Cada 7 de abril el mundo conmemora el Día Mundial de la Salud. Y aunque las campañas internacionales insisten en recordar que la salud es un derecho, en República Dominicana seguimos tratándola como un privilegio, ayer se notó parece que no podemos caminar y comer chiclets al mismo tiempo, todos concentrados en un solo tema.
Nuestro país arrastra una deuda estructural con su gente en materia de salud. Una deuda que no se reduce a cifras de presupuesto o a promesas de planes de seguro. Hablamos de una falla profunda del sistema, de una lógica de atención que no prioriza al ciudadano, y de una cultura política que responde más a urgencias mediáticas que a planificación sanitaria real.
¿Cómo explicar que en el mismo Distrito Nacional —corazón político y económico del país— no exista un hospital público general que dé servicio a sectores tan densamente poblados como Cristo Rey, Villa Juana o María Auxiliadora? ¿Cómo justificar que en pleno siglo XXI sigamos sin una red de atención digna para adultos mayores, o que la salud mental apenas figure como nota al pie en las políticas públicas?
La salud mental es uno de los pilares más descuidados del sistema. Faltan psiquiatras, enfermeros especializados, centros comunitarios y voluntad estatal para romper el estigma. En las provincias, recibir atención en esta área puede ser una lotería. Y si hablamos de geriatría, la situación es aún peor. No hay programas de atención integral para adultos mayores, ni suficientes especialistas, ni una visión de país que se prepare para el envejecimiento poblacional.
Tampoco podemos ignorar la epidemia silenciosa de enfermedades no transmisibles: obesidad, diabetes e hipertensión están fuera de control. No por falta de conocimiento médico, sino por la ausencia de políticas preventivas, educación alimentaria y acceso a entornos saludables.
A esto se suma el gran muro que enfrentan miles de dominicanos cada día: las Aseguradoras de Riesgos de Salud. Las ARS no cubren una enorme lista de procedimientos, medicamentos y especialistas. Mientras la población envejece y se enferma más, el acceso a servicios dignos se convierte en un privilegio del que puede pagar.
El colapso de la atención primaria, la falta de medicamentos en hospitales, la exclusión de las comunidades rurales, y la persistente desigualdad social en salud son síntomas de un sistema que no ha sido diseñado para cuidar, sino para contener.
No basta con celebrar el Día Mundial de la Salud. Necesitamos convertirlo en una fecha de exigencia, memoria y presión colectiva. Porque un país sin salud es un país sin futuro. Y el derecho a la salud no puede seguir siendo una aspiración: debe convertirse en política de Estado.



