Los cambios en el gabinete anunciados por el presidente Luis Abinader no solo movieron sillas: removieron emociones, resentimientos y viejas heridas dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Desde entonces, el tema que más ruido ha hecho no es quién llegó, sino quién se fue… y, sobre todo, por qué.
La cancelación de dirigentes de base en distintas instituciones públicas ha puesto a hervir los grupos internos. No son casos aislados ni simples ajustes administrativos: para muchos militantes, se trata de un mensaje incómodo, casi ofensivo, para quienes hicieron campaña, defendieron el proyecto y hoy sienten que el poder se les aleja justo cuando deberían estar participando de él.
En medio del ruido, habló Hipólito Mejía. Y cuando Hipólito habla, el eco se siente. El expresidente fue claro: no está de acuerdo con que un “nuevo jefe” llegue a una institución con la mentalidad de barrer a todo el que encuentre y reemplazarlo por sus “amiguitos”. Más claro, imposible. “El presidente no debe permitir eso”, dijo, marcando una línea que no es solo administrativa, sino ética y política.
Lo interesante es que Hipólito no lo plantea como un tema partidario. No se trata, según él, de si son del PRM o de otro partido. Se trata de algo más delicado: el abuso del poder, el nepotismo disfrazado de reestructuración, la vieja práctica de convertir las instituciones en fincas privadas. Porque una cosa es colocar cuadros de tu partido, y otra muy distinta es abrirle la puerta a los “amiguitos” sin méritos, sin trayectoria y sin compromiso con la gestión pública.
Y ahí está la pimienta del asunto: el Gobierno que prometió institucionalidad, transparencia y ruptura con las malas prácticas del pasado, corre el riesgo de parecerse demasiado a aquello que juró combatir. Cuando se cancelan técnicos, empleados y militantes para acomodar lealtades personales, la narrativa del cambio empieza a resquebrajarse.
El malestar en la base del PRM no es menor. Muchos sienten que mientras algunos grupos se consolidan en los despachos, otros son empujados hacia la puerta sin explicación ni reconocimiento. Y en política, la factura emocional se paga cara: hoy es inconformidad silenciosa; mañana puede ser apatía, desmovilización o fuego interno.
El presidente tiene ante sí una prueba de coherencia. Si permite que las instituciones se conviertan en botín de “amiguitos”, pierde autoridad moral. Si, por el contrario, impone reglas claras, protege a quienes trabajan con eficiencia y corta los excesos, no solo fortalece la gestión: envía un mensaje de que el poder no es para repartir favores, sino para gobernar.
Porque una cosa es relajar con los cambios… y otra muy distinta es jugar con la dignidad de la gente que sostuvo el proyecto.
Y ahí, como dijo Hipólito sin rodeos, no se puede relajar así.



