Por Abril Peña
El presidente Luis Abinader dispuso el traslado de los restos de Ercilia Pepín y Juan Rodríguez García al Panteón de la Patria, el más alto honor que la República Dominicana puede otorgar a sus figuras históricas.
Pero fuera de los actos protocolarios, hay una pregunta urgente:
¿Sabemos realmente quiénes fueron?
¿Y por qué su legado sigue siendo tan incómodo, tan relevante… y tan ignorado?
Ercilia Pepín: la educadora que desobedecía
Nació en Santiago el 7 de diciembre de 1886 y murió el 14 de junio de 1939.
Fue una de las primeras mujeres en dirigir una escuela pública en el país, y una figura clave del pensamiento educativo dominicano. Pero no fue solo una maestra: fue una patriota crítica, una mujer con voz firme en una época de silencios obligados.
Su gesto más recordado fue izar la bandera dominicana a media asta en honor a Gregorio Luperón, desafiando las órdenes del gobierno de turno. No era un acto simbólico: era una lección viva de civismo, resistencia y dignidad.
Ercilia no enseñaba a repetir. Enseñaba a pensar.
Y en un país donde la obediencia se premia y la crítica se censura, eso sigue siendo subversivo.
Juancito Rodríguez
Juancito Rodríguez es aún menos conocido nació como Simón Rodríguez García en Estancia Nueva, Moca, en 1886. A los veinte años, sin padre, en la pobreza y con una madre que alimentar junto a ocho hermanos, se marchó a Barranca, La Vega, con un préstamo familiar y la determinación de levantar una vida desde el surco. Lo logró. Y más.
Llegó a tener 12 mil tareas de cacao, 4 mil de plátanos, más de 10 mil cabezas de ganado, una cuadra de caballos finos, producción masiva de plátanos y una de las haciendas más grandes y eficientes del Caribe. Todo eso —todo— lo levantó con trabajo.
Pero Juancito no se conformó con el éxito económico. Cuando Trujillo comenzó a cercenar libertades, a perseguir opositores y a apropiarse de haciendas ajenas, Juancito se transformó en patriota. Lo dejó todo. Y comenzó su guerra personal contra la dictadura.
Lo perdió todo por una sola causa: la libertad
Financió la expedición de Cayo Confite en 1947, la de Luperón en 1949 y apoyó la expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo en 1959, en la que su hijo José Horacio perdió la vida.
Juancito vendió su ganado, hipotecó su finca, financió armas, movimientos clandestinos y exiliados. Cayó en la pobreza. Vivió en La Habana casi sin recursos, comiendo lo justo, esperando noticias de la caída del régimen.
Mientras tanto, Trujillo arrasó su legado: incautó sus tierras, persiguió a su familia, quemó su finca, mató a sus peones, y desterró a sus hijas por distintas provincias. Incluso Porfirio Rubirosa se apropió de su hacienda, alardeando en el extranjero de sus tierras… tierras que Juancito había labrado con sus propias manos.
Murió en el exilio, el 19 de noviembre de 1960, sin poder ver la caída del dictador. Solo seis meses después, Trujillo sería emboscado y ejecutado. Pero Juancito ya no estaba para celebrarlo.
Su nombre merece ser recordado
Mientras algunos “héroes” tienen calles, bustos, libros escolares y campañas de exaltación, Juancito Rodríguez cayó en el olvido institucional. Solo su hija, Pucha Rodríguez, junto a la escritora Jeanne Marion, reconstruyó su historia en unas memorias reveladoras.
Ahí queda todo: su vida de trabajo, su entrega absoluta, su sacrificio económico, emocional y familiar. ¿Quién más en la historia dominicana lo entregó todo por la libertad… hasta la vida de su propio hijo?
Un panteón para los que incomodan
Ercilia Pepín y Juan Rodríguez García no murieron ricos ni populares.
Murieron siendo coherentes. Y por eso, más que un nicho en el Panteón, lo que merecen es un lugar en nuestra conciencia colectiva.
El traslado al Panteón de la Patria no es un premio tardío. Es una deuda. Una reparación histórica. Pero más que eso, es un recordatorio.
Porque mientras existan dominicanos dispuestos a incomodar al poder por defender la verdad, Juancito Rodríguez no habrá muerto del todo.
Y cuando el país se atreva a enseñarlo en las escuelas con el mismo fervor con que repite otros nombres, entonces —y solo entonces— empezaremos a entender el costo real de la libertad.
Ojalá que este traslado no sea solo un acto ceremonial, sino una invitación a formar ciudadanos que piensen, cuestionen y resistan, como lo hicieron ellos.



