Dominicanos en el exterior Opinión

La crisis migratoria en España debe ser el espejo del mundo

Elvin Castillo
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Por Elvin Castillo


Lo que vivimos en Ceuta no es solo una noticia trágica más en la televisión; es un golpe de realidad que debería sacudir la conciencia de Occidente. Ver a miles de seres humanos lanzándose al mar o bordeando vallas no solo nos rompe el corazón por el drama que representa, sino que nos pone de frente ante una verdad incómoda: el colapso evidente de una forma de gobernar que prefirió la propaganda ideológica por encima del deber sagrado de proteger a una nación.

No nos engañemos. Detrás de cada persona que arriesga la vida en una frontera hay dolor, desesperanza y una búsqueda desesperada de dignidad. Nadie deja su tierra, sus raíces y a los suyos por simple gusto. El abismo de desigualdad, la violencia y la falta de futuro en sus países de origen son una herida abierta en la humanidad que exige empatía real y soluciones de fondo, no discursos vacíos desde despachos con aire acondicionado.

Pero tener corazón no significa perder la cabeza. Sentir compasión por el que llega no obliga a un Estado a entregarlo todo, mucho menos su propia seguridad. Ningún país puede funcionar si renuncia al control de quién entra, cómo entra y cuántos entran. Una frontera que se desborda deja de ser un asunto migratorio para convertirse en una crisis de existencia misma del Estado. Y aquí es donde la ideología ha hecho un daño inmenso.

Durante años, la izquierda y los gobiernos progresistas, con el de Pedro Sánchez como claro exponente en España, han jugado con fuego. Han abrazado un discurso cargado de buenismo y mensajes ambiguos, haciendo creer que defender las fronteras es insensible o poco ético. Pero las políticas públicas no se miden por sus buenas intenciones, sino por sus resultados. Cuando proyectas debilidad, cuando indultas la ilegalidad con regularizaciones masivas y sin rigor por puro cálculo político, lo único que logras es alimentar a las mafias, multiplicar el efecto llamada y generar un caos insostenible.

Frente a esta marea ideológica, es necesario reconocer liderazgos que han marcado un contrapeso. Nos guste o no su estilo, nos resulte incómodo en ocasiones o genere controversias, es innegable que la figura de Donald Trump ha jugado un rol fundamental a nivel global para frenar el avance de la agenda progresista. Su postura firme recordó al mundo que defender las fronteras, proteger a la familia tradicional, rescatar los valores cristianos y resistir a la imposición de la agenda woke no son actos de intolerancia, sino batallas indispensables para evitar que nuestras naciones sean desmanteladas desde adentro. Hay que fortalecer esa lucha sin complejos, porque lo que está en juego es nuestro modelo de sociedad.

Esa desconexión entre el progresismo global y la realidad está fracturando a Europa, y su espejo nos refleja a todos, especialmente a nosotros en la República Dominicana.

Llevo años advirtiendo que la tragedia que hoy se vive en el Mediterráneo o en Ceuta es el tráiler de lo que nos puede pasar si seguimos actuando con paños tibios. Y duele decirlo, pero la responsabilidad de nuestra clase política y de nuestros gobiernos ha sido enorme. Hemos tenido tiempo. Tuvimos la oportunidad histórica, el contexto internacional favorable y el clamor popular para blindar jurídicamente, institucionalmente y físicamente nuestra frontera con Haití. Sin embargo, la falta de una acción verdaderamente contundente y la tibieza de las autoridades dominicanas nos mantienen en una vulnerabilidad peligrosa.

Se han dado pasos, sí, pero a cuentagotas y muchas veces solo cuando la presión del momento aprieta. No podemos seguir gobernando la frontera a reacción; hay que hacerlo con una estrategia de Estado firme, sin complejos y sin pedirle perdón a nadie por ejercer nuestra soberanía. La prevención siempre será infinitamente más barata que el lamento cuando la crisis nos supere.

España no merecía llegar a este punto. Es una gran nación que hoy sufre las consecuencias de la improvisación y el sesgo ideológico. Su lección debe servirnos de aviso: la solidaridad que destruye el orden no es solidaridad, es irresponsabilidad.

Creemos en la migración legal, ordenada y regular. Creemos en la dignidad humana. Pero creemos, por encima de todo, en que la primera obligación de un gobierno es con sus propios ciudadanos. Proteger una frontera no es un acto de egoísmo; es la única garantía para preservar la paz social, nuestra identidad, nuestras familias y el futuro de nuestros hijos antes de que la realidad nos pase por encima.