Editorial

No es libertad de expresión cuando el objetivo es destruir al que piensa diferente

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@abrilpenaabreu

En República Dominicana hablamos mucho de libertad de expresión. Y hacemos bien, porque ese derecho es indispensable para la democracia. Sin libertad para cuestionar al poder, denunciar abusos, protestar y defender ideas impopulares, no existe una sociedad verdaderamente libre.

Pero hay una conversación que estamos evitando: no todo lo que se hace en nombre de la libertad de expresión busca aportar al debate público. A veces, el verdadero objetivo es intimidar, silenciar o destruir a quien piensa diferente.

Hoy basta con que una persona cuestione a determinados grupos políticos, económicos, sociales o de la farándula para que se active contra ella un ejército digital.

No se responde a sus argumentos. Se revisa su pasado, se atacan su apariencia y su familia, se sacan frases de contexto, se difunden informaciones falsas y se intenta afectar su trabajo.

A eso se suman las amenazas, los insultos, la exposición de datos personales y el acoso constante. Muchas veces participan cuentas anónimas que repiten las mismas acusaciones hasta crear la impresión de que existe una condena social generalizada.

Eso no es debate democrático. Es una forma de castigo colectivo.

También debemos establecer una diferencia esencial: recibir críticas no significa ser víctima de acoso.

Toda persona que participa en la vida pública debe estar preparada para que sus ideas sean cuestionadas con dureza. La crítica, la sátira, la protesta y hasta el rechazo público forman parte de la democracia.

Pero una cosa es decir: “No estoy de acuerdo con lo que usted expresó y estas son mis razones”. Otra muy distinta es promover que esa persona sea despedida, perseguirla en todas sus redes, atacar a sus familiares o llenarla de amenazas hasta obligarla a callar.

La libertad de expresión protege el derecho a responder. No concede una licencia para destruir.

La cultura de la cancelación produce además un efecto que va mucho más allá de la persona atacada. Quienes observan lo que está ocurriendo aprenden que opinar tiene un costo. Entonces se autocensuran, evitan determinados temas y repiten lo que consideran socialmente seguro.

Al final, permanecen hablando los extremos, mientras la mayoría guarda silencio por miedo. Ese ambiente empobrece el debate público. Ya no discutimos para comprender o convencer. Discutimos para derrotar, humillar y expulsar al otro del espacio común.

Ahora bien, tampoco podemos permitir que la lucha contra el acoso digital se convierta en una excusa para limitar la crítica legítima.

Las leyes relacionadas con la difamación, el ciberacoso y la violencia digital deben estar redactadas y aplicarse con enorme cuidado. Si sus conceptos son demasiado amplios, pueden terminar protegiendo a funcionarios, figuras poderosas o grupos de interés frente al escrutinio público.

El remedio no puede ser peor que la enfermedad,, necesitamos proteger simultáneamente dos cosas: la libertad de expresión y la dignidad de las personas. No son derechos incompatibles.

Se puede criticar con firmeza sin deshumanizar. Se puede protestar sin amenazar. Se puede rechazar una opinión sin perseguir a quien la emitió. Y se puede exigir responsabilidad por una expresión sin organizar una campaña para destruir la vida de alguien.

Una democracia madura no se mide únicamente por la libertad que tenemos para defender las ideas con las que estamos de acuerdo. Se mide por nuestra capacidad para tolerar, discutir y responder a aquellas que nos incomodan.

Porque si solamente consideramos válida la libertad de quienes piensan como nosotros, entonces no estamos defendiendo la libertad de expresión. Estamos defendiendo el derecho de nuestro grupo a imponer silencio y eso, venga del poder, de una multitud digital o de cualquier sector organizado, sigue siendo censura.

La libertad de expresión también exige responsabilidad. Pero la responsabilidad debe servir para mejorar la conversación pública, no para convertir las redes sociales en tribunales sin reglas, sin pruebas y sin derecho a defensa.

Una sociedad donde las personas tienen miedo de hablar no es una sociedad más respetuosa. Es una sociedad aparentemente silenciosa, debajo de la cual siguen creciendo la intolerancia y el resentimiento.

Defendamos la libertad de expresión, sí. Pero defendámosla completa: para hablar, para disentir, para responder y también para no ser destruido por pensar diferente.