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Los hijos del diablo: la clase media dominicana y el castigo de sobrevivir

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@abrilpenaabreu

Hay una frase popular que cada vez se escucha más entre profesionales, pequeños empresarios, empleados formales y familias que, en teoría, deberían representar el motor de estabilidad de cualquier país: “La clase media somos los hijos del diablo”.

Y aunque suene exagerada, vale la pena detenerse a entender por qué tanta gente empieza a sentirlo así. Porque en República Dominicana existe una sensación creciente de que la clase media vive atrapada en una especie de limbo: gana demasiado para recibir ayudas, pero demasiado poco para vivir con tranquilidad.

No recibe subsidios, no califica para bonos, no entra en programas de asistencia. Pero tampoco tiene el poder económico ni las facilidades de los grandes grupos con acceso a exenciones, planificación fiscal, influencia o capacidad de absorber aumentos sin que eso altere su calidad de vida.

Y entonces queda justo en el medio , pagando, siempre pagando.

Ahora surge el debate por nuevos impuestos a plataformas digitales y servicios que, hace años, podían parecer lujos, pero que para muchos hogares se han convertido en una de las pocas formas de entretenimiento accesible dentro de presupuestos cada vez más asfixiados.

Porque el problema no es Netflix, el problema es todo lo demás, el problema es que la clase media dominicana siente que vive pagando dos veces por casi todo.

Paga impuestos, pero además tiene que pagar seguro complementario y clínicas privadas si quiere atención médica rápida o especializada.

Paga impuestos, pero muchas familias hacen sacrificios enormes para inscribir a sus hijos en colegios privados porque no sienten confianza suficiente en la educación pública. Paga impuestos, pero compra botellones, instala cisternas, tinacos o filtros porque el acceso constante al agua o la confianza en su calidad sigue siendo una preocupación. Paga impuestos, pero compra inversores, baterías o plantas eléctricas para garantizar estabilidad energética. Paga impuestos, pero instala cámaras, alarmas, rejas electrificadas o seguridad privada porque la sensación de vulnerabilidad persiste.

Paga impuestos, pero necesita un vehículo propio porque, aunque el transporte público ha mejorado en algunas zonas, todavía no resuelve la realidad de gran parte de la movilidad laboral dominicana.

Y mientras todo eso ocurre, el costo de la vivienda se dispara, la comida sigue cara, el combustible aprieta, las tasas de interés ahogan y los salarios continúan rezagados frente al verdadero costo de vivir con dignidad.

Entonces muchos hacen lo que pueden: emprenden, pero ahí aparece otra pared. Formalizarse muchas veces significa enfrentarse a anticipos, ITBIS adelantado, retenciones, Seguridad Social, cargas laborales, penalidades por retrasos y una estructura tributaria que, para pequeños negocios o profesionales independientes, puede sentirse más como castigo que como incentivo.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿Qué incentivo real tiene hoy un dominicano para formalizarse y progresar, si siente que mientras más intenta salir adelante, más pesado se vuelve el sistema?

Y aquí conviene aclarar algo importante: esto no es un ataque a los programas sociales. Una sociedad responsable debe proteger a los más vulnerables.

El problema aparece cuando quienes trabajan, producen, emprenden y pagan terminan sintiendo que el sistema les exige cada vez más, mientras reciben cada vez menos tranquilidad a cambio. Porque la gran discusión no es si una plataforma digital debe pagar impuestos o no.

La verdadera discusión es otra: ¿Por qué vivir una vida mínimamente cómoda en República Dominicana empieza a sentirse como un privilegio y no como una meta alcanzable para la clase media? Un país no puede aspirar a crecer sostenidamente si su clase media siente agotamiento económico permanente.

Porque cuando la gente comienza a sentir que trabajar, formalizarse y esforzarse no mejora significativamente su calidad de vida, algo empieza a romperse.

Y ningún país debería ignorar demasiado tiempo a quienes, silenciosamente, sienten que siempre pagan… pero casi nunca cuentan.