El Alfa llenó el Palacio de los Deportes un escenario que pocos dominicanos y/o extranjeros han llenado, nadie pensó que fuese posible, y más que todo por el género que representa muy maldecido y vilipendiado.
Si bien es cierto que a algunos exponentes de la música urbana le falta contenido, no menos cierto que son una representación cultural de lo que pasa en nuestros barrios y como tal debería ser estudiado si se quiere lograr que como con los exponentes de otras tierras las letras vayan cambiando y sirvan de motor, no solo de crecimiento personal, si no de la sociedad en su conjunto, teniendo claro que la música es para entretener y si en nuestros barrios gusta, no es precisamente por culpa de los exponentes, aunque sean una pata del problema.
El asunto es que fue, tocó, he hizo pedazos el mito alrededor del espacio que utilizó, una lección, esperemos que bien aprendida para las empresas patrocinadoras y productores que por miedo al fracaso y por esnobismo no se atrevieron a apostar por el talento dominicano. Y que no se escuden en que sus marcas no querían verse asociadas a ese talento porque han apoyado en ocasiones anteriores a artistas de otros lares cuyas letras son iguales o tal vez peores, pero como Guacanagarix lo de fuera siempre es mejor.
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