@abrilpenaabreu
Los medios de comunicación, tanto tradicionales como digitales, parecen haber despertado tarde ante las implicaciones que podría traer consigo el nuevo Código Penal. Sin embargo, mientras el debate continúa y los poderes fácticos deciden si intervendrán o no para modificar algunos de sus aspectos más controvertidos, hay una realidad ineludible: todos los actores del sistema de comunicación tendrán que replantearse la forma en que ejercen su oficio.
Durante años, la carrera por conseguir más vistas, más clics y mayor inmediatez fue desplazando una de las virtudes más importantes del periodismo: la verificación rigurosa de los hechos. No porque las audiencias no sean importantes —lo son y seguirán siéndolo—, sino porque la premura, muchas veces, termina siendo la madre del error.
Hubo una época en que los grandes medios contaban con robustos equipos de investigación capaces de dedicar días, semanas o incluso meses a corroborar una información antes de publicarla. Hoy esos equipos son mucho más pequeños cuando existen, y en muchos casos han desaparecido por completo. La velocidad que impone internet, la competencia feroz entre medios y la proliferación de plataformas digitales han creado una cultura donde parecer el primero suele importar más que tener la razón.
Con la entrada en vigor de este nuevo marco legal, esa lógica podría convertirse en un riesgo demasiado costoso. Si periodistas y medios quieren mantenerse fuera de las fauces del león, tendrán que volver, en buena medida, a los principios que nunca debieron abandonarse: verificar antes de publicar.
Pero el desafío va más allá de comprobar los hechos. Quienes ejercen el periodismo también tendrán que profundizar en el conocimiento de la ley para comprender los límites y responsabilidades que esta impone. Y, además, dominar el lenguaje con mayor precisión, porque muchas veces no solo importa lo que se dice, sino cómo se dice. La capacidad de comunicar una verdad con rigor, sin caer en afirmaciones innecesariamente temerarias, será una habilidad indispensable.
No será una tarea sencilla. Vivimos en una época acostumbrada a opinar de inmediato, a decir lo primero que se piensa y a publicar sin demasiadas pausas. Esa era parece estar llegando a su fin.
Eso no significa que el periodismo deba renunciar a denunciar, investigar o revelar verdades incómodas. Significa, simplemente, que habrá que hacerlo con mayor preparación, mayor inteligencia y mayor estrategia. En el escenario que se avecina, probablemente no sobrevivirán los más rápidos, sino los más rigurosos; no quienes griten más fuerte, sino quienes sepan sostener cada palabra con hechos, pruebas y un uso impecable del lenguaje.



