Luis matias
(Economista)
Por décadas, la teoría económica ha ofrecido marcos relativamente claros para entender la relación entre inflación, crecimiento y empleo. Sin embargo, existen momentos en los que esa lógica se rompe. Uno de ellos es la estanflación, un fenómeno incómodo en el que conviven presiones inflacionarias persistentes con bajo crecimiento económico y deterioro del empleo.
El enfoque keynesiano tradicional plantea una relación inversa entre inflación y desempleo. Pero la estanflación desafía esta premisa, cuando ocurren choques de oferta negativos como por ejemplos, el aumento en los precios del petróleo o de insumos estratégicos impactando los costos de producción que elevan los precios y simultáneamente la actividad económica se contrae trayendo como resultado un deterioro de múltiples variables claves.
Desde la óptica monetarista, la inflación responde principalmente a la expansión de la oferta monetaria. No obstante, cuando esta expansión ocurre en economías con rigideces estructurales, el resultado no es mayor crecimiento, sino inflación sin dinamismo real. A ello se suman las expectativas adaptativas cuando los agentes anticipan aumentos de precios, actúan en consecuencia, reforzando el proceso inflacionario.
El pensamiento neoclásico introduce otro matiz relevante, las expectativas racionales bajo este enfoque en el cual los agentes económicos anticipan las políticas públicas, ajustando precios y salarios de manera que los efectos reales de dichas políticas se diluyen, aunque las presiones inflacionarias persisten.
Por su parte, el estructuralismo pone el foco en las economías en desarrollo, donde los cuellos de botella dependiente de importaciones, baja productividad y debilidad institucional amplifican el impacto de los choques externos, generando inflación y desaceleración económica al mismo tiempo.
Pero más allá de las diferencias teóricas económicas, hay un punto de consenso; la estanflación surge cuando coinciden choques de oferta negativos, políticas macroeconómicas limitadas y expectativas inflacionarias desancladas. En ese contexto, producir se vuelve más caro mientras los precios continúan en ascenso.
Si damos una mirada al contexto internacional actual no nos ofrece demasiado alivio, la economía mundial atraviesa una fase de fragilidad estructural con un crecimiento de apena 3.1% proyectado para 2026 global por debajo del promedio prepandemia. La inversión sigue débil y los factores estructurales continúan pesando sobre el dinamismo económico. El conflicto en Oriente Medio ha intensificado estas tensiones, el encarecimiento de las materias primas, especialmente la energía, ha endurecido las expectativas inflacionarias y restringido las condiciones financieras. A esto se suma un entorno comercial más proteccionista; el aumento de aranceles en Estados Unidos está elevando los costos de importación, que eventualmente se trasladan al consumidor.
Aunque la inflación global ha mostrado cierta moderación, los niveles de precios siguen siendo elevados, erosionando los ingresos reales de los hogares.
En América Latina y el Caribe, el crecimiento proyectado para 2026 es apenas de 2.3%, según el FIM, reflejo de una demanda interna moderada y una recuperación aún débil de la inversión. Nuestra economía no es ajena a este entorno, existen varios canales claros a través de los cuales estos choques externos impactan la economía local.
En primer lugar, el país es importador neto, un aumento en los precios del petróleo se traduce directamente en mayores costos de producción, transporte y alimentos, alimentando la inflación desde el lado de la oferta.
En segundo lugar, la desaceleración de la economía estadounidense representa un riesgo significativo, las remesas y el turismo dos pilares fundamentales del ingreso de divisas dependen en gran medida del desempeño de Estados Unidos. Una menor llegada de turistas y un debilitamiento de las remesas afectarían tanto el crecimiento como la estabilidad económica de nuestro país. Asimismo, podría agitar el tipo de cambio introduce un componente adicional de incertidumbre, ya que la percepción de inestabilidad cambiaria suele traducirse en aumentos preventivos de precios por parte de los comercios, generando presiones inflacionarias incluso antes de que ocurran ajustes efectivos; también hay que ver un entorno financiero internacional restrictivo. La cautela de la Reserva Federal respecto a la reducción de tasas mantiene elevado el costo del financiamiento externo, limitando el margen de maniobra para economías emergentes como la dominicana.
Las proyecciones más recientes apuntan a un escenario menos favorable, el crecimiento económico estimado ha sido revisado a la baja (FMI) 2,7%, mientras que la inflación proyectada ha aumentado; este deterioro en las expectativas refleja un entorno más desafiante para hogares y empresas. Además, las herramientas tradicionales de política monetaria parecen estar perdiendo efectividad. A pesar de la reducción de tasas de interés y la liberación de liquidez, el crédito no se expande con suficiente dinamismo. El problema, más que de liquidez, parece ser de confianza y de debilidad en la inversión, particularmente la pública.
Aunque no lo parezca, pero no todo es negativo, existen elementos que contribuyen a amortiguar el impacto; la apreciación reciente del peso, junto con el dinamismo de sectores como turismo, zonas francas, inversión extranjera directa y remesas, ha permitido mantener cierta estabilidad macroeconómica.
El país no se encuentra actualmente en una situación de estanflación clásica. Sin embargo, sí acumula condiciones que podrían llevarla a ese escenario si los choques externos se intensifican. Un escenario adverso marcado por un aumento sostenido del precio del petróleo, una recesión en Estados Unidos, presiones fiscales crecientes y una pérdida de confianza en la moneda podría empujar al país hacia una combinación de bajo crecimiento, alta inflación y deterioro del empleo.
Evitar ese desenlace requerirá disciplina fiscal y monetaria, pero también una visión estratégica de mediano plazo, diversificar las fuentes de crecimiento más allá del turismo, fortalecer la inversión pública y privada, y aprovechar la estabilidad cambiaria para reducir vulnerabilidades externas serán elementos clave; la estanflación no es inevitable e ignorar sus señales tempranas sería, sin duda, un error costoso.



