Opinión

Mucho poder, poca profesionalización

Solanlly Regalado Medrano

Estratega política, experta en liderazgo y consultora en gestión humana


La deuda pendiente del liderazgo en el Estado dominicano


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En el Estado dominicano, el debate público suele concentrarse en el poder: quién lo ostenta, cómo se ejerce y desde qué espacios se decide. Sin embargo, existe una contradicción que rara vez se aborda con la profundidad necesaria: mientras el poder se concentra, la profesionalización del liderazgo continúa rezagada. Esta brecha entre autoridad formal y capacidad técnica no solo debilita la gestión pública, sino que compromete la sostenibilidad institucional y la confianza ciudadana.

El liderazgo en el sector público no puede seguir dependiendo exclusivamente del cargo, la jerarquía o la cercanía política. Gobernar exige competencias técnicas, habilidades humanas y una formación continua que permita dirigir personas, gestionar conflictos y construir equipos capaces de sostener políticas públicas más allá de los períodos de gobierno.

Uno de los grandes retos del Estado dominicano es comprender que la profesionalización del liderazgo no es un lujo ni una amenaza al poder, sino su principal soporte. Cuando los liderazgos no se forman, las decisiones se personalizan, los equipos se desmotivan y las instituciones se vuelven frágiles, dependientes de figuras y no de procesos.

Desde la gestión humana, el impacto de esta brecha es evidente. Cuando quienes dirigen los departamentos de gestión del talento humano conciben la profesionalización como un gasto y no como una inversión con retorno, la institución se coloca en una situación de alto riesgo organizacional. Esta visión contrasta con el espíritu de la Ley 41-08 de Función Pública, que establece la profesionalización, la meritocracia y la capacitación continua como pilares del servicio público. En lugar de fortalecer capacidades, se debilitan procesos; en vez de generar valor público, se reproduce la improvisación.

La silla que queda grande

Cuando la preparación no acompaña a la autoridad, la gestión pública se vuelve vulnerable. Instituciones con marcos normativos claros pueden perder eficacia si quienes las dirigen carecen de formación en gestión, liderazgo de personas y comprensión técnica del sector que administran. En estos casos, el cargo pesa más que la competencia, y la institución termina dependiendo de la figura, no del sistema.

La ausencia de una carrera administrativa sólida en los niveles de toma de decisiones genera, al menos, tres consecuencias críticas:

  • Improvisación estratégica: Directivos que asumen áreas complejas con una visión política de corto plazo, desconectada de la continuidad de la gestión pública.
  • El “efecto Adán”: La creencia de que cada gestión comienza desde cero, ignorando aprendizajes, avances y capacidades previamente construidas.
  • Fuga de talento: Técnicos y profesionales altamente capacitados se desmotivan cuando sus criterios son relegados por liderazgos que no dominan la materia que dirigen.

Para que el Estado dominicano avance hacia un modelo de desarrollo sostenible, el liderazgo debe dejar de concebirse como un botín político y asumirse como una disciplina profesional. Esto implica apostar por:

  • Capacitación continua, más allá de los títulos académicos, en ética pública, gestión de crisis, liderazgo de equipos y transformación digital.
  • Meritocracia en la alta dirección, fortaleciendo sistemas como el SISMAP no solo para el personal técnico, sino también para los puestos de confianza.
  • Inteligencia emocional y ética, reconociendo que el poder sin autocontrol ni valores institucionales deriva en arbitrariedad y desgaste organizacional.

El poder sin profesionalización es, en esencia, una forma de ineficiencia que termina pagando la ciudadanía. El verdadero desafío del Estado dominicano no es únicamente quién ocupa una posición, sino cuán preparado está para ejercerla con responsabilidad, visión institucional y respeto por las personas que sostienen la gestión pública.

Menos discrecionalidad y más profesionalismo no debilitan el poder: lo legitiman. Solo así es posible construir instituciones que trasciendan los ciclos políticos y fortalezcan la democracia.

El poder puede otorgarse, pero el liderazgo solo se construye cuando se profesionaliza.