Opinión

La estética del poder y el poder de la estética

Por Víctor Ángel Cuello


Vivimos en una época en la que la imagen ha adquirido un protagonismo sin precedentes.


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Las instituciones cuidan su identidad visual, los líderes construyen cuidadosamente su presencia pública y las ciudades buscan proyectar una personalidad que las haga reconocibles y atractivas.

Sin embargo, mucho antes de las redes sociales y de las estrategias de comunicación modernas, la humanidad ya había comprendido que la estética constituye una de las expresiones más poderosas del poder y, al mismo tiempo, una de las fuerzas más influyentes en la formación de la conciencia colectiva.

Como sostuvo Immanuel Kant en su Crítica del juicio, el juicio sobre la belleza produce un placer desinteresado y aspira a una validez universal, recordándonos que la experiencia estética trasciende el gusto individual y favorece el encuentro entre las personas.

Todo poder necesita símbolos. Ninguna autoridad se sostiene únicamente por las leyes o por la fuerza. También requiere elementos que inspiren confianza, respeto y sentido de pertenencia.

Los edificios gubernamentales y estatales, los monumentos, las plazas, las banderas, los himnos, las ceremonias oficiales e incluso la arquitectura de los centros educativos, las escuelas, colegios y las instituciones de educación superior son manifestaciones visibles de una identidad que busca transmitir estabilidad, legitimidad y permanencia. La estética, en este sentido, no es un simple adorno; forma parte del lenguaje con el que las instituciones dialogan con la sociedad.

Pero sería un error pensar que la estética solo sirve al poder. La historia demuestra que el arte, la literatura, la música, el teatro, el cine, la arquitectura, la moda y otras expresiones culturales también han sido capaces de cuestionarlo, transformarlo e incluso desafiarlo. Una pintura puede denunciar una injusticia; una novela despertar conciencias; una obra teatral revelar aquello que el poder pretende ocultar, y un mural convertirse en la voz de una comunidad.

La estética, por tanto, no solo representa al poder; también posee el poder de interpelarlo. En palabras de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, «el arte tiene la misión de revelar la verdad en forma sensible».

Desde esa perspectiva, la creación artística no solo embellece la realidad; también la interpreta, la cuestiona y la transforma. La belleza tiene una capacidad extraordinaria para educar sin imponer.

Un parque bien cuidado invita al encuentro; una biblioteca abierta al público estimula el conocimiento, y una ciudad que protege su patrimonio histórico fortalece su memoria colectiva. Del mismo modo, una escuela con espacios dignos y un campus universitario donde el arte forma parte del entorno favorecen el aprendizaje, la creatividad y el sentido crítico.

La estética transforma silenciosamente la manera en que habitamos los espacios y nos relacionamos con los demás. Lamentablemente, también asistimos a una preocupante banalización de la estética.

En una cultura dominada por la inmediatez, con frecuencia se privilegia aquello que impacta sobre aquello que permanece. Se invierten enormes recursos en proyectar una buena imagen mientras se descuidan la ética, la transparencia y la calidad de las acciones. En ocasiones, la apariencia sustituye al contenido y la puesta en escena intenta compensar la ausencia de resultados.

Como advertía Umberto Eco, la belleza y la fealdad son construcciones culturales que cambian con el tiempo; por ello, toda sociedad debe aprender a distinguir entre la apariencia superficial y los valores que dan verdadero sentido a la experiencia estética. Esta realidad no debe conducirnos a desconfiar de la estética, sino a comprender que la belleza pierde su autenticidad cuando se divorcia de los valores.

La verdadera estética no consiste únicamente en producir admiración; consiste en expresar armonía, equilibrio y sentido. Una institución puede tener un edificio imponente y, sin embargo, carecer de credibilidad.

Del mismo modo, una organización modesta puede irradiar belleza cuando sus actuaciones reflejan coherencia y compromiso con la sociedad. Existe otra dimensión que merece especial atención: la estética de la vida cotidiana.

La manera en que cuidamos nuestros espacios públicos, preservamos el patrimonio cultural y promovemos las expresiones artísticas habla del tipo de sociedad que aspiramos a construir.

La belleza no pertenece exclusivamente a los museos; también habita en una calle limpia, en un parque lleno de árboles y en una comunidad que valora la cultura como parte esencial de su desarrollo. Las instituciones de educación superior tienen, en este sentido, una misión que va mucho más allá de impartir conocimientos. Sin embargo, esa tarea comienza mucho antes, en la escuela, liceo, politécnico o en el colegio, donde el entorno físico también educa y despierta la sensibilidad.

Desde las aulas de la educación inicial y básica hasta los campus universitarios, los espacios de aprendizaje deben inspirar creatividad, respeto y amor por el conocimiento. Formar profesionales competentes implica también formar ciudadanos capaces de apreciar el arte, proteger el patrimonio y comprender que la estética constituye un componente esencial de la calidad de vida.

Quizá uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo sea comprender que la belleza pierde su verdadero significado cuando se separa de la ética. Necesitamos instituciones que no solo proyecten una imagen atractiva, sino que actúen con integridad; ciudades que no solo sean modernas, sino también humanas, y líderes que comprendan que el verdadero prestigio no nace de la escenografía, sino de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Al final, la estética del poder solo será legítima cuando esté al servicio de la dignidad humana, y el poder de la estética alcanzará su máxima expresión cuando contribuya a despertar conciencia, fortalecer la cultura y ennoblecer la convivencia.

Porque la belleza auténtica no es un privilegio reservado para unos pocos ni un recurso para impresionar a las multitudes. Es una forma de educar, de inspirar y de recordar que las sociedades más admirables son aquellas que han sabido convertir la belleza en un reflejo de sus valores.

Que nunca olvidemos que la verdadera grandeza de una sociedad no se mide únicamente por la imponencia de sus edificios, la belleza de sus monumentos o la modernidad de su infraestructura escolar y universitaria, sino por la armonía entre su estética y sus valores. Que la belleza no sea solo una expresión visual, sino también un reflejo de nuestra conducta, nuestra cultura y nuestras mejores aspiraciones como sociedad.