Por Abril Peña
Hoy, 25 de abril, se conmemora el Día Mundial contra el Maltrato Infantil, una fecha que cada año nos invita a mirar de frente una realidad que muchos prefieren barrer bajo la alfombra: el sufrimiento cotidiano de millones de niños y niñas víctimas de violencia, negligencia y abandono. Y no se trata solo de golpes, sino de gritos, humillaciones, indiferencia. Del tipo de heridas que no siempre dejan moretones, pero marcan para toda la vida.
Una herida global
Según datos de UNICEF, cerca de 400 millones de niños menores de 5 años —es decir, 6 de cada 10— sufren regularmente maltrato psicológico o castigo corporal en sus hogares. De estos, aproximadamente 330 millones son sometidos a castigos físicos. Y si ampliamos la mirada, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 40,000 menores mueren al año por homicidio, aunque muchas muertes vinculadas al maltrato infantil nunca llegan a registrarse como tales.
El maltrato también incluye el abuso sexual. Una de cada cinco mujeres y uno de cada trece hombres han sufrido abuso sexual en la infancia, lo que revela que muchas veces, el hogar —que debería ser un refugio— se convierte en campo minado.
El rostro dominicano del maltrato
República Dominicana no escapa a esta crisis silenciosa. De hecho, la situación es alarmante. Según la Encuesta ENHOGAR-MICS 2019, el 64% de los niños de entre 1 y 14 años ha experimentado violencia física o psicológica en el hogar. En el grupo de 3 a 4 años, esta cifra se eleva al 70%.
Peor aún, el 29% de las víctimas de delitos sexuales reportados en el país son menores de edad. Y entre las adolescentes de 10 a 19 años, la tasa de violencia sexual pasó de 12 por cada 100 mil en 2020 a 20 en 2022. Mientras tanto, seguimos actuando como si proteger la infancia fuera apenas una consigna para días como hoy.
Castigo físico vs. maltrato infantil
Aunque a veces se usen como sinónimos, no son lo mismo. El castigo físico es el uso deliberado de la fuerza con el objetivo de corregir —las famosas “pelaíta”, los correazos, los empujones— mientras que el maltrato infantil engloba todo acto, omisión o trato cruel que afecte la salud física, emocional o psicológica del niño. Desde la negligencia hasta el abuso sexual.
Ambos son violencia. Pero no toda corrección es violencia, y ahí está el punto neurálgico del debate actual.
¿Hemos confundido límites con violencia?
Sin embargo, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿hemos confundido el fin del castigo físico con el abandono total de los límites? Aunque el castigo corporal no es una forma adecuada de disciplina, tampoco lo es una crianza sin normas, sin autoridad ni consecuencias. Muchos padres, por miedo a ser acusados de maltrato, han renunciado incluso a ejercer control saludable sobre sus hijos. Y en ese vacío, lo que ha crecido no es la libertad, sino la desorientación.

No es casual que, en la misma época en que se prohíbe toda forma de castigo físico, observemos un aumento de la deserción escolar, de la violencia juvenil y de la falta de compromiso cívico. No porque el castigo físico fuera una solución, sino porque la sociedad no ha sabido reemplazarlo por herramientas efectivas de crianza, acompañamiento y orientación.
Educar no es agredir, pero tampoco es abandonar. El desafío está en encontrar ese punto medio donde se respete la dignidad del niño, pero también se le enseñe a vivir con responsabilidad, empatía y límites claros.
Las secuelas invisibles
Los niños que crecen bajo maltrato —físico o emocional— tienden a desarrollar trastornos de ansiedad, depresión, problemas de autoestima, conductas agresivas y dificultades para establecer vínculos sanos. Además, hay evidencia científica de que la violencia infantil afecta el desarrollo cerebral, perjudica el aprendizaje y puede provocar consecuencias neurológicas de por vida.

¿Y la cultura?
En muchos hogares dominicanos, el castigo físico sigue siendo normalizado. Se repite la frase “a mí me criaron así y no salí delincuente” como si el hecho de haber sobrevivido justificara seguir reproduciendo una práctica dañina. Pero lo cierto es que hay generaciones enteras que no solo “salieron” golpeadas, sino emocionalmente fracturadas, y sin las herramientas para criar distinto.
Combatir el maltrato infantil no es solo una tarea legal, es una transformación cultural. Es cambiar la manera en que concebimos la autoridad, la obediencia y el amor.
¿Qué hacer?
Romper este ciclo exige un enfoque integral:
Educar a padres, madres y cuidadores en prácticas de crianza positivas. Aplicar y hacer cumplir las leyes de protección a la niñez. Aumentar la inversión en programas de prevención y apoyo psicológico. Crear campañas sostenidas, no esporádicas, que hablen claro y sin tabúes.
Cada vez que un niño es golpeado, humillado o ignorado, y nadie dice nada, la sociedad entera es cómplice. Hoy, más que conmemorar una fecha, toca asumir una responsabilidad. Porque el silencio, en estos casos, también golpea.



