Isidro Gil, abogado y docente
Recientemente, pude observar a la vicepresidenta de la República, Raquel Peña, en una entrevista en un programa de televisión. Lo trascendental de esa entrevista no fue que reafirmó sus aspiraciones que, de concretarse, ganaríamos todos los dominicanos, sino que volvió a evidenciar una de las cualidades que más reconocimiento le han ganado: su sólida capacidad gerencial, con precisión, conocimiento de los temas y dominio de la administración pública, que cuenta no como adorno sino como elemento de práctica las competencias necesarias para dirigir procesos complejos, coordinar equipos y asumir responsabilidades de alto nivel con eficiencia y responsabilidad, reafirmando que su formación y experiencia la convierten en una figura preparada para afrontar los desafíos de un Estado.
Hoy día, nuestra sociedad exige una dirigencia nacional con capacidad de interpretar las necesidades de la gente e impulsar desde la condición del Estado una capacidad de respuestas con visión, serenidad y eficiencia. Es aquí donde la figura de Raquel Peña emerge como la representación de una nueva forma de hacer política. Su trayectoria pública y privada la ha proyectado como una mujer de Estado, dotada de una combinación poco común de capacidad gerencial, sensibilidad social y vocación de servicio.
La vicepresidenta ha marcado distancia de los estilos tradicionales de la partidocracia que durante décadas han caracterizado la confrontación política, el ataque y la descalificación, ya que ella ha construido su liderazgo sobre la base de la prudencia, el trabajo y los resultados. Pero, sobre todo, su disciplina y comportamiento público y privado han estado marcados por el respeto hacia los demás, evitando caer en las viejas prácticas politiqueras del ataque personal o la confrontación, tanto a lo interno como a lo externo de su estructura partidaria, demostrando una nueva forma de hacer política en base a la propuesta, la construcción de consensos y la búsqueda de soluciones. Es por esto que Raquel Peña cuenta con el don de conectar con los distintos sectores de la sociedad. Su cercanía pluriclasista, pues tiene una amplia aceptación en todos los niveles sociales, además de que se siente que esa cercanía con los humildes no responde a gestos calculados ni a estrategias coyunturales, sino a una sensibilidad frente a las necesidades que afectan a los de abajo, lo que le permite tener sintonía con las aspiraciones de las familias dominicanas.
Otro elemento que distingue su liderazgo es su independencia respecto a las cargas políticas del pasado. Raquel Peña representa una generación que mira hacia el futuro sin compromisos con prácticas que la ciudadanía ha cuestionado durante años. Su imagen está asociada a la transparencia, la institucionalidad y el fortalecimiento de una cultura de gestión orientada al servicio del interés general y a la dignidad, principios que garantizan el derecho a la buena administración pública que todos tenemos, lo que genera una amplia confianza y la convierte en una figura de conciliación nacional.
En una época donde la polarización amenaza con dividir sociedades y estructuras partidarias, su estilo sereno y dialogante proyecta estabilidad, equilibrio y sentido de Estado. En Raquel Peña tenemos una mujer que inspira confianza tanto en los sectores empresariales como en las comunidades vulnerables, lo que le da ese perfil de unidad, cercana al pueblo, respeto, pluralidad y amplias competencias que la consolidan como una mujer de Estado que aún tiene mucho que aportar a la República Dominicana y que, llegado el momento, podría convertirse en la primera mujer en ocupar la Presidencia de la República, marcando un hito histórico y abriendo una nueva página en la vida política nacional, inclusión y prosperidad, además de poner al servicio de todos su vocación de bienestar y mejoría de los ciudadanos.



