Por Juan González
El presidente Donald Trump anunció recientemente que su país se retira de 66 organizaciones internacionales, de las cuales 31 pertenecen al sistema de las Naciones Unidas. Entre estas se encuentran la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa), la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ONU Mujeres, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992, entre otras.
Cabe destacar, además, que en 2025 la administración Trump desvinculó a los Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, del Consejo de Derechos Humanos, de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Unesco, evidenciándose que Washington privilegiará el interés nacional.
Según explicó el mandatario estadounidense, estas entidades representan una carga económica desproporcionada para Estados Unidos y, además, impulsan una agenda que él considera contraria a los intereses del país.
En ese sentido, es oportuno indicar que durante el bienio 2022-2023 el financiamiento de Estados Unidos a la OMS fue de alrededor de 1,280 millones de dólares, mientras que China contribuyó con apenas 156 millones, observándose una diferencia significativa en los aportes de ambas superpotencias.
Por tal motivo, el retiro de Estados Unidos de estas instituciones, responsables de regular y promover la cooperación internacional en ámbitos tan sensibles como el medio ambiente y el cambio climático, las energías renovables, los derechos humanos, la cultura y la identidad, la ciencia y la salud, ha generado una profunda preocupación en la comunidad internacional.
La preocupación aumenta porque, aunque China ha expresado su apoyo al multilateralismo, no ha mostrado una verdadera intención de ocupar el espacio que deja Washington, debido a que, su estrategia de cooperación está centrada, sobre todo, en acuerdos bilaterales y, a través de este enfoque, ha logrado incrementar su influencia en países en desarrollo de Asia, África y América Latina.
La política exterior de China se apoya principalmente en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda, mediante la cual ha extendido su proyección a unos 150 países mediante redes comerciales, acuerdos de seguridad, financiamientos y proyectos de infraestructura.
Conviene recordar que el multilateralismo actual tiene su génesis en el Congreso de Viena de 1815, organizado tras la derrota de Napoleón y liderado por el gran diplomático austriaco Klemens Von Metternich.
Según el destacado estadista estadounidense Henry Kissinger, fallecido en 2023, en su obra Diplomacia, Metternich se erigió como el principal arquitecto de un sistema internacional basado en el equilibrio de poder y en una diplomacia multilateral permanente, cuyo propósito esencial era gestionar y contener los conflictos, evitando que derivaran en guerras abiertas entre las grandes potencias europeas.
Manuel Díez de Velasco, en su obra Las Organizaciones Internacionales, señala que, tras el Congreso de Viena, surgieron las primeras organizaciones internacionales modernas, entre ellas las comisiones fluviales y las organizaciones administrativas. Destaca, en particular, la creación de la Comisión Central para la Navegación del Rin, prevista en el Acta Final del Congreso y fundada formalmente en 1831, por lo que está considerada la primera organización internacional. Posteriormente, se crearon instituciones administrativas como la Unión Telegráfica Internacional (1865) y la Unión para la Protección de la Propiedad Industrial (1883).
Muchos estudiosos de las relaciones internacionales coinciden en que el sistema europeo diseñado por Metternich ayudó a evitar una gran conflagración en Europa por casi un siglo, ya que, no fue sino hasta 1914, tras el asesinato del archiduque de Austria, Francisco Fernando, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, también conocida como la Gran Guerra Europea.
A raíz de este conflicto surgió la idea de crear una organización universal para promover la paz y la cooperación internacional. En ese contexto, defensores del idealismo, como el presidente estadounidense Woodrow Wilson, inspirados por obras como La Paz Perpetua de Immanuel Kant, impulsaron la creación de la Sociedad de las Naciones o Ligas de las Naciones.
Sin embargo, esta organización nació destinada al fracaso, pues varias potencias se negaron a involucrarse, incluyendo a Estados Unidos, cuyo Congreso rechazó su participación, influenciado por una política exterior aislacionista.
El inicio de la Segunda Guerra Mundial, apenas dos décadas después del Tratado de Versalles, significó un golpe mortal para el multilateralismo de corte idealista. En esa misma línea, Edward Hallet Carr, uno de los principales precursores de las Relaciones Internacionales como disciplina académica, sostiene en su obra La crisis de los 20 años 1919-1939 que los idealistas buscaron forjar un orden internacional pacífico, sustentando en la cooperación. Sin embargo, se enfrentaron con la dura realidad del resurgimiento de las rivalidades imperiales, el rearme y la expansión territorial.
Esta conflagración superó con creces la destrucción de la Primera Guerra Mundial y sacudió los cimientos del planeta, sobre todo por el nacimiento del arma más poderosa conocida hasta entonces: la bomba nuclear.
No obstante, en 1941, los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, respectivamente, firmaron la Carta del Atlántico, comprometiéndose a abandonar la práctica de la “expansión territorial por medio de la fuerza”, considerada la principal causa de conflictos entre potencias. Ya en 1928, más de diez países habían firmado el Pacto Briand-Kellogg, renunciando a la guerra como medio para resolver controversias internacionales, aunque con excepciones como la legítima defensa.
Tanto la Carta del Atlántico como el Pacto Briand-Kellogg sirvieron de base para la Carta fundacional de las Naciones Unidas, conocida como la Carta de San Francisco de 1945, firmada por 50 países, entre ellos la República Dominicana.
El profesor de historia y asuntos globales de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, en su obra El Parlamento de la Humanidad: la historia de las Naciones Unidas sostiene que resulta crucial modernizar la ONU para que pueda adaptarse a los desafíos contemporáneos y, de ese modo, seguir siendo un actor clave en la solución de los problemas que afectan a la comunidad internacional. Al mismo tiempo, subraya que, pese a sus imperfecciones, las Naciones Unidas continúa siendo el mejor espacio para construir un mundo más pacífico, sustentado en la cooperación entre las naciones.
Es oportuno señalar que el enfoque liberal que dio origen al sistema de Naciones Unidas y al multilateralismo contemporáneo, centrado en la cooperación, la democracia y el libre comercio como mecanismos para prevenir conflictos armado, ha entrado en crisis en las últimas décadas, en gran medida, debido al ascenso de China como superpotencia global, bajo una forma de gobierno autoritaria y con una política exterior orientada principalmente hacia la diplomacia bilateral.
Antes, el establishment estadounidense aspiraba a que China se pareciera a Estados Unidos. Hoy, en cambio, buscan que Estados Unidos actúe como China. Este giro ha reavivado el enfoque realista, donde la ambición, el egoísmo y el temor llevan a las potencias a acumular poder para garantizar sus intereses nacionales. De ahí el lema de Trump: America First (Estados Unidos Primero).
Finalmente, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China está empujando al multilateralismo hacia el borde del abismo. Solo queda la esperanza de que las élites de ambas superpotencias comprendan que la disuasión militar y la defensa del interés nacional deben ir acompañadas de la cooperación multilateral, tal como ocurrió durante la Guerra Fría. De lo contrario, en los próximos años podríamos ser testigos del ocaso del multilateralismo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, concebido para garantizar la paz y la seguridad, fomentar la cooperación, proteger los derechos humanos y promover el desarrollo de los pueblos.



