Por Jorge Lendeborg
En un país donde la política suele ser dominada por intrigas, intereses personales y ambiciones desmedidas, el presidente Luis Abinader ha demostrado que el verdadero liderazgo no se mide por el tiempo en el poder, sino por el impacto que se deja en las instituciones y en el corazón de su pueblo. Con una humildad que lo distingue y un compromiso inquebrantable con la institucionalidad, Abinader ha marcado un antes y un después en la historia política de la República Dominicana y, quizás, de América Latina.
Luis Abinader se convierte en el primer presidente dominicano en no intentar cambiar la Constitución para perpetuarse en el poder, un gesto que no solo rompe con la tradición de muchos de sus predecesores, sino que también desafía la tentación que ha atrapado a líderes en toda la región. A diferencia de quienes han preferido extender su mandato, Abinader deja claro que el poder no es un fin, sino un medio para servir al pueblo.
Sin embargo, este hecho trascendental no ha sido valorado en toda su magnitud, tal vez debido a que el proyecto de modificación constitucional se manejó paralelamente con el proyecto de reforma fiscal, el cual acaparó críticas, rechazo y el foco de la opinión pública en medios tradicionales y redes sociales. Este contexto empañó la percepción de lo que fue un acto de institucionalidad sin precedentes, dejando a muchos sin apreciar plenamente la importancia del gesto de Abinader en el fortalecimiento de la democracia dominicana.
Si bien la historia de América Latina está llena de figuras que han luchado por consolidar democracias fuertes, pocos han renunciado voluntariamente al poder en nombre del fortalecimiento institucional.
Guardando las distancias históricas y culturales, el legado de Abinader evoca las memorias de figuras como Nelson Mandela, quien priorizó la reconciliación de su nación, y José Mujica, el expresidente paraguayo conocido por su humildad y desinterés personal.
Luis Abinader, al igual que ellos, entiende que la verdadera grandeza no radica en la permanencia en el cargo, sino en sembrar las bases para un país mejor. Es un legado que trasciende fronteras, un ejemplo que invita a otros líderes de la región a reflexionar sobre el poder como un acto de servicio y no como un privilegio.
En un país donde la lealtad a los presidentes puede ser efímera y las promesas políticas muchas veces vacías, el gesto de Abinader envía un mensaje poderoso: su gobierno no se trata de él, sino de los dominicanos. Su decisión de no perpetuarse en el poder es una muestra de que el liderazgo puede ejercerse sin recurrir a la manipulación, y que la transparencia y la institucionalidad son valores que no están en venta.
Al romper con el «librito» del doctor Balaguer, Luis Abinader nos enseña que un verdadero líder no necesita intriga ni control absoluto para mantener su relevancia. Al contrario, su legado quedará sembrado en la memoria de los dominicanos como el presidente que tuvo el valor de anteponer los intereses de su nación a los suyos.
Luis Abinader ha escrito un capítulo único en la historia de la República Dominicana, uno que no solo honra la confianza de su pueblo, sino que también siembra una semilla de esperanza para las futuras generaciones. Su compromiso con la transparencia y la institucionalidad deja un estándar elevado para los líderes que lo sucedan.
Su legado, marcado por la humildad y el desinterés personal, será recordado no solo en su país, sino en toda América Latina, como un ejemplo de que el verdadero poder no está en mantenerse, sino en saber cuándo dar paso para que las instituciones crezcan fuertes y perduren.
Luis Abinader, el presidente humilde, visionario y desinteresado, deja una huella imborrable que nos invita a soñar con un futuro donde el liderazgo sea sinónimo de servicio y no de ambición..



