Por Claudio Ramírez
¿Estamos creando cooperativas o estamos formando cooperativistas?
El cooperativismo dominicano atraviesa un momento de grandes oportunidades, pero también enfrenta un desafío que merece nuestra atención: el riesgo de debilitamiento de su identidad cooperativa.
Durante décadas, el cooperativismo ha representado una alternativa para promover la solidaridad, la ayuda mutua, la participación democrática, la educación y el desarrollo económico y social. Sin embargo, el crecimiento de las cooperativas, los cambios tecnológicos, la transformación del entorno económico y la competencia cada vez mayor plantean una pregunta fundamental:
¿Estamos fortaleciendo el cooperativismo o simplemente estamos haciendo crecer empresas que utilizan la figura cooperativa?
La identidad cooperativa no está en un logotipo, en el nombre de una institución, en sus oficinas, en sus productos financieros ni en el número de asociados. Está en sus valores, principios, democracia, participación, educación y compromiso con la comunidad.
Una cooperativa necesita ser eficiente, sostenible, competitiva y bien administrada. Pero los resultados económicos no pueden sustituir su esencia. Una organización puede ser financieramente sólida y, al mismo tiempo, tener una débil cultura cooperativa entre sus asociados.
Del socio al cliente
Uno de los síntomas que más debe preocuparnos es la transformación silenciosa del socio en cliente.
El cliente adquiere un producto o servicio. El socio, en cambio, forma parte de una organización de la cual es propietario y en la que tiene derechos y responsabilidades.
Cuando un asociado se acerca únicamente para ahorrar, solicitar un préstamo, utilizar una tarjeta o recibir un servicio, pero desconoce los principios cooperativos, no participa en las asambleas y no comprende su condición de propietario, debemos reflexionar.
Podemos tener miles de asociados y, sin embargo, pocos cooperativistas.
El cooperativista no solamente utiliza los servicios de su organización: conoce, participa, propone, fiscaliza, educa, defiende y transforma.
Por eso, el crecimiento económico debe estar acompañado de crecimiento en educación, participación, democracia, gobernanza, responsabilidad social y compromiso comunitario.
El cooperativismo puede desarrollar excelentes servicios financieros, pero su propósito trasciende las operaciones financieras. Debe contribuir también al desarrollo educativo, cultural, tecnológico, ambiental, comunitario y humano de sus asociados y de las comunidades donde actúa.
Educación para preservar la identidad
En este escenario, el quinto principio cooperativo, Educación, Formación e Información, adquiere una importancia extraordinaria.
La educación cooperativa no puede limitarse a una charla ocasional para nuevos asociados ni a una actividad durante el mes del cooperativismo. Debe convertirse en una política permanente.
Una cooperativa que no educa corre el riesgo de que sus nuevas generaciones desconozcan por qué existe, qué la diferencia de otras empresas y cuáles son sus responsabilidades como propietarios.
Los siete principios tampoco pueden convertirse en elementos decorativos colocados en las paredes o utilizados en actividades protocolares. La verdadera pregunta es:
¿Cuánto de esos principios se refleja diariamente en las decisiones de nuestras cooperativas?
La democracia no consiste solamente en celebrar una asamblea anual. La educación no consiste únicamente en organizar cursos. El interés por la comunidad no puede reducirse a entregar donaciones.
Los principios adquieren verdadero significado cuando se convierten en cultura organizacional y comportamiento cotidiano.
Juventud, gobernanza y tecnología
La identidad cooperativa también depende de nuestra capacidad para transmitirla a las nuevas generaciones.
Los jóvenes no deben ser vistos solamente como beneficiarios de programas o participantes de actividades recreativas. Necesitan espacios reales de formación, participación, liderazgo y toma de decisiones.
Al mismo tiempo, la gobernanza debe incorporar transparencia, rendición de cuentas, participación, ética y preparación. Administrar una cooperativa no significa simplemente administrar una empresa; significa conducir una organización basada en personas, valores y principios.
Tampoco debemos temer a la modernización. Las cooperativas necesitan digitalizarse, innovar, utilizar inteligencia artificial, analizar datos y desarrollar nuevas formas de servicio.
Pero existe una diferencia entre modernizar el cooperativismo y desnaturalizarlo.
La tecnología debe servir para fortalecer la identidad, la democracia, la educación, la transparencia y la relación con los asociados, no para convertirlos en simples usuarios de plataformas.
¿Estamos creando cooperativas o cooperativistas?
Esta debería ser una de las preguntas centrales del movimiento cooperativo dominicano.
Crear una cooperativa requiere organización legal, capital, estatutos, órganos de gobierno y procesos administrativos. Crear un cooperativista requiere algo mucho más profundo: educación, conciencia, participación, valores y compromiso.
Por eso debemos preguntarnos:
- ¿Cuántos asociados conocen realmente los principios cooperativos?
- ¿Cuántos participan activamente?
- ¿Cuántos jóvenes están preparados para asumir responsabilidades?
- ¿Cuántos comprenden que son propietarios?
- ¿Cuántas cooperativas mantienen programas permanentes de educación?
- ¿Cuánto participan los asociados en la gobernanza?
Y, sobre todo:
¿Cuánto impacto social y comunitario estamos generando?
Estas preguntas pueden ser tan importantes como cualquier indicador financiero.
Una nueva agenda
Fortalecer la identidad cooperativa no significa regresar al pasado. Significa llevar nuestros principios hacia el futuro.
El cooperativismo dominicano necesita ser moderno, competitivo, tecnológico, innovador y eficiente, pero sin abandonar la solidaridad, la democracia, la educación y la participación.
Para ello necesitamos fortalecer la educación cooperativa permanente, preparar mejor a nuestros dirigentes, incorporar el cooperativismo en escuelas y universidades, ampliar la participación democrática, incorporar jóvenes a los órganos de gobierno, medir el impacto social, utilizar la tecnología para facilitar la participación y recuperar nuestra memoria histórica.
El verdadero desafío
La pérdida de identidad cooperativa no ocurre de un día para otro. Puede comenzar cuando dejamos de educar, cuando reducimos al socio a un cliente, cuando confundimos crecimiento financiero con desarrollo cooperativo, cuando la participación queda en manos de unos pocos o cuando los principios dejan de orientar nuestras decisiones.
Por eso, el desafío no es solamente tener cooperativas económicamente sostenibles. Necesitamos organizaciones socialmente responsables, democráticas, participativas, innovadoras y profundamente comprometidas con sus valores.
Necesitamos pasar de una visión centrada principalmente en crear cooperativas a una visión enfocada en formar cooperativistas.
Porque el futuro del cooperativismo dominicano no dependerá solamente de cuántas cooperativas creemos, sino de cuántos cooperativistas formemos capaces de vivir, defender y transformar nuestra identidad cooperativa.
El gran reto no es solamente tener un cooperativismo más grande.
Es tener un cooperativismo más consciente, más participativo, más educativo, más democrático, más innovador y más fiel a sus valores y principios.
En definitiva, no se trata solamente de preservar la existencia de las cooperativas.
Se trata de preservar aquello que hace que una cooperativa sea realmente una cooperativa.



