Por Isidro Tejada
En los muslos de una estatuilla del 760 a C. encontrada en Tebas, dedicada al dios Apolo, se plasmaron las inscripciones que rezan del modo siguiente: «Manticlos me dedicó al veloz arquero de arco de plata como parte de su tributo. Concédeme, ¡oh Febo!, tu benévola recompensa».
Tributo y recompensa son los conceptos básicos mediante los cuales se articuló la relación de aquel griego con su dios. El tributo es la paga anticipada al dios por la recompensa o beneficio solicitado. Esto supone que Apolo, el dios flechero, no da nada gratuito; él exige tributos por las recompensas que provee. Pero, de manera más general, esto presupone que la relación entre dioses y hombres está marcada por una relación de poder.
Para comprobarlo, indáguense en la biblia hebraica o cristiana los sacrificios y rituales de Abrahán y Moisés a su dios; o examínense, desde sus manifestaciones más antiguas hasta el presente, los sacrificios, rituales y peticiones de favores realizadas por los fieles hinduistas a sus dioses; o los esfuerzos de los egipcios por seducir y predisponer a sus dioses a favor de sus propósitos.
En todas las religiones, los dioses poseen el don absoluto de poner y disponer y sus intenciones, por lo general, prevalecen sobre las humanas. Pero curiosamente su voluntad no deja de ser influida y variada por los tributos, rituales, y sacrificios que les dispensan los humanos.
Cuidadosamente analizado esto parece ser una expresión culturalmente extendida de una relación conductual biológicamente evolucionada en nuestra especie entorno al módulo dominio-subordinación. Parafraseando una de las ideas más brillante de Richard Dawkins, se puede sostener que esta manifestación religiosa es una especie de fenotipo extendido de nuestro modulo comportamental heredado dominio-subordinación.
En efecto, en todos los grupos humanos encontramos el fenómeno de las jerarquías, y en los procesos reales por las que se instituyen y mantienen estas jerarquías, encontramos el hecho de que los subordinados despliegan ciertas acciones muy puntuales y especificas, variadas según culturas, con la intención de controlar los poderes compensatorios de los superiores. Adulación, regalos, sexo, atenciones especiales, promoción, son algunos de esos actos mediante los cuales se pretenden influir y controlar aquel poder desde la sumisión.
Para algunos estudiosos del poder aquellos comportamientos de los subordinados son expresiones del incontestable dominio que tienen ciertos agentes en una relación dominio-sumisión y a la rendición de los subordinados marcada por la desesperanza absoluta. Sin embargo, lo real es que aquellos actos, aquellos gestos de los subordinados, cuyas interpretaciones por lo general se han catalogado como meros actos de sumisión, no escapan a los oscuros deseos de influenciar y controlar los poderes compensatorios de los agentes dominantes.
Desde esta perspectiva el sentido de aquellos actos, de factura meramente sumisa, revela una extraña fuerza escasamente valorada en las relaciones dominio-subordinación. Michel Focault, quien atendió con insistencia las resistencias de lo subordinados, para nada parece contemplar aquellos actos y sus fuerzas en sus análisis del poder. Sin embargo, estos actos o gestos de los subordinados más que leerse como el resultado de una desesperanzada rendición, deben interpretarse como componente de una antigua estrategia vital, evolutivamente dispuesta, por la cual los subordinados negocian beneficios o canonjía desde la sumisión; como esfuerzos por reconducir la voluntad decisional del superior a su favor, de incrementar las probabilidades de que las decisiones del superior sean favorables.
Una estrategia desosegadamente esperada por los agentes dominantes precisamente porque la ejecución de la misma por parte de los subordinados encierra las razones por las que corrieron los riesgos que suponen la carrera por el dominio: tributos a cambio de la dispensación de recompensas y beneficios, que solo los agentes dominantes podrían otorgar.
Ninguna relación de poder parece escapar a esta estrategia compensatoria del subordinado como beneficio de la sumisión forzada o asumida. Los religiosos no ocultan ese hecho. Ellos hacen rituales y ofrendas a sus dioses a cambio de salud y larga vida, aunque paradójicamente pregonan una mejor destino después de la muerte; o realizan rituales y sacrificios a cambio de que su nación invada y masacre exitosamente otros pueblos, a pesar de proclamar el principio de no matar; o a cambio de prosperidad material, a pesar de sostener que eso no es lo esencial; o para que multiplique a otro lo que este le desea, a pesar pregonar el perdón, o amar al enemigo y colocar la otra mejilla como los cristianos.
Los políticos, más prosaicos en estos menesteres humanos, han hecho de las técnicas compensatorias de la sumisión un ritual cotidiano. Aunque el jefe político sea un idiota intelectual y académico, se le engrandece públicamente hasta el infinito y se le escriben libros para ocultarlo; se le celebran cumpleaños públicos acompañado de regalos que probablemente nunca necesite; se le presenta éticamente como el más prominente de los hombres a pesar de ser profundamente corrupto y deshonesto; se le elaboran biografías de una vida que nunca tuvo. En fin, el jefe político siempre es genial, glorioso, magnánimo, integro y humilde.
Pero no se crea que esto se restringe meramente a los humanos. Las estrategias de los subordinados, aunque carente de las sofisticadas elaboraciones de aquellos, también se encuentran en el orden de seres de los cuales nos complace orgullosamente diferenciarnos: los animales. Los primatólogos han descrito esta conducta en diversas especies de primates. En algunos de estos, el sexo, por ejemplo, se utiliza para obtener algún nutriente del macho dominante, o para tenerlo de su lado como protector. En sentido semejante se utiliza el acicalamiento de los superiores por los inferiores. De igual modo, estas estrategias de manipulación desde la postración se han documentado entre los suricatos, los leones y otras especies.
Quien haya tenido un perro por mascota podrá haberla experimentado directamente en un marco interespecífico. Un perro expresa gestos de sumisión ante sus propietarios humanos para aplacar su potencial ira, evitar castigo u obtener otros tipos de beneficios. Esto es señal de que los antecedentes de todas estas especies también retuvieron en el plano comportamental la relación dominio subordinación y las estrategias conductuales para su regulación.
En los humanos por razones de su carácter altamente creativo esta disposición se embebe en mecanismos culturales muy sofisticados, lo que ha ocasionado una rica diversificación de sus manifestaciones. Pagar tributo a dioses, hacer sacrificio, realizar rituales a su favor es un modo elaborado de ganar su voluntad en tanto seres superiores.
Naturalmente, esta práctica presupone la instrucción y mandato de que la relación dominio-subordinación es la que debe prevalecer entre el superior y el subordinado, entre el pastor y el feligrés, entre el gobernante y el gobernando, entre el dirigente y el dirigido.
Una presuposición que confirma lo que muchos estudiosos sociales han denunciado: que la religión es un medio muy eficaz para facilitar y mantener el control de los subordinados. Un medio que parece funcionar por cuanto explota eficiente y eficazmente mejor que cualquier otro la disposición instintiva de los subordinados a compensar su debilidad mediante actos ritualizados tendente predisponer favorablemente la voluntad de los poderosos, y sancionada por estos por cuanto encierran los motivos de sus riesgos por el dominio: tributos a borbotones.



