Opinión

La “prueba de vida” del PRM: ¿y el millón y medio que borraron?

Por: Ing. César A. Fernández F.


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Esta semana el Partido Revolucionario Moderno depositó ante la Junta Central Electoral su padrón de militantes: 1,551,727 afiliados. Hace apenas tres años, de cara a las primarias de 2024, el mismo partido había entregado un registro de 3,092,289. Dicho de otro modo: en un solo período de gobierno, la organización oficialista borró de sus propias listas más de un millón y medio de nombres. Prácticamente la mitad.

Una explicación técnica que es, también, una confesión

El PRM presenta la reducción como virtud. La llaman “prueba de vida” y se enorgullecen de ser —según su discurso— el único partido que verifica la autenticidad de sus inscripciones. Muy bien. Pero toda explicación técnica carga con una confesión política, y esta no es la excepción: si el padrón “real” de hoy es de 1.5 millones, entonces el de 3 millones de 2023 estaba inflado. El partido que gobierna apoyado en su maquinaria territorial acaba de admitir, con la mayor naturalidad, que la mitad de esa maquinaria eran duplicados, fantasmas o nombres que jamás dieron su consentimiento.

No es un detalle menor. El nuevo reglamento de la JCE nació precisamente para poner fin a las afiliaciones sin consentimiento —ciudadanos inscritos sin saberlo— y a los dobles registros. Así que el encogimiento del padrón no es un triunfo de la transparencia: es el reconocimiento discreto de una lista abultada durante años.

¿Y el millón y medio que sobró?

Aquí está la pregunta que nadie en el PRM quiere responder: ¿qué pasa con ese millón y medio? Porque no son estadísticas; son personas. Muchas se creían militantes, cargaron la bandera, tocaron puertas y cuidaron colegios en 2020 y en 2024. ¿Fueron citadas? ¿Escuchadas? ¿Juzgadas? El propio articulado de la Ley 33-18 es claro: un miembro no puede ser expulsado sin ser citado, oído y juzgado en las instancias internas correspondientes, y toda exclusión al margen de ese procedimiento se considera nula de pleno derecho.

El partido responderá que esto es depuración, no expulsión —una distinción cómoda—. Pero para el ciudadano el efecto es idéntico: ayer eras militante, hoy no apareces en la lista. Y lo más revelador es sobre quién recae la carga. La JCE ha explicado que quienes queden marcados como “inactivos” deberán presentar sus credenciales ante el organismo si desean reclamar su condición. Repárese en la inversión: el partido infla y desinfla su padrón a voluntad, pero es el militante quien, si quiere permanecer, debe ir a probar —en persona, credencial en mano— que existe. El que cuidó el colegio ahora tiene que demostrar que está vivo. El plazo fue prorrogado hasta el 2 de septiembre; la ventana está abierta, pero la iniciativa es suya, no del partido.

Por qué importa: el padrón cerrado

Todo esto importa porque el candidato presidencial de 2028 se escogerá con padrón cerrado: solo vota quien está en la lista. Quien no esté, no decide. De modo que ese millón y medio de excluidos queda, en la práctica, sin voz en la decisión más importante de la organización. Y es aquí donde la picardía se vuelve estrategia: ¿quiénes suelen integrar esa base blanda, periférica y menos orgánica que una depuración elimina primero? Justamente el respaldo amplio y poco militante, el mismo que engorda las cifras de un aspirante fuerte en las encuestas pero débil en el aparato. La purga no solo limpia el registro: lo endurece a favor de quien controla la estructura.

La paradoja de Collado

No es casualidad que el favorito en todas las encuestas, David Collado, sea a la vez el que menos control orgánico tiene del partido. El propio Hipólito Mejía lo cifró en un “70-30” a favor de Carolina, a contramano de los sondeos. Un padrón más pequeño, más duro y arbitrado por el liderazgo fundador es el instrumento perfecto para que el candidato popular pierda en la única elección que aquí cuenta: la interna. Collado gana la calle; el aparato gana la lista.

La pregunta final

El PRM exhibe su “prueba de vida” como una medalla. Yo haría otra pregunta, con toda la picardía del caso: de ese millón y medio que dieron por muerto, ¿cuántos están simplemente vivos, votando, y mirando ya hacia otro partido? Porque un nombre borrado de un padrón no es un nombre borrado del registro electoral. Y un militante que se siente usado —inflado cuando conviene y descartado cuando estorba— no se queda en su casa. Sale a buscar una casa nueva.