Por Abril Peña
El 18 de mayo se celebra el Día Internacional de los Museos. Es una fecha para pensar en el patrimonio, en la memoria, y en quienes han hecho posible que aún podamos recorrer con los ojos lo que otros vivieron con el cuerpo. En esa historia, muchas veces masculina, emerge con fuerza el nombre de una pionera silenciosa: María Cristina Rueda Arzeno, la primera mujer arqueóloga dominicana, de quien dicho sea de paso no fue posible encontrar una imagen, como ha pasado a través de la historia con mujeres científicas y sus logros, posiblemente si me hubiese trasladado al museo tal vez y solo tal vez, consiguiésemos una imagen, pero lo que no está en redes, es como si no existiera.
Formada en Estados Unidos y luego en México, Rueda volvió al país en los años 70 con una misión clara: darle rigor científico al estudio de nuestros pueblos originarios. En una época en que la arqueología era terreno de hombres extranjeros, ella no solo se formó: se quedó a excavar nuestra identidad.
Trabajó por décadas en el Museo del Hombre Dominicano, donde dirigió investigaciones, organizó colecciones y formó a futuras generaciones de arqueólogos. Sus estudios sobre las culturas taínas y pre-taínas no solo nutrieron la academia, sino que le dieron dignidad a los objetos y a las vidas que habían sido reducidas al folklore.
Fue además la responsable de crear una metodología rigurosa en los procesos de conservación y registro, muchas veces enfrentando abandono institucional y falta de recursos.
Recordarla hoy no es solo un acto de gratitud: es también una llamada de atención. En un país que entierra sus museos bajo el polvo del olvido presupuestario, donde se desmontan exposiciones por falta de clima o voluntad, el trabajo de mujeres como María Cristina Rueda debería ser motivo de ley, no de nostalgia.
Porque los museos no son depósitos de cosas viejas. Son cápsulas de futuro. Y esta mujer, que dedicó su vida a excavar el pasado, también nos dejó herramientas para proteger lo que aún no hemos perdido.



