Opinión

47 años después, la Dama de Hierro sigue sin dejarnos indiferentes

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Por Abril Peña

El 4 de mayo de 1979, Margaret Thatcher hizo historia al convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de primer ministro del Reino Unido.  No fue un simple cambio de gobierno, fue una ruptura simultánea en dos frentes que rara vez se rompen al mismo tiempo: el del género, porque ninguna mujer había llegado tan alto en una potencia occidental moderna, y el ideológico, porque lo que Thatcher traía bajo el brazo no era una versión suavizada del consenso político de posguerra sino su demolición sistemática.

Cuarenta y siete años después, su figura sigue sin dejarnos indiferentes, y eso ya es en sí mismo un indicador de que algo hizo bien o algo hizo muy mal, dependiendo de quién responda la pregunta, y probablemente de las dos cosas al mismo tiempo.

El Reino Unido que la recibió en Downing Street no era un país en sus mejores días. La inflación devoraba los salarios, el desempleo crecía, los sindicatos habían paralizado sectores enteros de la economía durante el llamado Invierno del Descontento de 1978 y 1979, y había una sensación generalizada de declive que los propios laboristas no habían sabido revertir. En ese escenario Thatcher no llegó a proponer ajustes, llegó a proponer un giro completo, libre mercado, reducción del Estado, privatización de empresas públicas, disciplina fiscal y enfrentamiento directo con el poder sindical, y lo dijo sin ambages, sin el lenguaje suavizado que la política tradicional acostumbraba, con una convicción que sus seguidores llamaban liderazgo y sus críticos llamaban rigidez.

Hay algo que merece subrayarse porque con frecuencia se omite en las narrativas más simples sobre su figura: Thatcher nunca construyó su discurso desde el feminismo, nunca reclamó su lugar en la historia como victoria de las mujeres ni usó su género como argumento político, su mensaje era otro, más incómodo para ciertos sectores progresistas, y era este: no necesitó cuotas para llegar, llegó por mérito y por convicción, en un partido dominado por hombres, en una época en que eso era mucho más difícil de lo que cualquier titular puede capturar. Eso no la convierte automáticamente en un modelo para el feminismo contemporáneo, pero sí convierte su trayectoria en algo más complejo que un símbolo o un chivo expiatorio, dependiendo del cristal con que se mire.

Sus logros son reales y hay que nombrarlos con la misma honestidad con la que se nombran sus sombras. Controló la inflación que estaba destruyendo la economía británica, reposicionó internacionalmente a un Reino Unido que se percibía en decadencia, ganó tres elecciones consecutivas, un récord sin paralelo en el siglo XX, sobrevivió un atentado del IRA en Brighton en 1984, venció la huelga minera que muchos creían que la derribaría, y su manejo de la guerra de las Malvinas en 1982 le devolvió al país una confianza en sí mismo que llevaba años perdida. Fue la líder británica más influyente desde Winston Churchill, y aceleró la evolución de la economía del estatismo al liberalismo de una manera que transformó no solo al Reino Unido sino que contagió como efecto dominó a toda Europa Occidental. 

Pero sus sombras son igualmente reales y también merecen nombrarse sin eufemismos. La desindustrialización que acompañó sus políticas dejó comunidades obreras devastadas que tardaron décadas en recuperarse, algunas todavía no lo han hecho. La desigualdad creció de manera sostenida durante su mandato. La huelga minera de 1984 y 1985 fue una victoria política que tuvo el costo humano de una guerra, y el poll tax, el impuesto per cápita que introdujo en 1989, fue una medida tan impopular que terminó siendo la misma base conservadora la que la obligó a renunciar en 1990, porque en política hasta la convicción más firme tiene un límite cuando choca con la realidad de la calle.

Y aquí es donde la figura de Thatcher trasciende su tiempo y su país y se vuelve una pregunta que sigue siendo pertinente hoy, no solo en el Reino Unido sino en cualquier sociedad que tenga que elegir entre crecimiento económico y cohesión social, entre eficiencia de mercado y protección del más vulnerable, entre liderazgo fuerte y diálogo institucional. Porque Thatcher no fue una líder de término medio, fue profundamente ideológica, y los líderes profundamente ideológicos tienen la ventaja de la coherencia y la desventaja de la inflexibilidad, transforman pero también fracturan, y el debate sobre si la transformación vale la fractura no tiene una respuesta universal, depende de qué lado de esa fractura te tocó estar.

Lo que sí es claro, cuarenta y siete años después, es que los liderazgos que cambian el rumbo de un país casi siempre lo hacen generando tanto progreso como herida, y que la medida más honesta de un legado no es si dejó a todo el mundo contento, sino si las preguntas que planteó siguen siendo las preguntas correctas.

Las de Thatcher lo son. Hasta cuándo debe intervenir el Estado, si el crecimiento justifica los costos sociales, si el liderazgo fuerte une o polariza, si la autosuficiencia individual es una virtud o una manera elegante de abandonar al que no puede sostenerse solo, esas preguntas no han envejecido, y el hecho de que todavía generen debate es la mejor prueba de que la Dama de Hierro, amada u odiada, hizo exactamente lo que hacen los líderes que importan: obligó a tomar posición.

Eso, en política, no es poco.