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Nepal: una crisis que deja lecciones al mundo

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Por Abril Peña

Nepal vive hoy una de las peores convulsiones políticas de su historia reciente. Lo que empezó como una protesta contra la censura en internet terminó arrastrando a un gobierno entero y dejando al país en estado de sitio.

El detonante fue la decisión del primer ministro K. P. Sharma Oli de bloquear las redes sociales, con el argumento de frenar la “desinformación”. Para una generación joven que encuentra en esas plataformas su única vía de expresión y organización, la medida fue la chispa que encendió la mecha. En cuestión de horas, las calles de Katmandú se llenaron de manifestantes; la respuesta estatal fue represión, toque de queda y militares en las avenidas. El saldo: más de una veintena de muertos, decenas de heridos y la renuncia forzada del propio jefe de gobierno.

Cómo se llegó a este punto

Nepal arrastra más de quince años de inestabilidad política desde la abolición de la monarquía en 2008. Las promesas de democracia y desarrollo se diluyeron en coaliciones frágiles, élites políticas repetidas y acusaciones de corrupción. Mientras tanto, la economía quedó sostenida por dos pilares débiles: el turismo y las remesas de los millones de nepalíes que emigran porque no encuentran oportunidades en su tierra.

El resultado ha sido una juventud frustrada, un Estado débil y una sociedad desconfiada. En ese contexto, cualquier intento de silenciar voces críticas estaba destinado a fracasar.

Quiénes agravan la crisis

El propio gobierno fue su peor enemigo. Primero al pretender callar a la ciudadanía digital y después al responder con represión militar, lo que multiplicó la indignación. A eso se sumaron actores radicales y oportunistas que aprovecharon el caos para incendiar edificios y saquear negocios, aumentando la sensación de descontrol.

La fragilidad económica tampoco ayuda: un país dependiente de lo que producen sus migrantes en el extranjero es especialmente vulnerable a choques políticos y sociales.

Qué se puede esperar en el corto plazo

Nepal enfrenta ahora una transición incierta. Con el primer ministro fuera, el ejército en las calles y los partidos negociando un gobierno interino, el país necesita definir rápidamente una hoja de ruta: elecciones adelantadas, apertura al diálogo con los líderes juveniles y garantías de respeto a las libertades digitales.

Si estas señales no aparecen pronto, el riesgo es que la violencia se prolongue y la desconfianza se convierta en la norma, afectando también a la economía: el turismo ya está en caída libre y la inversión se retrae en un país que depende de su estabilidad para sobrevivir.

Las lecciones que deja Nepal

Lo ocurrido en Katmandú no es un hecho aislado. Deja lecciones que van más allá de sus fronteras:

Las redes sociales son la plaza pública del siglo XXI. Pretender apagarlas solo multiplica el descontento.

Cuando los jóvenes no ven futuro, lo buscan en las calles. Ignorarlos es incubar la protesta.

La estabilidad no se mide solo con cifras macroeconómicas. Aunque Nepal tenía inflación controlada y reservas robustas, nada de eso sirvió ante la percepción de abandono social.

La represión no sustituye al diálogo. La fuerza puede contener por un día, pero no construye confianza.

Nepal nos recuerda que en este siglo los pueblos ya no toleran gobiernos sordos. El reto de cualquier democracia —desde Asia hasta el Caribe— es escuchar antes de imponer, dialogar antes de reprimir y gobernar con la mirada puesta en quienes más sienten el peso de la desigualdad: sus jóvenes.