Editorial

La desigualdad también tiene rostro masculino

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@abrilpenaabreu

Durante años, el discurso público ha asociado la desigualdad casi exclusivamente a las mujeres. Y aunque la desigualdad de género sigue siendo real y grave, hay un fenómeno paralelo que se ha ido profundizando sin nombre, sin estudios visibles y, sobre todo, sin voluntad política para entenderlo: la creciente precarización del hombre joven.

En República Dominicana —y en gran parte de América Latina— 6 de cada 10 hombres trabajan en la informalidad. No es una cifra anecdótica: es una estructura. Son hombres que no cotizan, no tienen seguro, no tienen pensión, no tienen estabilidad ni horizonte. Viven en el presente inmediato.

Las mujeres, en cambio, han logrado una inserción mayor en el sector formal, especialmente en educación, salud, servicios y administración. También son mayoría en las aulas, desde la escuela hasta la universidad. Esto no es casualidad ni un simple “avance femenino”; es el reflejo de una decisión colectiva masculina: abandonar la educación antes de tiempo para entrar al mercado laboral informal.

La pregunta clave no es si los hombres trabajan más, sino en qué trabajan. Muchos empleos informales masculinos pueden parecer mejor remunerados a corto plazo —construcción, transporte, motoconcho, ventas ambulantes, oficios— pero son ingresos inestables, sin protección, sin escalabilidad y altamente vulnerables a crisis económicas, enfermedades o envejecimiento.

Es pan para hoy, hambre para mañana. Mientras tanto, la mujer que permanece en el sistema educativo accede a empleos formales con salarios iniciales quizás más bajos, pero con proyección, estabilidad y redes institucionales. Esa diferencia temporal termina convirtiéndose en una brecha estructural.

Pero ¿Alguien está estudiando esto? Y Aquí viene lo más preocupante: poco o nadie. El fenómeno no encaja cómodamente en el discurso político ni en la agenda pública. No es popular decir que el hombre también está quedando atrás, porque se interpreta erróneamente como una negación de las luchas femeninas. Y no lo es. Ambas realidades pueden coexistir.

La falta de estudios serios sobre: deserción escolar masculina,

masculinidades precarizadas, informalidad y frustración social,

pérdida del rol económico tradicional, no es inocente: es desinterés institucional.

Otra pregunta incómoda ¿Tiene esto relación con la violencia? Es incómoda, pero legítima , cuando un grupo social: pierde expectativas,

siente que el sistema no lo necesita, ve cerradas las vías formales de ascenso y carece de herramientas emocionales y educativas, la frustración no desaparece: se transforma. A veces en violencia, a veces en conductas de riesgo, a veces en abandono familiar, a veces en resentimiento social.

No se trata de justificar la violencia —jamás— sino de entender sus raíces. Ignorar la desigualdad masculina no protege a las mujeres, al contrario: alimenta un entorno social más tenso, más inseguro y más fragmentado.

El silencio también es una forma de irresponsabilidad. Si de verdad queremos hablar de desigualdad, tenemos que hacerlo sin consignas cómodas, sin dividir a la sociedad en buenos y malos, y sin negar realidades porque incomodan ideológicamente.

La pregunta no es si este tema “conviene”. La pregunta es: ¿qué costo tendrá seguir ignorándolo? Porque una sociedad donde millones de hombres jóvenes no estudian, no cotizan, no proyectan futuro y no se sienten parte del sistema es una sociedad que está sembrando problemas que luego nadie sabrá cómo contener.

Y eso —nos guste o no— también es desigualdad.