Opinión

Los gobiernos y sus mañas

Por Ann Santiago


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Hay algo fascinante acerca del internet. La frase comúnmente repetida de que “el internet no olvida” es tan cierta como preocupante. Si no quieres que algo quede plasmado para la posteridad, lo más sencillo es abstenerte de hacerlo, porque vivimos en una época donde todo se graba y, ¡faaa!, se monta en una red social. Y ahí andamos: inmortales en la red, perpetuos en la memoria digital. Quizá con vergüenza, tal vez arrepentidos, pero inmortales.

Por eso me causa gracia el gobierno actual. Me da mucha risa porque resulta curioso ver cómo, con una naturalidad casi insultante, hacen exactamente aquello que tanto criticaron cuando estaban en la oposición. Pero como el internet no borra, mi amor bello, ahí están los videos, las entrevistas, los discursos y las promesas para recordárnoslo. A las pruebas nos remitimos.

Como persona que siempre ha intentado ser justa, reconozco que no siempre utilizamos las redes sociales de la mejor manera. A veces convertimos rumores en sentencias, destruimos reputaciones sin pruebas suficientes y amplificamos historias falsas a una escala inimaginable. Sin querer —y a veces queriendo— dañamos matrimonios, afectamos familias y condenamos personas en el tribunal de la opinión pública. No es que malinterpretemos una opinión; es que lo hacemos a una escala demasiado masiva. Ahí radica el problema: convertimos en realidad falsas ideas creadas para entretener.

Pero también hay muchísimas ocasiones en las que las redes se utilizan de la forma correcta. Hemos sido testigos de ello en los últimos años. Antes te robaban, te violaban o te pasaba cualquier cosa y tenía muy poca visibilidad, porque no existía una forma tan directa de llegar a las masas. Hoy sí.

Pero eso no es todo, corazón, porque al parecer esto del internet y el hecho de que ahora todo circule con tanta facilidad no le conviene a mucha gente. Así que tu gobierno se inventó una ley a la que llamaron Proyecto de Ley Orgánica de Libertad de Expresión y Medios Audiovisuales. “Ley Mordaza”, para nosotros.

Según el gobierno, esta ley busca regular la libertad de expresión en la prensa, la radio, la televisión, las redes sociales, etcétera. Según ellos, esto va a proteger el derecho a la información. ¿O a proteger a sus ladrones? Ay, espérate, que eso no iba… ¿o sí?

Porque, en realidad, esta ley nos amordaza. Le permite al gobierno tener más involucramiento en el trabajo de los periodistas. Y ojo, yo no hablo de la caterva de gente a la que, por moda, le hemos permitido agarrar un micrófono y hablar disparates. Me refiero al periodista que hace un trabajo íntegro, pero que tiene los cojones de decirle ladrón al que roba, corrupto al que se corrompe, delincuente al que delinque y narco al que vende droga. No al que le dice puta a la que vende su nalga, porque lo que un adulto haga de la cintura para abajo no es asunto de nadie. ¿Se entendió?

Se nos dice que esta ley no pretende limitar derechos, sino combatir la difamación y la desinformación. El problema surge —y quiero que le pares bola— cuando las fronteras entre una denuncia legítima y una supuesta difamación quedan sujetas a interpretaciones que pueden favorecer al poder de turno.

Porque si alguien señalado por múltiples investigaciones, denuncias o evidencias termina protegido por el aparato estatal, entonces quienes cuestionen o denuncien podrían convertirse, de la noche a la mañana, en los verdaderos perseguidos. Porque si usted está en boca de todo el mundo por ladrón, con pruebas que desaparecen o se pasan por alto gracias al apadrinamiento político, entonces todos seremos difamadores. Todos tendremos que callar o enfrentar consecuencias. Sea usted el jurado.

Mientras ellos crean su organismo regulador, el INACOM, tengo una pregunta: ¿quién vigilará a los vigilantes?

Y mientras llega agosto —porque después uno no sabe ni qué esperar— acepten algo: les quedó grande un país tan pequeñito. Les quedó demasiado grande el puesto. Ladrones, corruptos, traidores de su patria.

Porque la libertad de expresión nunca ha sido necesaria para proteger las opiniones cómodas. La libertad de expresión existe precisamente para proteger aquellas opiniones que incomodan al poder.

Y si tu gobierno necesita más control sobre lo que la gente dice que sobre lo que sus propios funcionarios hacen, entonces el problema nunca ha sido la libertad de expresión.

El problema siempre ha sido la verdad.