@abrilpenaabreu
Las recientes declaraciones de Frank Rainieri no deberían ser leídas como una simple crítica aislada, deberían asumirse como una advertencia.
No es la primera vez que se alzan voces señalando que el desarrollo de Punta Cana avanza más rápido que su planificación, tampoco es la primera vez que se cuestiona un modelo que privilegia la expansión inmediata, sin garantizar las condiciones mínimas que hacen sostenible ese crecimiento.
El señalamiento es claro: proliferan proyectos sin infraestructura, sin servicios básicos, sin planificación territorial. Urbanizaciones que nacen sin calles adecuadas, sin sistemas de drenaje, sin plantas de tratamiento. Inversiones que se ejecutan con rapidez, pero sin asumir el costo real que implican para el entorno.
Y en ese vacío, el problema no es solo empresarial, es institucional.
Porque cuando el crecimiento ocurre sin reglas claras o sin que estas se hagan cumplir, el resultado inevitable es el desorden.
La provincia La Altagracia, principal polo turístico del país, lleva años acumulando señales de alerta. El senador Rafael Barón Duluc ha insistido en la necesidad de revisar un modelo que genera riqueza, pero no necesariamente desarrollo proporcional para su territorio. En la misma línea, la alcaldesa de Higüey, Karina Aristy, ha advertido sobre los riesgos que enfrenta el municipio si no se reorganiza la estructura territorial y financiera que hoy sostiene gran parte de su dinámica económica.
No se trata de oponerse al crecimiento. Sería absurdo. Punta Cana es, sin discusión, uno de los mayores logros económicos de la República Dominicana en las últimas décadas. Pero precisamente por eso, su desarrollo no puede quedar a merced de la improvisación.
Crecer sin planificación no es progreso, es acumulación de problemas.
Las consecuencias ya comienzan a ser visibles: congestión vial, presión sobre los servicios básicos, expansión urbana desordenada y tensiones en la gestión territorial. A eso se suma una preocupación más profunda: la posibilidad de que el modelo termine erosionando la calidad del destino que lo hizo exitoso en primer lugar.
Porque el turismo no solo depende de hoteles y cifras récord. Depende de orden, de entorno, de experiencia y cuando esos elementos se deterioran, el impacto no es inmediato, pero sí inevitable.
Aquí es donde el rol del Estado se vuelve determinante, no basta con acompañar el crecimiento, hay que conducirlo, no basta con atraer inversión, hay que regularla, no basta con celebrar cifras, hay que garantizar sostenibilidad.
Las palabras de Rainieri apuntan a una debilidad que no puede seguir postergándose: la falta de control efectivo sobre el ordenamiento territorial, corregir ese rumbo no implica frenar el desarrollo. Implica protegerlo.
Porque si algo ha demostrado la historia de otros destinos turísticos en el mundo, es que el éxito mal gestionado termina convirtiéndose en su propia amenaza, Punta Cana aún está a tiempo, pero el tiempo no es infinito.



