Editorial

El gato de Sabana Perdida y el espejo que no queremos ver

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@abrilpenaabreu

Hay hechos que indignan, hay hechos que incomodan y hay hechos que obligan a mirarnos como sociedad aunque no queramos, porque lo que revelan no termina en los responsables directos sino que llega hasta nosotros, hasta la forma en que consumimos, compartimos y procesamos el horror desde el lado seguro de una pantalla.

Lo ocurrido en Sabana Perdida pertenece a esa última categoría, un grupo de jóvenes, dos adultos y tres menores de 16 años, rociaron a un gato con gasolina y le prendieron fuego en el sector El Majagual de Sabana Perdida, en Santo Domingo Norte, lo grabaron, lo compartieron y el video circuló con la misma facilidad con la que circula cualquier otra cosa en las redes dominicanas, hasta que la indignación colectiva se volvió tan ruidosa que el Estado no tuvo más remedio que reaccionar. El hecho había ocurrido a finales de 2025, no en 2026, y fue la presión de las redes sociales, no los mecanismos institucionales de denuncia, lo que activó la respuesta del Estado meses después.  Ese detalle solo, ese desfase entre el crimen y la judicialización, dice más sobre el estado de nuestra institucionalidad que cualquier discurso oficial sobre protección animal.

Pero ese no es el único espejo incómodo que este caso pone frente a nosotros, el acto en sí es brutalmente condenable, y hay que decirlo sin matices, quemar vivo a un animal no es una travesura ni un relajo de muchachos, es crueldad deliberada, es la desconexión más completa con el sufrimiento ajeno, y organizaciones civiles y expertos llevan años advirtiendo que quien es capaz de torturar así a un animal representa un peligro inminente para niños, ancianos y toda la sociedad, porque el maltrato animal suele advertir la presencia de conductas violentas de mayor gravedad.  Eso no es alarmismo, es criminología básica, y en un país donde los indicadores de violencia intrafamiliar se disparan y los filicidios se acumulan semana tras semana, ignorar esa advertencia sería una irresponsabilidad que no podemos permitirnos.

Pero el verdadero problema no termina en los cinco detenidos, empieza cuando ese video circula, empieza cuando miles de personas lo ven, lo comparten, reaccionan con indignación y lo convierten en tendencia, alimentando con cada reproducción el mismo algoritmo que recompensa lo impactante, lo extremo y lo perturbador porque en un entorno donde la atención es la moneda más valiosa, el horror bien grabado tiene audiencia garantizada. Las redes sociales no crean la crueldad, eso hay que decirlo con precisión, pero sí la exponen, la multiplican y en algunos casos la incentivan, y este caso no se quedó en República Dominicana, el Ministerio Público tuvo que coordinar con Interpol porque el video llegó a plataformas internacionales, y en ese proceso se descubrieron videos similares desde Argentina donde un menor se grababa matando gatos y los subía como si fuera un reto.  No era un caso aislado, era una práctica que se replicaba y se compartía como contenido.

Eso nos obliga a una pregunta que no es cómoda pero es necesaria: ¿qué responsabilidad tenemos los que compartimos estos videos, incluso desde la indignación? Porque cada reproducción, cada reacción, cada comentario, contribuye a la visibilidad de un contenido que nadie debería ver y que alguien grabó precisamente para que todo el mundo viera, y al hacerlo viral le damos exactamente lo que buscaba, atención, alcance, impacto, aunque sea el impacto del rechazo. Nos hemos acostumbrado a consumir violencia como si fuera contenido más, como si el dolor, mientras ocurra del otro lado de la pantalla, perdiera peso moral, y esa desensibilización no ocurre de un día para otro, se construye clic a clic, video a video, hasta que el umbral de lo que nos escandaliza se desplaza sin que nos demos cuenta y una sociedad cuyo umbral de escándalo se desplaza es una sociedad que está perdiendo algo que no se recupera fácilmente.

La Ley 248-12 sobre Protección Animal existe hace más de una década y es considerada un avance normativo en la región, pero su implementación ha dependido históricamente más de la viralización de casos que de una fiscalización proactiva.  Eso es lo que hay que cambiar, no solo en la protección animal sino en toda la cadena institucional de respuesta a la violencia, porque un Estado que solo actúa cuando las redes lo obligan no está gobernando, está gestionando la presión pública, y eso es una diferencia que a la larga tiene costos que la sociedad paga con creces.

Sancionar a los responsables directos es necesario y hay que exigirlo, el Ministerio Público solicitó prisión preventiva para los dos adultos y envío a un centro de rehabilitación para los tres menores, con la posibilidad de que la crueldad agravada eleve las penas contempladas en la ley.  Bien. Que se haga y que sirva de ejemplo. Pero si la conversación termina ahí, si el ruido de esta semana se disipa con la misma velocidad con la que surgió y en tres semanas estamos exactamente en el mismo lugar esperando el próximo video que nos indigné, habremos desperdiciado la única oportunidad que estos casos ofrecen, que es la de preguntarnos qué tipo de cultura digital, qué tipo de educación, qué tipo de mecanismos de detección temprana estamos construyendo o dejando de construir para que algo así no vuelva a necesitar volverse viral para que alguien haga algo.

Porque la pregunta no es solo quiénes fueron capaces de hacerlo, la pregunta es por qué tantos fueron capaces de verlo, compartirlo y seguir desplazándose al próximo contenido como si nada hubiera pasado.

Y esa pregunta nos la tenemos que hacer mirando hacia adentro, no hacia la pantalla.