Este martes 5 de mayo de 2026, Mario José Redondo Llenas recupera su libertad tras cumplir 30 años de prisión por el asesinato de su primo, el niño José Rafael Llenas Aybar, uno de los crímenes más recordados de la historia reciente dominicana.
El caso estremeció al país en mayo de 1996. José Rafael, de apenas 12 años, fue engañado por alguien de su propio círculo familiar. Su cuerpo apareció en Pedro Brand, con múltiples heridas, en un hecho que rompió para siempre la ilusión de una sociedad que todavía quería verse a sí misma como cercana, confiada y ajena a ciertos niveles de horror.
Pero tres décadas después, la pregunta no es solo qué hizo Mario Redondo Llenas. La justicia humana ya respondió: fue condenado, cumplió su pena y hoy sale de prisión. La pregunta más incómoda es otra: ¿qué hizo el país con esa herida?
Porque durante 30 años, República Dominicana no olvidó el nombre de José Rafael Llenas Aybar. No olvidó el rostro del niño. No olvidó la traición familiar. No olvidó la crudeza del crimen. No olvidó a Mario Redondo Llenas tras las rejas.
Y, sin embargo, tampoco parece haber aprendido lo suficiente.
Aquel homicidio pareció abrir una puerta oscura en la conciencia nacional. Nos mostró que el mal no siempre llega desde fuera, que puede sentarse en la mesa familiar, compartir apellido, pertenecer a “buena familia” y moverse entre privilegios. Nos obligó a mirar una podredumbre que tal vez ya existía, pero que muchos preferían no nombrar.
Treinta años después, el horror dejó de ser excepción. Hoy no pasa un mes sin que el país conozca un crimen brutal, una desaparición, una mujer asesinada, un niño violentado, un cuerpo encontrado, una comunidad grabando en vez de intervenir. Lo que antes parecía inconcebible hoy compite por espacio en la agenda pública.
Mario Redondo Llenas cumplió la pena de los hombres. Ahora queda la tarea más difícil: que una sociedad aprenda a perdonar sin olvidar, a cerrar ciclos sin borrar memoria, y a preguntarse con honestidad si los monstruos nacen solos o si también los construyen familias rotas, instituciones débiles, silencios cómplices y una cultura que normaliza la violencia hasta que ya nada nos sorprende.
El caso Llenas Aybar no debe volver a la conversación pública solo por la libertad de su asesino. Debe volver porque sigue siendo un espejo.
Y el espejo sigue diciendo algo terrible: recordamos el crimen, pero no transformamos el país que lo hizo posible.



