Opinión

Lo que nos dejo el 2025

Luis matias economista


Compartir

Por décadas, la economía de la República Dominicana fue presentada con razón como uno de los casos más consistentes de crecimiento en América Latina. Con expansiones promedio cercanas al 5% anual, estabilidad macroeconómica y una notable capacidad para atraer inversión extranjera, el país consolidó una reputación de resiliencia incluso en entornos internacionales complejos. Sin embargo, 2025 marcó un quiebre, el Producto Interno Bruto (PIB) real creció apenas 2.1%, el registro más bajo desde la crisis bancaria de 2003 y la pandemia de 2020.

No se trató de un colapso externo repentino ni de una crisis financiera aguda. Fue, más bien, el resultado de una acumulación de decisiones internas, retrasos de política y fallas de ejecución que terminaron debilitando el principal sostén del crecimiento de la demanda  interna.

El contraste con 2024 es revelador. Ese año la economía creció 5.0%, liderando la región; en enero de 2025, el Ministerio de Economía proyectaba una expansión de 4.75%, esa cifra fue revisada a la baja en seis ocasiones hasta converger en torno al 2.1%; no fue solo un error de cálculo estadístico; fue una señal de que las autoridades subestimaron la magnitud del enfriamiento en la inversión y el crédito.

Organismos como el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y el Banco Mundial también ajustaron sus proyecciones repetidamente, y sabemos que cuando todos corrigen, el problema no es el modelo, sino el diagnóstico.

Mientras países como Panamá (3.5%), Costa Rica (3.0%) y Guatemala (3.2%) crecían por encima del 3%, República Dominicana descendía al 2.1%, el entorno internacional fue el mismo; la diferencia estuvo en la política interna.

El factor más determinante fue la drástica caída de la inversión pública, históricamente, el gasto de capital del gobierno central ha operado como multiplicador del crecimiento: activa la construcción, estimula la demanda de insumos, genera empleo y envía señales de confianza  todos los demás agentes económico, especialmente al sector privado.

En 2025, la inversión pública se mantuvo por debajo del 3% del PIB, nivel bajo para una economía en desarrollo con brechas de infraestructura significativas, pero más grave aún fue su ejecución errática, proyectos anunciados sufrieron retrasos administrativos y financieros, paralizando sectores dependientes de obras públicas.

El análisis del Banco Central de la República Dominicana sugiere que entre el 75% y el 80% de la desaceleración se explica por la caída del aporte de la demanda interna, particularmente la inversión; es decir, el problema fue fundamentalmente doméstico.

Cuando el Estado reduce su ritmo de inversión en economías donde el sector privado aún depende de señales públicas claras, la contracción no tarda en replicarse en la construcción un sector intensivo en empleo, prácticamente se estancó, proyectos residenciales fueron cancelados o pospuestos, afectando todos sus agregados .

En cuanto a política monetaria la inflación se mantuvo bajo control durante más de 20 meses consecutivos, dentro del rango meta del Banco Central (4% ± 1%). Sin embargo, la tasa de política monetaria se mantuvo en niveles restrictivos durante la mayor parte del año y las tasas activas bancarias cerraron en 13.26%.evidenciando que el problema no fue únicamente la tasa de referencia, sino la escasa transmisión hacia el crédito productivo, a pesar e en junio se liberaron RD$81 mil millones mediante reducción del encaje legal, más del 70% del nuevo crédito se concentró en comercio, sector de bajo valor agregado y limitado efecto multiplicador.

El consumo privado que representa cerca del 60% del PIB se debilitó  y el crédito en moneda nacional creció apenas 8.5%, lejos de los ritmos superiores al 20% observados en años previos, en la práctica, el costo del dinero siguió siendo un freno relevante para hogares y empresas.

Pero en medio de ese contexto interno, sector como el turismo se consolidó como el gran sostén de la economía. Con más de 11.2 millones de visitantes, actividades de  hoteles, bares y restaurantes crecieron 9.6% y generaron más de USD 9,000 millones en divisas, la inversión hotelera no se detuvo y el país mantuvo su liderazgo caribeño.

Las zonas francas también registraron un hito histórico al superar los 200,000 empleos directos y concentrar el 61% de las exportaciones beneficiadas por el acuerdo CAFTA-DR y la relocalización de cadenas productivas desde Asia, aportaron dinamismo exportador. No obstante, su crecimiento aunque positivo fue insuficiente para compensar la debilidad de sectores como construcción y manufactura local, que tienen mayor encadenamiento interno.

El frente externo fue uno de los pocos puntos luminosos, las remesas alcanzaron USD 10,756 millones; la inversión extranjera directa llegó a USD 4,900 millones; y las exportaciones crecieron 10%; las reservas internacionales superaron los USD 14,600 millones, equivalentes a 5.4 meses de importaciones. Este colchón permitió una depreciación cambiaria moderada (3.13%) y evitó presiones inflacionarias adicionales; sin embargo, depender excesivamente de remesas y turismo como estabilizadores puede ocultar fragilidades estructurales en la base productiva.

En cuanto a la política  fiscal estuvo condicionada por el creciente servicio de la deuda, que absorbió más del 25% de los ingresos fiscales y superó el 4% del PIB con una  composición altamente dolarizada y con vencimientos relativamente cortos genera vulnerabilidades.

La retirada de la propuesta de reforma fiscal en octubre reflejó la tensión entre consolidación y crecimiento, ajustar impuestos en medio de una desaceleración habría profundizado la contracción; pero postergar indefinidamente el debate fiscal reduce el espacio para invertir en infraestructura y capital humano.

La desaceleración de la economía no deja a nadie  fuera de su impacto, el mercado laboral mostró una resistencia moderada, se crearon cerca de 120,000 empleos y la tasa de desempleo se mantuvo alrededor del 5%., mienta el salario promedio creció 7% interanual, por encima de la inflación, sin embargo, la calidad sectorial del empleo es impórtate, ya que la generación se concentró en servicios y comercio, mientras sectores de mayor productividad permanecieron estancados  planteando interrogantes sobre el potencial de crecimiento a mediano plazo.

Para este año que recién inicia, nos deja una  principal lección de 2025 es que el crecimiento no es inercial, incluso economías con fundamentos sólidos pueden desacelerarse si la coordinación de sus  políticas falla, por consiguiente entendemos que la reactivación exige tres pilares:

Reimpulsar la inversión pública, con ejecución eficiente y proyectos de alto impacto.

Mejorar la transmisión monetaria, garantizando que el crédito fluya hacia sectores productivos.

Diseñar una reforma fiscal gradual, que fortalezca ingresos sin sofocar la recuperación.

Las proyecciones para 2026 oscilan entre 3.6% y 4.5%, alcanzarlas dependerá menos del contexto externo y más de la capacidad interna de corregir los errores recientes.

El año 2025 debe entenderse como una advertencia, no como una anomalía estadística. La República Dominicana mantiene fortalezas evidentes: estabilidad macroeconómica, reservas robustas, liderazgo turístico y atractivo para la inversión, pero el dinamismo sostenible requiere algo más que fundamentos: exige ejecución, coordinación y visión estratégica