Por Luisana Lora Perelló
Hay una escena que se repite cada vez que una tragedia golpea a un país. Las pantallas se llenan de imágenes de edificios reducidos a escombros, familias buscando desesperadamente a sus seres queridos, rescatistas trabajando contra el tiempo y comunidades enteras enfrentando un dolor imposible de describir. Durante unos días, el mundo dirige su mirada hacia el lugar de la tragedia. Nos conmovemos, expresamos solidaridad y seguimos de cerca cada actualización.
Pero cuando la noticia deja de ocupar los titulares, casi siempre olvidamos hacernos la pregunta más importante: ¿qué hemos aprendido de todo esto?
Eso vuelve a ocurrir con Venezuela.
El doble terremoto que recientemente sacudió el norte de ese país volvió a demostrar que la naturaleza puede transformar la vida de millones de personas en cuestión de segundos. Mientras continúan las labores de rescate y miles de familias intentan reconstruir lo que perdieron, la tragedia nos recuerda una realidad que con demasiada frecuencia preferimos mantener distante: ningún país está completamente preparado cuando la tierra decide liberar toda su fuerza.
Sin embargo, Venezuela no representa un hecho aislado.
En 2010, Haití sufrió uno de los terremotos más devastadores de la historia reciente del continente. En 2023, Turquía y Siria enfrentaron una catástrofe que dejó decenas de miles de fallecidos y ciudades enteras reducidas a escombros. Ese mismo año, Marruecos vivió un sismo que golpeó tanto a pequeñas comunidades rurales como a su invaluable patrimonio histórico.
Países diferentes. Culturas distintas. Realidades económicas y sociales diversas.
Todos unidos por una misma experiencia: descubrir que bastan unos pocos segundos para cambiar el destino de millones de personas.
Lo preocupante es que nuestra memoria suele ser mucho más corta que las lecciones que dejan estas tragedias.
Durante algunos días hablamos de prevención, compartimos recomendaciones y prometemos estar mejor preparados. Pero cuando las cámaras se marchan y la atención pública se desvanece, también desaparece el sentido de urgencia. Es como si creyéramos que los desastres solo les ocurren a otros.
República Dominicana no puede darse ese lujo.
Nuestro territorio se encuentra sobre la interacción de las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica y está atravesado por importantes fallas geológicas activas, entre ellas la Septentrional y la de Enriquillo-Plantain Garden. No se trata de una posibilidad remota, sino de una realidad ampliamente documentada por el Centro Nacional de Sismología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Los registros oficiales muestran que cada año se producen miles de movimientos sísmicos en nuestro entorno. La mayoría son de baja magnitud y pasan inadvertidos para la población, pero esa aparente tranquilidad no debe confundirse con ausencia de riesgo.
La historia también habla con claridad.
El terremoto de 1946, considerado el de mayor magnitud registrado instrumentalmente en La Hispaniola, y el tsunami que provocó en la costa noreste, recuerdan que los grandes eventos sísmicos forman parte de nuestra historia y que la condición geológica del país sigue siendo la misma.
Nadie puede predecir cuándo volverá a producirse un terremoto de gran magnitud. Precisamente por esa incertidumbre, la prevención se convierte en nuestra mejor herramienta.
La pregunta, entonces, no es cuándo ocurrirá el próximo gran sismo.
La verdadera pregunta es si estamos preparados para enfrentarlo.
¿Cuántas familias dominicanas tienen un plan de emergencia?
¿Cuántos saben cuál es el lugar más seguro dentro de su vivienda?
¿Cuántos centros educativos realizan simulacros de manera periódica?
¿Cuántos padres han enseñado a sus hijos cómo actuar durante un terremoto sin dejarse dominar por el pánico?
Los organismos de emergencia insisten en mantener la calma, informarse por los canales oficiales y conocer los protocolos básicos de actuación. Pero construir una verdadera cultura de prevención no depende únicamente de las instituciones. También comienza en cada hogar, en las escuelas, en los lugares de trabajo y en cada comunidad.
Prepararse no significa vivir con miedo. Significa asumir con responsabilidad una realidad que no podemos cambiar y comprender que un plan familiar, una mochila de emergencia o la participación en un simulacro no son actos de pesimismo, sino decisiones que pueden salvar vidas cuando cada segundo cuenta.
Las tragedias también dejan otra enseñanza que merece ser recordada. En medio del caos aparecen ciudadanos que ayudan sin preguntar a quién rescatan, médicos que trabajan hasta el agotamiento, bomberos que desafían el peligro y vecinos que descubren que la solidaridad puede convertirse en el recurso más valioso cuando todo lo demás parece haberse perdido.
Ojalá no tengamos que esperar a vivir una tragedia para comprender la importancia de estar preparados.
Las imágenes que hoy llegan desde Venezuela despiertan nuestra solidaridad, pero también deberían despertar nuestra conciencia. Aprender de las tragedias ajenas no es un acto de pesimismo, sino de responsabilidad.
Porque las tragedias siempre parecen lejanas… hasta que dejan de serlo.



