Por Annmercedes7
Han pasado más de dos años desde que comenzó el calvario en la Zona Colonial de Santo Domingo. Dos años de calles destrozadas, aceras levantadas y un laberinto kafkiano de desvíos que ha convertido al corazón histórico de nuestra capital en una zona fantasma. Pero aquí no estamos hablando solo de inconvenientes viales. Estamos presenciando en cámara lenta la complicidad silenciosa del Estado con el asesinato premeditado de la cultura dominicana.
El 25 de junio, el Bar de María anunció su cierre temporal. “Tras seis meses sin calle, hemos sufrido una baja muy grande en nuestras ventas”, escribieron en Instagram. Seis meses aguantaron. Seis meses luchando contra un sistema que los ignoró por completo. Su cierre, aunque sea temporal, no es solo un negocio que pausa. Es la muerte lenta de uno de los pocos lugares donde la cultura dominicana real todavía podía respirar.
El Bar de María no era solo un bar. Era donde las bandas nuevas tocaban por primera vez, donde grupos de rock alternativo, jazz experimental y fusión ofrecían shows íntimos que jamás llegarían a los grandes teatros. Era donde los poetas leían sus versos, donde los estudiantes podían tomarse una cerveza sin endeudarse. Era un refugio para músicos independientes y un espacio donde la cultura no costaba una fortuna. Era, simplemente, un lugar para crear sin filtros.
La muerte de estos espacios no es casual. Es el resultado de una coordinación institucional tan deficiente que parece diseñada para maximizar el daño. El Ministerio de Obras Públicas ejecuta proyectos con la delicadeza de un tractor, sin considerar que cada metro de asfalto que levantan puede estar destruyendo años de construcción de comunidad. El Ministerio de Cultura, mientras tanto, permanece en su torre de marfil, financiando grandes eventos mientras ignora los espacios vulnerables donde realmente florece la vida cultural.
El Ayuntamiento del Distrito Nacional tampoco asume su rol coordinador. La Zona Colonial se ha transformado en un escenario postapocalíptico donde solo sobreviven los negocios con suficiente capital para resistir meses sin ingresos, o aquellos endeudados hasta el cuello esperando que algo mejore.
Pero hay algo aún más siniestro: esto es gentrificación con máscara de desarrollo urbano. La fórmula es conocida: primero se ejecutan obras de infraestructura que “coincidencialmente” hacen insostenibles los negocios locales. Luego se permite que la zona se deteriore hasta justificar la necesidad de “renovación”. Y finalmente, llegan los desarrolladores con propuestas de alto costo solo accesibles para una nueva demografía.
La pregunta incómoda es: ¿para quién se está desarrollando la Zona Colonial? ¿Para los dominicanos que la han habitado y le han dado vida durante décadas, o para un público objetivo completamente distinto?
En una sociedad donde el estrés económico es constante, los espacios de esparcimiento accesibles no son un lujo, sino una necesidad de salud pública. Cuando eliminamos estos espacios, estamos creando una sociedad más tensa, más frustrada y, paradójicamente, menos productiva.
La concentración de la oferta de entretenimiento en lugares de alto costo no es solo un problema cultural: es una cuestión de justicia social. ¿Por qué estamos aceptando que solo quienes tienen alto poder adquisitivo tengan derecho al ocio de calidad? ¿Por qué cuesta tanto encontrar un lugar para socializar en nuestra propia ciudad?
Cada espacio que cierra representa empleos que se pierden, oportunidades para artistas emergentes que desaparecen, y un empobrecimiento irreversible de nuestro ecosistema cultural. Es urgente que las instituciones actúen: que Obras Públicas incorpore estudios de impacto cultural, que Cultura desarrolle programas reales de apoyo, y que el Ayuntamiento ejerza liderazgo en la protección del tejido cultural durante estas intervenciones.
Pero también debemos reconocer que esto no es un caso aislado. Lo que ocurre en la Zona Colonial es parte de un fenómeno mayor de transformación urbana que expulsa, margina y uniformiza. La gentrificación no siempre llega con anuncios espectaculares: a veces llega disfrazada de adoquines nuevos.
Y al final, la pregunta no es si las instituciones actuarán. La verdadera pregunta es si lo harán antes de que el último espacio auténtico cuelgue el letrero de “cerrado hasta nuevo aviso”. Porque cuando todo esté “arreglado”, y las calles estén perfectas, lo que encontraremos será una ciudad pasteurizada, donde solo quienes tienen dinero podrán permitirse socializar. Y entonces, la pregunta será inevitable:
¿valió la pena el asfalto nuevo?



