Editorial

Las Parras: el nuevo modelo no puede tener los mismos vicios

Compartir

@abrilpenaabreu

La gran promesa de Las Parras era simple: dejar atrás el caos histórico de La Victoria y comenzar un nuevo capítulo del sistema penitenciario dominicano, una cárcel moderna, más tecnología, mejor control, más seguridad.

Pero después del incidente ocurrido este fin de semana, donde 16 internos resultaron heridos tras disturbios registrados dentro del recinto, vuelve una preocupación que algunos advertimos desde hace meses: el verdadero reto nunca fue solo trasladar presos, sino transformar el sistema humano que los administra.

Cuando comenzó el traslado gradual desde La Victoria, gran parte del debate público se concentró en si estaban llevando primero a internos menos peligrosos para evitar que las viejas bandas contaminaran el nuevo modelo.

Sin embargo, quizás la pregunta más importante era otra:¿Qué nivel de depuración se realizó con el personal que estaría operando Las Parras? Porque una cárcel nueva no necesariamente significa un sistema nuevo, las cárceles no producen drogas.

Las armas blancas no aparecen espontáneamente, los privilegios internos no nacen de la nada.

Todo eso entra por alguna parte y cuando ocurre de forma reiterada en un sistema penitenciario, la discusión deja de ser solo sobre internos y pasa inevitablemente hacia los controles institucionales.

Según la versión oficial, el incidente comenzó cuando una mujer intentó introducir una sustancia ilícita al penal durante una jornada de visitas y posteriormente un privado de libertad fue detectado con un paquete oculto en sus partes íntimas, presumiblemente marihuana.

Luego vinieron alteraciones del orden dentro de varios módulos y el saldo de 16 lesionados, entre ellos cuatro trasladados a centros médicos.

La pregunta entonces no es únicamente cómo ocurrió el disturbio, la pregunta es: ¿cómo un recinto concebido como símbolo de un nuevo comienzo penitenciario sigue enfrentando dinámicas tan parecidas a las del viejo modelo?

Porque el país no invirtió millones en una simple mudanza de presos, se suponía que se estaba construyendo una transformación y transformar implica más que cemento, cámaras y barrotes, implica supervisión estricta, implica inteligencia penitenciaria, implica consecuencias, pero sobre todo, implica limpiar redes de corrupción que históricamente han convertido las cárceles en espacios donde muchas veces el control real no siempre lo ejerce el Estado.

Este episodio no significa necesariamente que Las Parras haya fracasado, pero sí obliga a hacer preguntas serias antes de que el problema eche raíces, porque si el viejo sistema logró mudarse al nuevo edificio, entonces estaremos frente a uno de los errores institucionales más costosos del país y eso sí sería imperdonable.