perseverancia como la que libró contra el relativismo.

Y aquí conviene comprenderlo con precisión.

Ratzinger no ignoraba el pluralismo. Tampoco negaba la legítima diversidad política. Su preocupación estaba en otro lugar: en la transformación del relativismo, concebido originalmente como una cautela ante las pretensiones absolutas del poder, en una filosofía que termina considerando sospechosa toda verdad universal. Él mismo identificó el relativismo como uno de los problemas centrales de la fe y de la teología contemporáneas.

La paradoja es formidable.

Una sociedad proclama que nadie puede poseer la verdad.

Pero al mismo tiempo pretende imponer como indiscutible la afirmación de que nadie puede poseerla.

Entonces el relativismo deja de ser una actitud de humildad y comienza a convertirse en una nueva ortodoxia.

Ratzinger vio el peligro.

Porque si no existe ninguna verdad sobre el hombre, tampoco existe una base última para defender la dignidad humana.

Si todo es interpretación, ¿por qué una interpretación de la dignidad debería prevalecer sobre otra?

Si el bien es solamente una construcción histórica, ¿con qué fundamento condenamos moralmente la esclavitud, el genocidio o la tortura?

La civilización occidental vive, en buena medida, de verdades que intelectualmente ha comenzado a sospechar.

Esa es una de las grandes paradojas que Ratzinger quiso revelar.

El cristianismo contra la reducción del hombre

Ratzinger no defendió únicamente una doctrina religiosa.

Defendió una determinada idea del hombre.

Para él, el ser humano no es un animal sofisticado condenado a consumir, producir y morir. Tampoco es simplemente un individuo autónomo cuya libertad consiste en hacer cuanto desee.

El hombre es un ser abierto a la verdad y al bien.

Por eso la libertad no puede consistir únicamente en ausencia de restricciones.

Una libertad sin verdad puede terminar convirtiéndose en esclavitud frente al deseo.

Una autonomía sin orientación puede convertirse en vacío.

Una sociedad que no reconoce ningún criterio objetivo del bien queda expuesta a que el poder determine aquello que ayer se consideraba moralmente inadmisible.

Aquí Ratzinger vuelve a ser incómodo.

Porque no permite que la discusión termine en el individuo.

Pregunta por los fundamentos.

Pregunta qué entendemos por persona.

Pregunta de dónde procede la dignidad.

Pregunta si existen bienes que ninguna mayoría puede abolir.

Pregunta si hay límites que el Estado, el mercado y la técnica no deberían atravesar.

Ese es el Ratzinger que merece ser leído.

No el caricaturizado por sus adversarios.

No el santificado ingenuamente por algunos de sus admiradores.

El Ratzinger filósofo de los fundamentos.

Contra una teología sin Cristo

Pero quizá su combate más profundo fue todavía más radical.

Fue la defensa de la singularidad de Jesucristo.

Ratzinger comprendió que el relativismo religioso no destruye necesariamente la religión. Puede hacer algo más sutil: conservar las religiones mientras les quita toda pretensión de verdad.

Todas las religiones serían entonces símbolos.

Todos los maestros espirituales serían equivalentes.

Todas las doctrinas serían aproximaciones.

Todas las afirmaciones absolutas quedarían disueltas en una nebulosa de interpretaciones.

A primera vista parece tolerancia.

Pero Ratzinger preguntó si no se trata, en realidad, de la desaparición de la religión mediante su transformación en lenguaje simbólico.

Su crítica al pluralismo religioso radical fue precisamente esa: si Jesucristo deja de ser una afirmación histórica sobre Dios y se convierte solamente en un símbolo entre otros, la propia pretensión cristiana queda vaciada.

La cuestión no es pequeña.

Si Cristo es solamente un maestro moral, el cristianismo cambia de naturaleza.

Si Cristo es únicamente un símbolo religioso, también.

Si Cristo no es una afirmación sobre la realidad, sino una interpretación subjetiva de ella, entonces la fe cristiana ha perdido su centro.

Ratzinger no estuvo dispuesto a aceptar esa reducción.

Ratzinger y Nietzsche: dos hombres ante el abismo

Aquí surge una comparación fascinante.

Nietzsche anunció que Dios había muerto.

Ratzinger pasó su vida preguntándose qué ocurriría con el hombre si Dios desaparecía de su horizonte.

Ambos comprendieron que Europa atravesaba una crisis espiritual.

Ambos sospecharon de las certezas cómodas.

Ambos rechazaron la superficialidad intelectual.

Ambos comprendieron que detrás de las ideas existen formas de vida.

Pero llegaron a conclusiones opuestas.

Nietzsche quiso superar la herencia cristiana.

Ratzinger quiso demostrar que, sin determinadas verdades heredadas del cristianismo, Occidente podía terminar perdiendo los fundamentos espirituales de su propia libertad.

Nietzsche sospechó de la moral cristiana.

Ratzinger sospechó de una libertad que no reconoce ninguna verdad moral.

Nietzsche buscó al hombre capaz de superarse a sí mismo.

Ratzinger buscó al hombre capaz de encontrar la verdad sin convertir su propia voluntad en medida absoluta de todas las cosas.

Son adversarios filosóficos.

Pero precisamente por eso deben leerse juntos.

Porque uno pregunta qué sucede cuando Dios muere.

Y el otro pregunta qué sucede cuando el hombre pretende vivir como si Dios no existiera.

La inteligencia que se arrodilla

Hay una imagen que permite comprender toda la grandeza de Ratzinger.

El intelectual de rodillas.

No porque haya renunciado a pensar.

Sino porque comprendió que pensar auténticamente exige reconocer aquello que la inteligencia no fabrica.

Ratzinger defendió una teología en la que la razón no queda humillada ante la fe, sino elevada por ella. En uno de sus discursos sostuvo que la auténtica teología exige simultáneamente humildad ante Dios y disciplina racional, para que el amor no se vuelva ciego y la razón no se cierre a la verdad.

Qué extraña figura para nuestro tiempo.

Hoy el intelectual suele presentarse como propietario de la verdad.

Ratzinger prefería llamarse colaborador de ella.

No es una diferencia retórica.

Es una concepción completa de la inteligencia.

El soberbio piensa que la verdad debe obedecerle.

El sabio acepta que él debe obedecer a la verdad.

Por eso su lema episcopal resulta tan significativo: Cooperatores Veritatis, «colaboradores de la verdad».

No dueños.

No inventores.

Colaboradores.

¿El último gran teólogo?

La expresión puede parecer excesiva.

Precisamente por eso resulta provocadora.

Ratzinger pertenece a una generación extraordinaria de teólogos: de Lubac, Congar, Balthasar, Rahner. No surgió en un desierto intelectual. Surgió en una de las épocas más fecundas de la teología católica contemporánea.

Pero hay algo que lo distingue.

Ratzinger consiguió llevar la teología hasta el corazón de los grandes debates culturales de Occidente sin convertirla en sociología religiosa ni en propaganda política.

Fue profesor.

Fue perito conciliar.

Fue prefecto doctrinal.

Fue papa.

Pero en todos esos papeles permaneció esencialmente una cosa:

un teólogo.

Incluso cuando ocupó el trono de Pedro, conservó algo del profesor alemán que prefería los libros al espectáculo y la argumentación a la consigna.

Quizá por eso su pontificado fue tan incomprendido.

Vivimos en una época fascinada por la velocidad y Ratzinger pertenecía a la cultura de la profundidad.

Vivimos obsesionados con la novedad y él sabía que lo nuevo no es necesariamente verdadero.

Vivimos rodeados de información y él buscaba sabiduría.

Vivimos en una civilización que habla constantemente de libertad y él preguntaba si todavía sabemos para qué somos libres.

La última defensa de Occidente

Ratzinger no fue solamente un defensor de la Iglesia.

Fue, en un sentido más amplio, uno de los últimos grandes defensores intelectuales de la idea de que Occidente posee una herencia espiritual que no puede destruir impunemente.

Jerusalén.

Atenas.

Roma.

La revelación bíblica, la filosofía griega y la tradición jurídica y política romana.

De esa convergencia surgió una civilización peculiar: una civilización que aprendió a someter incluso al poder a una instancia superior.

Ratzinger sabía que la grandeza de Europa no estaba simplemente en sus catedrales, sus universidades, sus constituciones o sus descubrimientos científicos.

Estaba también en una convicción más profunda:

el poder no es Dios.

Ni el Estado.

Ni la mayoría.

Ni el mercado.

Ni la técnica.

Ni siquiera el individuo.

Existe algo por encima del poder.

Existe la verdad.

Y cuando una civilización olvida esa jerarquía, puede conservar sus instituciones mientras pierde su alma.

El legado

Joseph Ratzinger murió en 2022.

Pero la pregunta que formuló permanece.

¿Qué ocurre con una civilización cuando deja de creer que existe una verdad?

¿Qué ocurre con la libertad cuando se separa completamente del bien?

¿Qué sucede con la razón cuando considera irracional toda realidad que excede sus instrumentos?

¿Qué ocurre con el hombre cuando la técnica puede hacer casi todo aquello que la conciencia ya no sabe si debe hacer?

Y quizá la pregunta definitiva:

¿qué clase de hombre queremos formar?

Ratzinger comprendió que ninguna civilización puede responder adecuadamente a esa pregunta si antes no responde qué entiende por verdad.

Por eso merece ser leído más allá de las fronteras confesionales.

El creyente puede encontrar en él un maestro.

El filósofo, un interlocutor.

El político, una advertencia.

El intelectual, un adversario estimulante.

Y el hombre contemporáneo, quizá, una pregunta incómoda.

Ratzinger fue un hombre que creyó que la inteligencia no debía conquistar la verdad, sino servirla.

En una época que ha convertido la opinión en dogma, la emoción en argumento y la novedad en criterio de valor, esa convicción adquiere una fuerza casi subversiva.

Tal vez por eso llamarlo «el último gran teólogo» no sea solamente un elogio.

Puede ser también una provocación.

Una invitación a mirar hacia atrás y preguntarnos si, en nuestra prisa por superar el pasado, no hemos perdido algunas de las preguntas que hacían grande a Occidente.

Ratzinger no quiso fabricar un hombre nuevo.

Quiso salvar al hombre de convertirse en cualquier cosa.

Y quizá ahí reside su grandeza definitiva:

cuando casi todos discutían qué debía creer el hombre, él se atrevió a preguntar qué debía ser el hombre para que su libertad no terminara destruyéndolo.