Por: Isis Álvarez
“¿Qué gana Affe con demandar?”
Era una frase que se repetía hace algunos años entre quienes pensaban que la demanda interpuesta en 2020 por el señor Affe Gutiérrez contra la Procuraduría General de la República por daños y perjuicios era un esfuerzo inútil.
Affe demandaba con justa razón por RD$100 millones a la Procuraduría, alegando daños físicos, psicológicos y profesionales tanto a él como a su familia.
Muchos lo tildaron de loco. En una sociedad donde tantos somos cómplices silenciosos de acciones mal conducidas, y donde solemos confabulamos para normalizarlas, demandar al Estado luce, para algunos, como una batalla perdida.
Sin embargo, esta vez no fue así.
La Quinta Sala del Tribunal Superior Administrativo reconoció la condición de víctima de abuso de poder de Affe Gutiérrez Gil, declarando que el Estado actuó con arbitrariedad e inobservancia de las garantías constitucionales.
Aunque la corte no se disculpó por la arbitrariedad, sí ordenó el pago de RD$10,912,792.00 como reparación moral, física y profesional.
A esto se suma que la Tercera Sala Penal de la Suprema Corte de Justicia, presidida por el magistrado Rafael Vásquez, sentenció a la Procuraduría General a indemnizar al piloto por haber sido víctima de una prolongada prisión preventiva sin fundamento legal.
Este constituye el caso con la mayor compensación económica otorgada por un hecho similar en la historia judicial dominicana.
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¿Qué llevó a Affe Gutiérrez a demandar?
En varias ocasiones le he escuchado decir que lo hizo por su dignidad, por la memoria de su padre y por sus hijos, para que supieran que era inocente del delito del que se le acusaba y que, además, había sido víctima de un sistema de justicia corrupto.
Y aunque diez millones de pesos no reparan —ni remotamente— los daños directos, indirectos, laterales y colaterales ocasionados a él, a su familia, a su esposa y a la familia de su esposa, Sarah Pepén, al menos le restituyen su honra y confirman que la justicia dominicana, llamada precisamente a hacer justicia, hizo en su caso todo lo contrario.
Affe no es el único. Cientos de dominicanos enfrentan situaciones similares o peores, víctimas de una sociedad corrompida por complicidades y abusos de poder.
En la justicia ocurre aún más, esa justicia que pareciera no ser la misma para unos y para otros.
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Una sociedad enferma de abuso
Nuestra cultura, lamentablemente, está infectada por la corrupción en todos los niveles.
Somos abusadores en nuestras casas, vecindarios, trabajos, negocios y en casi todos los escenarios de la vida.
Ser injustos, imponernos, maltratar al pequeño y al débil, comprar voluntades, influencias y favores, pasar por encima de los demás… parece haberse convertido en un deporte nacional.
En el caso de Sarah y Affe Gutiérrez, ¿cómo es posible que una historia de tal magnitud pasara casi desapercibida?
Digo “desapercibida” porque, aunque muchos nos indignamos, pocos hablaron, pocos reaccionaron y casi nadie enfrentó el poder detrás de quienes presuntamente movieron la cuna.
La historia es conocida: su unión sentimental despertó demonios. Y siendo honesta, poco me importa quién pudo orquestar un plan para dañar a otros. Lo que me importa —y me preocupa— es que nuestros estamentos e instituciones se presten para ejecutar planes personales de arbitrariedad, injusticia y atropello.
Quizás alguno de ellos cometió una falta de prudencia o de manejo personal.
Pero aun así, nada justifica lo que vino después. Mucho menos el uso de la justicia como arma de destrucción personal.
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El poder que destruye
Que la justicia dominicana —léase Ministerio Público, jueces, procuradores adjuntos, procuradores titulares, procuradores generales, abogados, alguaciles y un largo etcétera— se prestara para un diseño maquiavélico que buscaba destruir a otros debería provocarnos repudio como sociedad.
Y me aterra, porque si ayer fueron Affe, Sarah y tantos otros, mañana puede ser cualquiera de nosotros.
Sarah y Affe son ejemplo de amor genuino, resiliencia y fe.
Han actuado con determinación, valor y atrevimiento, desafiando lo aparentemente imposible: adversidades, pérdidas, precariedades, sed de justicia, caminos cerrados y el poder.
He visto a algunos expresar ahora su indignación, y me pregunto:
¿dónde estaban hace unos años?
Nadie los escuchó.
Pero existe un Dios que sí escuchó oraciones justas y, en Su tiempo, está restituyendo.
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Un precedente que debe despertar a la sociedad
Hablar antes no habría tenido impacto, pero hoy apoyar la sentencia emitida por el TSA eleva aún más la causa.
Diez millones de pesos no cubren ni compensan los costos jurídicos, psicológicos y emocionales de un proceso tan largo y complejo.
Pero sí representan mucho desde el punto de vista moral y social.
Y ojalá este caso sirva de reflexión profunda a nuestra sociedad.
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La autora es periodista, comunicadora y analista de opinión en la Z101.



