Por Jorge Lendeborg
A medida que se acerca la batalla interna del PRM, el escenario comienza a aclararse. Las encuestas conocidas hasta la fecha muestran una realidad difícil de ignorar: las únicas figuras que hoy exhiben niveles de apoyo y posicionamiento compatibles con una candidatura presidencial competitiva son Carolina Mejía y David Collado.
Eso no significa que otros dirigentes no tengan méritos o trayectorias importantes dentro del partido. Wellington Arnaud y Guido Gómez Mazara, por ejemplo, han logrado construir espacios políticos identificables y cuentan con equipos y estructuras que les permiten formar parte de la conversación interna. Sin embargo, los números son los números, y la política moderna termina siendo una competencia de realidades, no de deseos.
Es precisamente ahí donde surge el caso de Yayo Sanz Lovatón. Después de años dejando entrever aspiraciones presidenciales, resulta difícil identificar un proyecto político nacional capaz de sustentar semejante objetivo. La política presidencial exige presencia territorial, liderazgo nacional, estructura, movilización, una narrativa propia y la capacidad de conectar con millones de ciudadanos. Nada de eso se construye a partir de entrevistas esporádicas, apariciones en medios afines o conversaciones en podcasts.
La realidad es que, hasta este momento, el llamado proyecto presidencial de Yayo parece más una aspiración personal que una construcción política tangible. En política existe una diferencia enorme entre querer ser presidente y construir las condiciones para llegar a serlo. Lo primero cualquiera puede anunciarlo; lo segundo requiere resultados visibles.
Recientemente, durante una entrevista del ministro de Industria, Comercio y Mipymes, muchos observadores interpretaron sus declaraciones como el preludio lógico de un eventual respaldo a David Collado. Y la verdad es que, observando el tablero político actual, esa parece ser la salida más racional para quienes entienden que la contienda real se está reduciendo a dos grandes proyectos.
Por eso llama la atención cuando se especula sobre posibles posiciones de alto nivel dentro de una futura campaña presidencial. Hablar de una jefatura de campaña nacional o incluso de escenarios vicepresidenciales no proyecta necesariamente fortaleza; en ocasiones, puede transmitir una sobrevaloración de un capital político que las encuestas y la realidad electoral simplemente no reflejan.
Las campañas presidenciales no se entregan como premio a la lealtad ni a la cercanía política. Se asignan a quienes han demostrado capacidad de organización, dirección estratégica y liderazgo probado en escenarios de alta complejidad electoral. Pretender que una aspiración con escaso respaldo popular pueda reclamar espacios de semejante magnitud resulta, cuando menos, desproporcionado.
La política dominicana está entrando en la etapa de las definiciones. Llegará el momento en que cada dirigente deberá decidir si continúa alimentando una candidatura sin viabilidad demostrada o si se suma a uno de los proyectos con posibilidades reales de alcanzar la Presidencia.
Porque una cosa es aspirar. Otra muy distinta es construir un verdadero proyecto presidencial. Y, en el caso de Yayo Sanz Lovatón, la distancia entre ambas sigue siendo demasiado grande como para ignorarla.



