Opinión

Miriam, síntoma de quebranto del estado de derecho

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Por Dr. Marino Vinicio Castillo R.


Nunca conversé con ella.  Las palabras que pudimos intercambiar sólo se pronunciaron en el estrado penal, que recuerde en dos procesos, uno de ellos en me ordenara abandonar la tribuna junto a otros abogados por habernos exaltado hasta el irrespeto a la solemnidad de la audiencia.  Ciertamente fue la única vez que me ocurrió en más de cinco décadas de ejercicio profesional y propiamente todos los abogados desalojados del estrado admitimos en forma respetuosa que la juez tenía razón al ordenar la drástica medida. Tal era la autoridad moral de la juez Miriam.  La valerosa y justa mujer, que supo reñir con el poder de entonces, cuando eran muy peligrosas las circunstancias.

El tiempo como siempre no se detuvo y se fueron aluvionando las informaciones de las hazañas de independencia de aquella juez que a fuerza de entereza y capacidad se forjara la reputación enorme de ser justa y valiente, un modelo a seguir, un ideal a alcanzar en medio del extenso y estéril paramo de nuestro sistema de justicia donde la probidad y los valores  han estado  virtualmente proscriptos o  moribundos.

Miriam, la juez impar, llegó a la cima  de la confianza  pública  desarrollando su intachable carrera  hasta  que llegó el asalto  de todas las intolerantes envidias  decididas a deshonrarla, aunque para ello se tuviera que recurrir a  las peores y más repugnantes maniobras, en términos tan agresivos  y persistentes que el poder, su rival de siempre, tuvo que desnudarse en el abuso  buscando atribuirle una conducta inaceptable en aparente cumplimiento al artículo  ciento ochentiuno de la Constitución de la República, el cual reza de la manera siguiente:

“Artículo 181:  Evaluación de desempeño.  Los jueces de la Suprema Corte de Justicia estarán sujetos a la evaluación de su desempeño al término de siete años a partir de su elección, por el Consejo Nacional de la Magistratura.  En los casos en que el Consejo Nacional de la Magistratura decidiere la pertinencia de separar un juez de su cargo, deberá sustentar su decisión en los motivos contenidos en la ley que rige la materia.”

Lo transcribo para poder medir las dimensiones de la maldad urdida en su contra, que se evidencia, aún más, cuando se leen las disposiciones de la ley adjetiva que dice lo siguiente:

“Ley de Carrera Judicial. Artículo 66.- Son faltas graves, que dan lugar a destitución, según lo juzgue la Suprema Corte de Justicia, las siguientes: 

1) Solicitar, aceptar o recibir, directamente o por intermedio de otras personas, comisiones en dinero o en especie; o solicitar, aceptar o recibir, directamente o por interpuesta persona, gratificaciones, dádivas, obsequios o recompensas, como pago por la prestación de los servicios inherentes al cargo que se desempeña. A los efectos de esta falta, se presumen como gratificaciones, dádivas, comisiones, obsequios, recompensas y beneficios ilícitos similares, de contenido económico, sancionables disciplinariamente conforme a la presente ley, las sumas de dinero o bienes en especie que, por tales conceptos, reciban los parientes del funcionario, hasta el tercer grado de consanguinidad y segundo grado de afinidad, inclusive, si se obtienen pruebas, evidencias o testimonios ciertos e inequívocos de los hechos o actuaciones objeto de sanción; 

2) Dejar de cumplir los deberes, ejercer indebidamente los derechos o no respetar las prohibiciones e incompatibilidades constitucionales o legales, cuando el hecho o la omisión tengan grave consecuencia de daños o perjuicio para los ciudadanos o el Estado;

3) Tener participación, por sí o por interpuestas personas, en firmas o sociedades que tengan relaciones económicas, cuando estas relaciones estén vinculadas directamente con algún asunto cuyo conocimiento está a cargo de dicho juez; 

4) Obtener préstamos y contraer obligaciones con personas naturales o jurídicas estando el juez apoderado del conocimiento de un asunto relacionado con esas personas; 

5) Realizar o permitir actos de fraude en relación con el reconocimiento y pago de sueldo, indemnizaciones, auxilios, incentivos, bonificaciones o prestaciones sociales;

 6) Cobrar viáticos, sueldos, o bonificaciones por servicio no realizado o no sujeto a pago, por un lapso mayor al realmente empleado en la realización del servicio; 

7) Incurrir en vías de hecho, injuria, difamación, insubordinación o conducta inmoral en el trabajo, o en algún acto lesivo al buen nombre a los intereses del Poder Judicial; 

8) Ser condenado penalmente, por delito o crimen a una pena privativa de libertad; 

9) Aceptar de un gobierno extranjero cargo, función, honor o distinción de cualquier índole sin previo permiso del Gobierno Nacional; 

10) Realizar actividades incompatibles con el decoro, la moral social, el desempeño en el cargo y el respeto y lealtad debidos a la administración de justicia y a la colectividad; 

11) Dejar de asistir al trabajo durante tres (3) días consecutivos, injustificadamente, incurriendo así en el abandono del cargo; 

12) Reincidir en faltas que hayan sido causa de suspensión de hasta treinta (30) días; 

13) Presentarse al trabajo en estado de embriaguez o bajo el influjo de sustancias narcóticas o estupefacientes; 

14) Cometer cualesquiera otras faltas similares a las anteriores por su naturaleza y gravedad, a juicio de la autoridad sancionadora. 

PARRAFO. La persona destituida por haber cometido cualesquiera de las faltas señaladas en este artículo o por otra causa igualmente grave o deshonrosa, a juicio de la Suprema Corte de Justicia, quedará inhabilitada para prestar servicios al Estado durante los cinco (5) años siguientes, contados desde la fecha de habérsele notificado la destitución.”

En pocas palabras, el hecho es que no se podía prescindir y malograr a la Juez justa sin  fabricarle un odioso expediente digno de figurar en los anales del poder entre nosotros, incluyendo los tiempos más espantosos de tiranía, si se atiende a todas las trampas  creadas, destinadas  al escarnio mediático como una manera de sustentar una falsa evaluación del desempeño, que no se declaraba como tal. 

En realidad, lo que la Constitución establece en el artículo transcrito es que los jueces de esa jurisdicción suprema gozarán durante siete años de inamovilidad y que, sólo vencido ese plazo, después de evaluar el desempeño, si éste resultara negativo o comprometedor, habría la necesidad de motivar la destitución y el relevo del juez conforme a la ley de la materia.

Tal cosa no se hizo.  Se le acusó sin prevenirla de cargos oscuros y vejaminosos para derrumbarla.  Y ese sucio esfuerzo no progresó al chocar con la dignidad invicta de la Juez real.

Ella fue más bien imputada, no evaluada, y vino a ocurrir que ese atrevimiento felón fue lo que utilizó el Consejo Nacional de la Magistratura para hacerse eco en una vergonzante confesión de unos trinos exigentes de la sociedad civil que pedían la renovación de los Jueces de la Suprema Corte de Justicia.

Todo un despropósito descomunal, pues seis Jueces más, que no habían sido evaluados tampoco, sino simplemente entrevistados, se sustituyeron en medio de la vorágine escandalosa generada por la trama contra la Juez Miriam.  Aquello fue un espectáculo insólito en la propia Casa de Gobierno y en los niveles más altos de los poderes públicos de la República.

Así las cosas, la hoja de vida y sus grandes méritos parecían resultar inútiles y se lanzaron a la hoguera del escarnio con el propósito sombrío de que también se pudiera extender el abuso, de tal modo, que  otros Jueces resultaran despedidos sin evaluar sus desempeños, como si se considerara posible prescindir de ellos por el contagio creado por el escándalo de las falsedades invocadas que le permitían al poder concluir simplemente que se estaba en presencia de las peticiones de las siglas de sociedad civil, que venían a ser suficientes para desconocer y violar la Constitución al destruir su inamovilidad, tan claramente pautada.

La trama en realidad fue muy arriesgada y llegó muy lejos, pues puso de lado algo que se ha venido sospechando en las bregas de la defensa de la soberanía nacional, dentro de las cuales yo he creído ver la existencia de un pacto implícito, vale decir no acordado previamente, entre las expresiones más altas del capital nuestro, junto con las del Estado colapsado vecino y las mafias del mundo, cuyos designios de establecer un Estado Binacional en la isla terminarían por coincidir plenamente en su objetivo común.

Eso es lo que hoy me lleva a pensar que el Narco puede que esté festejando esa limpieza de ese Territorio Apache de una Suprema Corte que fuera tan estable en la concesión de extradiciones; donde, además, aparecieron severas muestras de integridad de jueces en capacidad de hacerle advertencia al ministerio público acerca de la necesidad de fortalecer aquellas pruebas débiles sobre procesos tan importantes como el mutilado  que se conoce  bajo el devastador nombre de Odebrecht, que dicho sea de paso, está entrando en la sensitiva fase de decidir si se envía, o no, a conocimiento de fondo, en medio de la extraña renuncia del Ministerio Público a lo que le  fuera acordado por  el juez en relación a hacer la indispensable diligencia de hacer controvertidas las pruebas transportadas desde Brasil.

La trama, previsiblemente originada en aquella experiencia procesal tan traumática, pareció dedicada a castigar el atrevimiento de la juez que pusiera de relieve tales falencias sin reparar que con ello podría afectar planes de ensoñación del titular máximo del Ministerio Público, que cuando presentara por televisión la magnitud y la calidad de las imputaciones llegó a lucir como un sujeto presidenciable.  La Juez Miriam, según parece, al advertir sobre las miserias de las pruebas presentadas durante la coerción, algo saludable y honesto, no se dio cuenta de que podía estar descalabrando un proyecto político de alcances de vértigo.

La trama, además, traía componentes capaces de intimidar de algún modo al juez que conoce del caso, quien quedaría advertido por el castigo impuesto a la juez icónica, la víctima del escarnio, al grado de que los mismos jueces que resultaran promovidos pudieran tomar conciencia de sus límites, pues se hacía una prueba desde el poder de hasta dónde sería capaz de llegar con su ébola del espionaje telefónico siniestramente disfrazado.  Vale decir todo ésto, que tomó cuerpo la posibilidad de que los jueces que habrán de conocer de Odebrecht, todos como Pleno, consideren seriamente los riesgos de hacerlo con independencia.  Pienso que quizás fueron esos los propósitos profundamente persecutorios en capacidad de agredir y hacer víctimas a los jueces desalojados por obra de la petición de la llamada sociedad civil que irrumpiera con clara determinación complicitaria a favorecer los engaños, aunque expusieran al deslucimiento los méritos reales que tienen los jueces designados en medio de la tormenta, de los cuales tengo noticias escasas, pero satisfactorias, con la ventaja de que apenas conozco a no más de dos, pero muy a distancia, sin trato personal, tal como me ocurriera con la Juez justa, no degradable por las maquinaciones que ya son parte de la abominación pública.

Ahora bien, sería inicuo despedir a la jueza notable sólo con la hermosa expresión del poeta Deligne a su otro hermano poeta, al inhumarle:  “Vete a descansar, has cavado hondo”.   Es preferible agregarle otras frases de reconocimiento y decirle algo más, lo que me voy a permitir hacer en estos términos:  “Vete a descansar, has cavado hondo ciertamente, pues tu sociedad se quedará contigo en su conciencia para reprender  la maldad cuantas veces se proponga inútilmente asesinar los méritos; fuiste un lampo de nieve en el pantano y tu integridad será el índice perpetuo para señalar ignominias; siéntete tranquila que el pueblo agradecido es tu  mejor testigo y tu descargo moral  servirá como eterna execración de las abominables maquinaciones; no olvides que las serpientes nada saben de las estrellas; anímate, Juez justa y valerosa,  y, como el Señor  agonizante en la cruz,  exclama: “Padre, perdónales que no saben lo que hacen”.  En verdad, estás autorizada a hacerlo, pues fuiste eso tan escaso en el medio nuestro, Juez justa y valerosa.  Ahora bien, que no te envenene rencor alguno y que sepas parar en seco toda idea de desquite ante los atrevimientos de las ofensas; permanece quieta  junto a tu equidad  probada en tus valiosas sentencias; sigue siendo ejemplo, ahora que te acompaña la fe de tu pueblo, que te rinde el tributo de su reconocimiento; déjalos diluir en el olvido público, que no ofende quien quiere, sino quien puede  y tú seguirás siendo Juez sin dictar sentencia.

Como todo ésto se ha convertido en un síntoma de quebranto del estado de derecho me atrevo a insistir en el elogio, pues éste es provechoso y sólo resulta estéril e impertinente como burla cuando no es merecido, que no es el caso.  Por ello agrego, además:  No dejes que se desvanezca tu equidad en ocasión del ataque, pues la verdadera razón de todo este penoso entuerto se originó en la severidad e importancia de tus advertencias y el tiempo se encargará de brindar la prueba de la valía de tu gesto para habilitar las pruebas del proceso sensacional que aún mantiene la peligrosa posibilidad de estremecernos hasta los mayores asombros.

Quieta Magistrada, hoy soy yo quien se abraza a la quimera de hacer desaparecer sus sufrimientos y la invito al silencio.  Cuando nos regañó hace tanto tiempo y nos imponía abandonar la tribuna por oratoria estridente, no crea que dejamos de pensar en que temió que de las palabras fuéramos a los hechos siempre trágicos de la tribuna penal y sus sangrientos desencuentros.

Yo hoy aconsejo su silencio como el más hermoso pedestal para sus insepultables méritos.  Que al callar sean ellos los beneficiarios de su perdón que les expondría permanentemente a su condición de vencidos ante el valladar de su coraje que ha venido a servir como prueba potente, no sin misterio, de cosas muy graves que apenas se advertían hasta que el abuso se hizo su verdugo y pretendió, desde un patíbulo aleve, destruir su ejemplo.  Todo esto, Magistrada, corresponde a un contexto mayor de tribulaciones constitucionales que van apareciendo como bocanadas de volcanes sociales insospechados.

Magistrada, con su venia, la he desobedecido y he vuelto a la tribuna a defenderla cuando ya son innecesarias mis palabras ante el monumento de su inalcanzable ejemplo.  No sé si la hastío con mi persistencia, pero no quiero callar lo que pienso acerca de esta coincidencia entre la miseria moral de los fallos judiciales  prevalecientes y el limpio arsenal de los suyos, que se han pretendido echar a la pira de un detestable desprecio.

Y no dejo de ver la mano de Dios en los ataques a su fortaleza; como si Él quisiera dar ese aldabonazo a la conciencia acobardada de tantos que ignoran cómo pesará el contraste.  Sin proponérselo, su atropello hará las veces de una tomografía axial de nuestras flaquezas.  Y ahora será la amarga realidad nuestra la encargada de hacer justicia y usted estará gloriosamente absuelta. Él aprobó su sufrimiento, Magistrada, porque sólo así se haría la prueba de los peligros que apenas se advierten.  El bronco desatino de la fuerza toca a la puerta.  Usted es la mejor alerta.  Lo digo con tristeza desde esta tribuna imaginaria que bien puede servir de fanal para los oscuros caminos que se nos han propuesto.  

Hemos venido mal, Magistrada, y temo lo peor, ahora cuando me siento en la sublime edad de los renunciamientos.  Usted ha sido de ello prueba suprema. 

Nada más, Honorable Magistrada.  Dios es muy justo y de Él será la final sentencia.  Aguarde paciente sus contenidos, que es el Juez Supremo quien atribuirá las responsabilidades y entonces, sólo entonces, se sabrán de las razones del pueblo para conservarla en su memoria como su Juez en la tierra, justa y valiente.

En fin, y con ésto termino, Miriam Concepción Germán Brito vete a descansar que bien lo mereces y espera, sólo espera, pues los sufrimientos que te fueran impuestos son heraldos ya de la suerte nuestra.