Opinión

Para entender un poco a la mujer en el mundo del poder

Por Rafael Linares Guerrero


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La historia demuestra que los grandes imperios no siempre caen por la fuerza enemiga. Muchas veces se derrumban desde dentro por pasiones, traiciones, vanidades y malas decisiones.

Según Jhon Jairo Velásquez, alias “Popeye”, uno de los detonantes de la guerra entre los carteles de Medellín y Cali involucró a Alejo Piña, cercano a “Pacho” Herrera, y Jorge Elí “el Negro” Pabón, hombre de confianza de Pablo Escobar. Ambos se conocieron en una cárcel de Nueva York.

Piña salió primero de prisión y comenzó a convivir con quien había sido esposa de Pabón. Al descubrirlo, Pabón acudió a Escobar y, según Popeye, decidieron que Piña debía morir. Los hermanos Rodríguez Orejuela rechazaron autorizar su eliminación y alertaron a Pacho Herrera.

Una disputa sentimental se convirtió en un conflicto entre organizaciones criminales. Pero aquella guerra no comenzó solo por una mujer: ya existían intereses económicos, rivalidades territoriales y competencia por el narcotráfico. La relación pudo ser la chispa, pero el combustible estaba acumulado.

Otro caso es el de Frank Lucas, el “Gánster Americano”. La película American Gangster popularizó el episodio en que su esposa le regaló un costoso abrigo y un sombrero. Al exhibirse con ellos, Lucas habría atraído la atención policial, aunque la investigación fue mucho más compleja.

La responsabilidad no fue de su esposa, sino de Lucas, quien permitió que la vanidad venciera la discreción con la que había levantado su imperio.

Estos relatos no prueban que las mujeres sean responsables de la caída de los hombres. El problema surge cuando algunos confunden el amor con obediencia, la confianza con entrega absoluta y el poder con impunidad. Quien dirige un imperio responde por sus decisiones. Los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla; los hombres que no controlan sus pasiones, a perder lo que creyeron dominar.