Denny Agramonte
Hay épocas que son recordadas por sus guerras, otras por sus revoluciones y otras por sus descubrimientos. Quizá la nuestra sea recordada por algo menos visible: por haber convertido el precio en una de las principales categorías con las que el hombre contemporáneo juzga el mundo.
Hemos aprendido a preguntar cuánto cuesta antes de preguntar qué significa.
Y esa pequeña inversión del orden de las preguntas contiene una transformación profunda de la civilización.
Porque una cosa puede tener precio sin tener verdadero valor, y puede tener un valor inmenso sin tener precio alguno.
Platón comprendió que la existencia humana no podía organizarse alrededor de la utilidad inmediata. El hombre debía orientar su vida hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello. Aristóteles, siglos después, distinguiría entre los bienes que buscamos como medios y aquello que buscamos por sí mismo: la vida buena no podía reducirse a la acumulación de bienes exteriores.
Nuestra época parece haber invertido aquella jerarquía.
El medio se convirtió en fin.
El dinero, inventado para facilitar el intercambio, terminó convertido en objeto de acumulación. La riqueza, concebida originalmente como instrumento para vivir mejor, comenzó a presentarse como prueba del éxito de haber vivido. Y el hombre, que debía servirse de las cosas, empezó a definirse por las cosas que posee.
Marx vio en el capitalismo una transformación de las relaciones humanas bajo la lógica de la mercancía. Weber observó la racionalización creciente de la vida moderna. Fromm distinguiría entre una existencia orientada al «tener» y otra orientada al «ser». Y, más cerca de nosotros, Byung-Chul Han ha descrito una sociedad donde la productividad, el rendimiento y la exposición terminan colonizando incluso los espacios íntimos del individuo.
Son diagnósticos diferentes, provenientes de tradiciones intelectuales distintas, pero convergen en una inquietud: ¿qué sucede con el ser humano cuando la lógica económica deja de ser una dimensión de la existencia y pretende convertirse en su medida total?
La respuesta puede observarse en nuestra vida cotidiana.
El joven ya no pregunta solamente qué quiere llegar a ser; pregunta qué profesión deja más dinero.
El padre ya no siempre se pregunta qué educación hará mejor a su hijo, sino cuál le garantizará mayores ingresos.
El profesional puede terminar midiendo su prestigio por su salario.
El político puede medir su poder por los recursos que controla.
El artista puede comenzar a valorar su obra por su cotización.
El intelectual puede terminar midiendo sus ideas por el número de personas que las consumen.
Y hasta el ser humano contemporáneo puede llegar a contemplarse a sí mismo como una marca.
Todo adquiere entonces una dimensión comercial.
El cuerpo se convierte en producto.
La imagen, en capital.
El conocimiento, en mercancía.
La atención, en recurso.
El tiempo, en dinero.
Las relaciones, en redes de contactos.
La reputación, en capital social.
Y el individuo termina administrando su propia existencia como si fuera una empresa.
No es necesario que exista una conspiración para que ocurra. Basta con que una lógica particular se vuelva dominante.
El problema aparece cuando esa lógica comienza a penetrar territorios que deberían obedecer a otros principios.
Porque el mercado puede responder razonablemente a una pregunta como:
¿Cuánto cuesta producir esto?
Pero no puede responder por sí solo:
¿Es justo producirlo?
Puede determinar el precio de una vivienda, pero no decidir qué significa tener un hogar.
Puede establecer el salario de un maestro, pero no calcular el valor de la educación que imparte.
Puede pagar el trabajo de un médico, pero no convertir en dinero la gratitud de quien recibió una vida salvada.
Puede comprar un libro, pero no comprar la sabiduría que podría transformar a quien lo lee.
Hay dimensiones de la existencia que se destruyen precisamente cuando intentamos traducirlas completamente al lenguaje económico.
La amistad es una de ellas.
Nadie puede ser amigo de otro porque le resulte económicamente rentable sin que la amistad deje de ser, precisamente, amistad.
La justicia es otra.
Si la justicia pudiera comprarse, dejaría de ser justicia para convertirse en privilegio.
La dignidad pertenece al mismo territorio.
No depende de la cuenta bancaria, del automóvil, del cargo ni de la cantidad de propiedades que una persona posea.
El problema de una sociedad dominada por el dinero no consiste, por tanto, en que existan ricos.
Una sociedad puede tener riqueza sin idolatrarla.
El problema aparece cuando la riqueza comienza a funcionar como criterio de dignidad.
Entonces el pobre no solamente carece de dinero: comienza a ser tratado como alguien que vale menos.
Y el rico no solamente posee recursos: comienza a ser considerado superior.
Ahí ocurre una deformación moral.
El dinero deja de expresar capacidad económica y comienza a expresar, imaginariamente, valor humano.
La sociedad termina construyendo una especie de aristocracia monetaria.
No importa tanto quién eres, sino cuánto tienes.
No importa tanto qué has hecho por los demás, sino cuánto has conseguido para ti.
No importa tanto la profundidad de tu pensamiento, sino cuánto alcance tiene.
No importa tanto la calidad de tu obra, sino cuánto genera.
No importa tanto la virtud, sino la visibilidad.
Y así llegamos a una paradoja particularmente moderna:
el hombre puede ser extraordinariamente exitoso ante los ojos del mundo y profundamente fracasado ante los ojos de su propia conciencia.
Nietzsche preguntó qué ocurre cuando desaparecen los valores trascendentes que orientaban la existencia. No proponía simplemente sustituirlos por dinero; su diagnóstico era mucho más profundo: cuando una civilización pierde los valores capaces de darle sentido, aparece el peligro del nihilismo.
El dinero puede llenar muchas habitaciones de una casa.
No necesariamente puede llenar el vacío de quien la habita.
Puede comprar entretenimiento, pero no sentido.
Puede comprar comodidad, pero no serenidad.
Puede comprar admiración, pero no necesariamente respeto.
Puede comprar compañía, pero no intimidad.
Puede comprar información, pero no sabiduría.
Puede comprar tiempo libre, pero no saber qué hacer con él.
Y quizá una de las tragedias más silenciosas de nuestra época sea que hemos aprendido a multiplicar nuestros medios sin aprender proporcionalmente a elegir nuestros fines.
Tenemos más posibilidades y menos orientación.
Más información y no necesariamente más conocimiento.
Más comunicación y no necesariamente más diálogo.
Más bienes y no necesariamente más felicidad.
Más libertad de consumo y, paradójicamente, nuevas formas de dependencia.
La sociedad del precio termina produciendo una pregunta obsesiva:
¿Cuánto valgo?
Pero la pregunta verdaderamente humana es otra:
¿Quién soy?
La primera busca una cifra.
La segunda busca una identidad.
La primera pertenece al mercado.
La segunda pertenece a la filosofía.
Quizá por eso Sócrates sigue siendo más importante que muchos millonarios olvidados por la historia. No porque la pobreza sea superior a la riqueza, sino porque Sócrates comprendió que una vida humana no se mide únicamente por aquello que posee, sino por aquello en lo que se convierte.
Duarte tampoco dejó una fortuna. Dejó una idea de nación.
Lincoln no dejó como legado una cuenta bancaria. Dejó una concepción de la Unión y de la dignidad humana.
Cristo no dejó propiedades. Dejó una revolución moral que modificó la historia.
Cervantes conoció dificultades económicas. Sin embargo, produjo una obra cuya riqueza no puede expresarse en términos financieros.
La historia está llena de hombres y mujeres que demostraron, de maneras diferentes, que la importancia de una existencia no coincide necesariamente con su patrimonio.
El dinero puede contabilizarse.
La grandeza no.
La riqueza puede heredarse.
La virtud no.
El patrimonio puede transmitirse.
La sabiduría debe conquistarse.
Una fortuna puede desaparecer en una generación.
Una idea puede sobrevivir durante milenios.
Por eso una sociedad verdaderamente desarrollada necesita algo más que crecimiento económico. Necesita una jerarquía moral capaz de establecer que existen bienes superiores al dinero.
Necesita educación que forme ciudadanos, no solamente trabajadores.
Necesita política entendida como servicio y no exclusivamente como administración del poder.
Necesita intelectuales capaces de defender ideas que no sean inmediatamente rentables.
Necesita artistas capaces de crear belleza aunque el mercado no la premie.
Necesita ciudadanos capaces de decir «no» cuando el precio ofrecido sea incompatible con su conciencia.
Porque llega un momento en la vida de las sociedades en que la pregunta decisiva no es cuánto podemos comprar, sino qué estamos dispuestos a vender para poder comprarlo.
Y quizá allí comienza la verdadera frontera moral.
Una sociedad puede vender tierras, empresas, acciones, mercancías.
Pero cuando comienza a vender principios, conciencia, dignidad y justicia, ya no está comerciando con cosas.
Está comerciando consigo misma.
El dinero debe ocupar su lugar: importante, necesario, poderoso, pero subordinado.
Porque cuando el dinero es instrumento, sirve al hombre.
Cuando se convierte en finalidad absoluta, el hombre termina sirviéndolo.
Y acaso la tarea intelectual y moral de nuestro tiempo consista precisamente en recuperar una verdad que las sociedades prósperas suelen olvidar:
no todo lo que tiene precio tiene valor, y las cosas más valiosas de la existencia son precisamente aquellas que ningún mercado puede comprar.
La verdadera riqueza de una civilización no se encuentra únicamente en sus bancos, sus edificios o sus cifras de crecimiento.
Se encuentra también en la calidad de sus hombres.
En la honestidad de sus ciudadanos.
En la justicia de sus instituciones.
En la educación de sus jóvenes.
En la dignidad de sus pobres.
En la sabiduría de sus dirigentes.
En la belleza de sus obras.
En la libertad de sus conciencias.
Y, sobre todo, en aquello que sus habitantes son capaces de defender incluso cuando defenderlo no les produce ningún beneficio.
Porque una civilización revela su grandeza no por el precio de aquello que posee, sino por el valor de aquello que se niega a vender.



