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¿Qué deja una herida más profunda: el castigo físico o las palabras que destruyen?

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Por Rosa Iris Luciano

Hay preguntas que parecen sencillas, pero que nos obligan a mirar hacia nuestra propia infancia. En los últimos días he pensado mucho en una de ellas: ¿qué puede marcar más a un niño, el castigo físico utilizado como forma de corrección o las palabras que destruyen su autoestima?

La reflexión surgió después de ver un video en el que un padre golpeaba a su hijo con un cinturón en plena vía pública. La escena provocó indignación y volvió a poner sobre la mesa una discusión que durante generaciones ha estado presente en muchas familias: ¿dónde termina la disciplina y dónde comienza el maltrato? Para muchos adultos de hoy, recibir una “pela” era parte de la crianza. Frases como “a mí me dieron mi pela y aquí estoy” o “una pela a tiempo evita muchos problemas” fueron prácticamente normales en determinados hogares. Pero que una práctica haya sido común no significa necesariamente que haya sido la mejor manera de educar.

Ahora bien, existe otra forma de violencia que muchas veces pasa desapercibida porque no deja marcas visibles: la violencia verbal. Hace poco escuché el testimonio de un creador de contenido que relataba cómo su propio padre lo hacía sentir mal por su apariencia. Según contó, su padre era de piel clara y ojos claros, mientras él era diferente físicamente, y llegó a decirle que no podía tener un hijo “tan feo”. Una frase puede durar apenas unos segundos en el aire, pero quedarse durante años en la mente de quien la escucha.

Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué duele más, un castigo físico en la piel o una palabra que se queda en el corazón? El golpe puede desaparecer y no dejar una marca visible, pero una humillación repetida puede afectar la autoestima, la seguridad y la manera en que una persona se percibe a sí misma. De igual manera, el castigo físico también puede generar miedo, inseguridad y afectar la relación entre padres e hijos.

No se trata de competir entre cuál forma de maltrato es peor. Ambas pueden causar daño, aunque de maneras diferentes. El problema está en que durante mucho tiempo hemos aprendido a normalizar determinadas conductas porque fueron parte de la crianza que recibimos. Muchos padres educaron de la misma manera en que fueron educados, repitiendo patrones que consideraban normales sin detenerse a pensar en las consecuencias emocionales.

También es importante reconocer que criar no es fácil. Los niños necesitan límites, normas, orientación y consecuencias cuando cometen errores. Pero poner límites no debería significar humillar, amenazar, insultar o golpear. Corregir no debería destruir la autoestima de un niño.

Quizás la pregunta que debemos hacernos como sociedad no sea únicamente qué deja una herida más profunda, si el castigo físico o las palabras. Tal vez deberíamos preguntarnos algo mucho más importante: ¿por qué seguimos creyendo que para educar a un niño tenemos que hacerle daño?

Porque si realmente queremos criar adultos seguros, respetuosos y emocionalmente fuertes, debemos empezar por enseñarles desde pequeños que el amor también puede poner límites, corregir y decir “no” sin necesidad de lastimar.