Por Solanlly Regalado Medrano
Estratega en Liderazgo Político y Transformación Humana
Durante décadas, la política asumió que ciertos votos estaban garantizados. Se heredaban apellidos, lealtades, estructuras, colores y tradiciones. Pero esa lógica está cambiando. El ciudadano ya no entrega su confianza por costumbre; la entrega cuando encuentra razones para hacerlo. Observa, compara, cuestiona y, sobre todo, recuerda. Por eso, el voto dejó de ser una herencia política para convertirse en una conquista. Y esa conquista no comienza cuando se pide el voto: comienza mucho antes, cuando todavía nadie lo está pidiendo.
Una candidatura empieza a construirse cuando no hay cámaras, cuando no hay caravanas, cuando no hay encuestas que mostrar y cuando nadie está contando votos. Se construye en la comunidad, en la forma de escuchar, en la manera de tratar al que piensa diferente, en la capacidad de cumplir una promesa y en la disposición de servir sin esperar una recompensa electoral. Porque cuando llega una elección, el ciudadano no solamente escucha propuestas: evalúa una trayectoria. Y ninguna campaña, por sofisticada que sea, puede borrar completamente la memoria de quien ha observado nuestras acciones durante años.
La nueva realidad política ha incorporado datos, territorio, comunicación digital, inteligencia artificial, narrativa y análisis de emociones. Todo ello puede mejorar una estrategia, pero existe un límite que ninguna tecnología puede superar: la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Se puede comprar visibilidad, pero no credibilidad. Se puede construir una imagen, pero no una reputación sostenible. Se puede llamar la atención, pero no obligar a alguien a confiar. La comunicación puede abrir una puerta; la coherencia es la que consigue que el ciudadano decida entrar.
Por ello, quienes aspiran a liderar deberían cambiar la pregunta. No basta con preguntarse: “¿Cómo conseguimos más votos?” La verdadera pregunta estratégica es: “¿Qué estamos haciendo hoy para merecerlos mañana?” Porque el ciudadano no es solamente un número en una encuesta ni una persona que aparece en un padrón electoral. Es alguien que tiene memoria, expectativas, frustraciones, aspiraciones y capacidad de decidir. Y cuando un liderazgo solamente se acerca para pedir, pero desaparece cuando ya obtuvo lo que necesitaba, la relación deja de ser política y se convierte en transacción. La confianza, en cambio, se construye desde la reciprocidad.
Aquí es donde cobra sentido una frase que siempre he sostenido: no le pida peras al olmo. No se puede esperar confianza donde nunca se sembró coherencia. No se puede reclamar lealtad donde faltó presencia. No se puede pedir conexión donde nunca hubo escucha. Y tampoco se puede pretender que el ciudadano indeciso se acerque a una propuesta si quienes ya confiaron no encuentran razones para seguir haciéndolo. Primero hay que cuidar el árbol. Honrar a quienes están, cumplir, corregir cuando sea necesario y demostrar con hechos que la confianza depositada tuvo sentido. Porque una base satisfecha no solamente permanece: también puede convertirse en el puente hacia quienes todavía están observando.
En última instancia, la política también tiene sus tiempos de siembra y de cosecha. El voto no se hereda, no se exige y no se improvisa: se conquista. Se conquista con presencia cuando nadie está mirando, con servicio cuando nadie lo está contabilizando y con coherencia cuando nadie está obligado a reconocerla. Por eso, antes de pensar en cómo pedir el voto, habría que preguntarse qué historia estamos escribiendo frente a la ciudadanía. Porque cuando llegue el momento de decidir, las palabras competirán con la memoria. Y la memoria ciudadana suele hacer una pregunta muy sencilla: “¿Dónde estuvo cuando yo no era un voto?”
No le pida peras al olmo.
Si quiere cosechar confianza, empiece por sembrarla.



