Opinión

Lo que antes se callaba, hoy simplemente se expone más

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Por Rosa Iris Luciano

Hay días en los que me siento a pensar en todo lo que está pasando en nuestro país y me hago una pregunta incómoda: ¿de verdad la sociedad se dañó ahora o simplemente hoy tenemos más exposición de cosas que siempre ocurrieron?

Porque mientras más recuerdos vienen a mi cabeza, más entiendo que muchas de las situaciones que hoy nos escandalizan llevan décadas ocurriendo frente a nuestros ojos, solo que antes nadie hablaba, nadie denunciaba y casi todo se escondía detrás del miedo, la vergüenza y la costumbre.

Crecimos escuchando historias que hoy serían consideradas alarmantes, pero que en aquel momento se manejaban como simples “cosas de la vida”. Recuerdo a una vecina contar cómo siendo apenas una niña fue víctima de conductas inapropiadas por parte de un familiar cercano. Años más tarde, trabajando todavía menor de edad en una casa de familia, volvió a vivir una situación similar con alguien que debía protegerla. Lo más doloroso no era solamente el hecho, sino el silencio que lo rodeaba. Nadie hacía preguntas. Nadie intervenía. Era como si el sufrimiento de ciertas personas simplemente no importara.

También recuerdo verla soportar durante años violencia física y verbal de quien fue su esposo toda la vida. Y alrededor de ella siempre aparecía la misma frase disfrazada de normalidad: “Eso es problema de pareja”. Como sociedad aprendimos a convivir con el dolor ajeno mientras no ocurriera dentro de nuestra propia casa.

Y así podría pasarme horas recordando historias que escuché o viví de cerca. Familiares maltratados por personas que debían cuidarlos. Mujeres justificando las humillaciones que reciben porque crecieron creyendo que el amor también dolía. Hombres admirados públicamente por ser “serios” o “correctos”, mientras escondían conductas completamente distintas en privado.

Pienso en nuestras abuelas, muchas convertidas en madres cuando todavía eran prácticamente niñas. Mujeres que crecieron creyendo que debían soportarlo todo: los golpes, las infidelidades, el abandono y hasta el desprecio. Les enseñaron que callar era parte de ser fuerte.

Pienso en figuras de autoridad temidas en los barrios por sus abusos, pero defendidas porque “mantenían el orden”. En vecinos violentos cuya agresividad era conocida por todos hasta que un día ocurría una tragedia. En personas aparentemente ejemplares que llevaban dobles vidas completamente alejadas de la imagen que proyectaban.

Y entonces entiendo que quizás no estamos viviendo una decadencia nueva. Tal vez estamos viendo las consecuencias de generaciones enteras creciendo entre silencios, traumas y violencias normalizadas.

La diferencia es que ahora existen cámaras, redes sociales y más personas dispuestas a contar lo que antes se escondía. Hoy las víctimas hablan un poco más. Hoy algunas mujeres ya no callan. Hoy muchos jóvenes se atreven a denunciar lo que durante años se enterró dentro de las familias.

Pero aunque ahora haya más exposición, seguimos teniendo el mismo problema de fondo: todavía hay demasiadas personas justificando lo injustificable. Seguimos minimizando el sufrimiento ajeno dependiendo de quién venga. Seguimos criando niños en hogares donde el maltrato emocional se ve como disciplina y donde pedir ayuda muchas veces se interpreta como debilidad.

Nos sorprendemos por la violencia actual, pero olvidamos que durante años convivimos con ella en silencio. La escondimos detrás de frases populares, detrás del “eso siempre ha pasado”, detrás del “mejor no te metas”.

Y quizás ahí está el verdadero problema de nuestra sociedad: no solamente en las cosas horribles que ocurrieron, sino en la cantidad de tiempo que aprendimos a vivir con ellas como si fueran normales.