Opinión

Orquestas sinfónicas juveniles, deportes y bibliotecas: apuesta por una ciudadanía integral

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Por Dr. Alejandro Arvelo

 

La formación integral de un ciudadano es un proceso multifactorial. Elementos de diversa índole, externos e intrínsecos al quehacer educativo en sentido estricto, reclaman la atención de quienes tienen a su cargo la noble labor de modelar almas, cuerpos, entendimientos y sensibilidades. En esa búsqueda sin término, la música, la danza, el teatro ocupan lugares de preeminencia, no menos que los saberes de orden científico y humanístico que afinan la capacidad de observación, la reflexión ordenada y la aptitud para vivir juntos.

Las artes inducen a niños, jóvenes y adultos a adquirir el hábito de centrarse y de repartir sus miradas entre el interior y el exterior. Las artes escénicas, particularmente el teatro y la danza, y la práctica deportiva sistemática contribuyen de forma eminente a dotar de cuerpos ágiles y robustos a los estudiantes, pero, ante todo, sanos.

Proceder en consecuencia rinde merecido homenaje al imperecedero llamado de Juvenal: orandum est ut sit mens sana in corpore sano: “Suplica en tus oraciones tener una mente sana en un cuerpo sano” (Sátiras. Alianza, Madrid, 1996; p. 254).

En la actualidad, se pasa por alto con más frecuencia de la deseada que los juegos olímpicos tenían una fuerte carga de religiosidad, e incluían la participación activa de rapsodas y poetas, como Píndaro y Simónides de Ceos, algunos de los cuales, como Glauco de Caristo, incluso triunfó en un memorable combate de boxeo en 520 a. de C.

Asimismo, que algunos de los más célebres dramaturgos de la Grecia antigua, como Esquilo, Sófocles y Eurípides, subvencionaron la participación de equipos de atletas o de caballos en las competiciones.

Las olimpiadas eran un componente esencial de la paideia griega, esto es: de la búsqueda de la excelencia (areté), mediante la formación integral del futuro ciudadano.

Ésa es, justamente, la presuposición de trasfondo de la reciente declaración del Dr. Leonel Fernández, al lanzar a los cuatro vientos su apuesta de que ha llegado la hora de que cada escuela tenga una orquesta juvenil, una biblioteca multimedia y que a ello vaya unida la práctica deportiva sistemática. Su preocupación es quién está educando al pueblo en los tiempos que corren.

Asimismo, es un llamado a la necesidad imperiosa de que algunos ministerios marchen de manera mancomunada al logro de los propósitos supremos de la dominicanidad del porvenir: Educación, Deportes y Recreación, Cultura y Educación Superior, Ciencia y Tecnología.

No se trata de renuncias a sus respectivos fueros, sino de crear sinergias y generar puentes, mecanismos de cooperación o sub-sistemas tendentes a la formación integral del dominicano del porvenir. La tanda extendida ofrece en este sentido una formidable oportunidad de colaboración de tres de ellos.

Ésta podría ser una de las maneras en que el Estado Dominicano dé muestras de interés en sufragar la deuda cultural contraída con nuestra población durante los últimos mandatos constitucionales.

No sólo no se le ha dado continuidad a los logros alcanzados durante las gestiones del Dr. Leonel Fernández, sino que la detentación de los cargos en la administración cultural del Estado parecen haberse convertido en una finalidad en sí misma.

Se ha perdido por completo el horizonte, su razón de ser: la protección y profundización de los derechos culturales de todos los dominicanos, como establece el artículo 64 de la Constitución.

 La encíclica Magnifica Humanitas, de reciente publicación, parece retratar una marcada tendencia de nuestro tiempo cuando, en el parágrafo 25, afirma que «lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren».

Sin atención a la dimensión espiritual, al cultivo de la sensibilidad estética y la siembra sostenida de virtudes y valores jamás accederemos a una ciudadanía cultural digna de ese nombre; y menos aún al deseado desarrollo humano integral ni la anhelada convivencia civilizada.

En el numeral 83 de la mencionada encíclica, Su Santidad, el Papa León XIV ofrece una noción de desarrollo integral que bien podría iluminar la búsqueda en concreto de esa dominicanidad posible hacia la que deberíamos encaminarnos en aras de retomar, sobre nuevas bases, el sueño de tener una patria para todos, en la que el decoro, la dignidad y la justicia sean la norma, no la excepción: «El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir».

                                                                                                                    “Los Juegos Olímpicos de la antigüedad, en sus inicios, comenzaban con una ceremonia religiosa y duraban un día, dedicado a las pruebas atléticas y a las manifestaciones de las bellas artes. (…). Los griegos se confundían, sin distingos de clases, y luchaban por la rama de olivo, el único premio que se daba a los triunfadores” (Mario Álvarez Dugan, “El olimpismo: su origen.

Los juegos de la antigüedad. Los juegos modernos. El olimpismo en la República Dominicana”. Editora del Caribe, Santo Domingo, 1967, p. 6).

Se cuenta que Leontes, rey de Flíos, en el Peloponeso, hizo de anfitrión de Pitágoras en el curso de unos juegos olímpicos. Uno de sus temas de conversación fue la variedad de los propósitos con que la gente acudía a aquellas jornadas culturales, deportivas y religiosas, como llevamos dicho. 

Uno iba a competir, otros a vender y a comprar, los demás a disfrutar de las competiciones.

A la pregunta de qué movía al huésped a asistir a aquellos festejos, él respondió que el solo deseo de saber y conocer, pues no se tenía a sí mismo por sabio, sino por amante de la sabiduría.