Denny Agramonte
Hay países que poseen una historia y hay países que, además, poseen una tarea. La diferencia parece pequeña cuando se contempla un mapa; se vuelve inmensa cuando se contempla el destino de un pueblo.
La República Dominicana pertenece a esa segunda especie. Hemos fundado una nación, pero todavía no hemos terminado de fundar la República. Tenemos territorio, símbolos, instituciones, constitución, memoria y soberanía; nos falta, sin embargo, algo más difícil de construir: una conciencia nacional capaz de convertir esas realidades en un proyecto histórico.
La refundación dominicana no puede consistir en cambiar solamente gobiernos, leyes o funcionarios. Esas son las formas visibles de una transformación que debe comenzar mucho más abajo: en la educación, en la cultura, en la economía, en la moral, en la política, en la espiritualidad y, finalmente, en la idea que el dominicano tiene de sí mismo.
Juan Pablo Duarte comprendió que una patria no nace solamente de una declaración de independencia. Necesita ciudadanos capaces de sostenerla. Su proyecto político contenía, detrás de la bandera y la soberanía, una concepción moral de la nación: libertad acompañada de responsabilidad, independencia acompañada de sacrificio, República acompañada de virtud.
Pero ninguna virtud pública puede sobrevivir indefinidamente sobre una educación deficiente.
Eugenio María de Hostos comprendió que la emancipación política debía prolongarse en una emancipación intelectual. Educar no era simplemente enseñar conocimientos útiles: era formar seres humanos capaces de gobernarse a sí mismos. Quizá ahí se encuentre una de las primeras claves de nuestra reconstrucción: antes de preguntarnos qué Estado queremos, deberíamos preguntarnos qué ciudadano queremos producir.
Pedro Henríquez Ureña llevó esa preocupación hasta convertir la cultura en una empresa de civilización. Una nación que no crea pensamiento propio queda condenada a vivir intelectualmente de préstamos. La República Dominicana necesita universidades que no sean únicamente fábricas de profesionales, sino centros de investigación, deliberación, creación y conciencia. Necesita bibliotecas llenas, laboratorios activos, maestros respetados, investigadores protegidos y jóvenes acostumbrados a leer antes de opinar.
Juan Bosch nos enseñó, desde el análisis de nuestra estructura social, que ningún país puede comprenderse solamente a través de sus gobiernos. Detrás de cada institución existen relaciones económicas, clases sociales, intereses, costumbres y procesos históricos. Por eso la transformación económica tampoco puede reducirse al crecimiento de las cifras: producir riqueza es necesario, pero distribuir oportunidades, elevar capacidades y convertir el progreso material en dignidad humana es una tarea superior.
Ortega y Gasset comprendió que el hombre no existe separado de sus circunstancias. La República Dominicana tendrá que transformar también las circunstancias que condicionan la vida de sus ciudadanos: la calidad de la escuela, el acceso al conocimiento, la seguridad, el trabajo, la movilidad social, la justicia y las posibilidades de desarrollar plenamente una existencia.
Miguel de Unamuno nos recuerda, desde otro territorio, que detrás de todas las abstracciones políticas existe siempre un hombre concreto: alguien que nace, ama, sufre, espera y muere. Una nación no puede convertirse en una maquinaria de crecimiento mientras olvida a la persona que debería ser el destinatario de ese crecimiento.
Aristóteles situó la política dentro de una pregunta mucho más antigua y más profunda: ¿qué clase de vida merece ser vivida? Esa interrogación debería regresar a nuestra conversación pública. Gobernar no consiste únicamente en administrar recursos; consiste en crear las condiciones para que los ciudadanos puedan desarrollar sus capacidades y perseguir una vida digna.
Platón, al hacer de la justicia una cuestión central de la vida de la ciudad, nos deja una advertencia que continúa vigente: ninguna comunidad puede permanecer sana cuando sus partes han olvidado la relación que existe entre ellas y el bien común. La República no puede ser una suma de intereses particulares disputándose el Estado.
Alexis de Tocqueville observó que las instituciones democráticas necesitan costumbres que las sostengan. Ninguna arquitectura constitucional puede permanecer intacta si la sociedad que la habita carece de hábitos cívicos. La democracia dominicana tendrá que ser, por tanto, mucho más que elecciones periódicas: deberá convertirse en una cultura de responsabilidad, deliberación, respeto a la ley y participación ciudadana.
Hannah Arendt mostró que la política adquiere su verdadera dimensión cuando los seres humanos aparecen ante los demás mediante la palabra y la acción. Una República viva necesita ciudadanos capaces de hablar, escuchar, disentir y actuar en el espacio común sin convertir al adversario en enemigo. El deterioro del lenguaje público termina deteriorando también la posibilidad de una vida política civilizada.
José Martí comprendió que la independencia política carecía de sentido si no estaba acompañada por una conciencia propia. La modernización de un país no debería significar su disolución cultural. La República Dominicana necesita abrirse al mundo sin perder su centro; aprender de otros sin convertirse en copia de nadie.
Joseph Ratzinger recordó, desde la tradición cristiana, que una sociedad tecnológicamente avanzada puede continuar necesitando una brújula moral. El progreso material no responde por sí mismo a las preguntas sobre el bien, la dignidad, el sacrificio, la responsabilidad o el sentido. Una República constitucionalmente plural debe respetar la libertad religiosa, pero también reconocer que la dimensión espiritual forma parte de la historia moral de millones de sus ciudadanos.
Y Borges, acaso sin proponérselo como programa político, nos enseñó algo esencial para cualquier proyecto de nación: que el tiempo es también una forma de memoria. Los pueblos se pierden cuando olvidan aquello que los constituye y se vuelven caricaturas de otros pueblos cuando renuncian a imaginar su propio destino.
Por eso la refundación dominicana tendría que ser simultáneamente económica, política, educativa, cultural, antropológica, espiritual y filosófica.
Económica, para producir riqueza y oportunidades.
Política, para devolver al poder su carácter de servicio.
Educativa, para transformar información en conocimiento y conocimiento en criterio.
Cultural, para que la nación pueda reconocerse en aquello que crea.
Antropológica, para preguntarnos qué tipo de ser humano estamos formando.
Espiritual, para recordar que ninguna prosperidad responde por sí sola a la pregunta del sentido.
Filosófica, para aprender nuevamente a preguntar qué son la justicia, la libertad, la verdad y el bien común.
Y académica, para convertir el conocimiento en una forma de soberanía.
Pero existe una última dimensión, quizá la más difícil: la sabiduría.
Porque una nación puede tener profesionales sin tener sabios; instituciones sin tener ciudadanos; riqueza sin tener grandeza; información sin tener conocimiento; libertad sin tener carácter.
La verdadera reconstrucción comenzaría cuando el dominicano comprendiera que la República no es únicamente lo que recibe de sus antepasados, sino también lo que está obligado a entregar a quienes todavía no han nacido.
Entonces la patria dejaría de ser solamente una geografía.
Sería una responsabilidad.
Y quizá ese sea el proyecto que nos falta: no construir otra República, sino terminar de construir la que Duarte imaginó, la que Hostos quiso educar, la que nuestros pensadores intentaron comprender y la que las generaciones futuras tendrán derecho a recibir.
Una República donde la inteligencia no sea un lujo, la honradez no sea una extravagancia, la cultura no sea un adorno, la educación no sea una promesa, el poder no sea un botín y la riqueza no sea la única medida del éxito humano.
Una República que pueda mirar hacia su pasado sin nostalgia servil, hacia el presente sin complacencia y hacia el porvenir sin miedo.
Una República, en fin, que no necesite preguntarse constantemente qué país quiere parecerse, porque haya adquirido la madurez suficiente para responder una pregunta más difícil:
¿Qué país quiere llegar a ser?
Tal vez la historia dominicana no esté esperando otra generación de administradores.
Tal vez esté esperando una generación de fundadores.
Porque hay momentos en que un pueblo no necesita cambiar de nombre, de bandera ni de territorio.
Necesita cambiar de altura.
Y quizá la República Dominicana todavía esté esperando ese momento.



